miércoles, 8 de febrero de 2017

El Premio (Capítulo 3)

Antes de llegar al puente de Brooklyn, pasé por el puente de Manhattan. Era un recorrido más corto. Los dos llevan prácticamente al mismo sitio, pero me pareció mejor cruzar por el de Brooklyn, el más famoso. Ya que estaba en Nueva York aprovecharía para hacer turismo. Me lo tomé como un paseo, disfrutando del paisaje. Me pareció maravilloso y, curiosamente, mirase donde mirase, todo me resultaba familiar a pesar de que era la primera vez que estaba en la ciudad. Supongo que haber visto aquel puente tantas veces en las películas tendría algo que ver. Me paré varias veces a contemplar las espectaculares vistas y cuando llegué a Brooklyn eran casi las seis. El sol había resurgido con fuerza y hacía bastante calor. Seguí andando sin rumbo fijo un buen rato buscando un lugar donde descansar, hasta que vi una taquería mejicana llamada El Toro, que tenía una pequeña terraza a la sombra de un platanero con mesitas de madera. Enfrente había una de esas bocas de incendios de las que hablaba la amiga de Pablo Iglesias en Facebook. Tuve la sensación de estar acercándome cada vez más a él. Me senté allí. 

El dueño del local, un tipo de un metro y medio de alto por uno de ancho y un espeso bigote, salió a servirme. Supongo que estaba acostumbrado a reconocer a los turistas por la pinta, porque me preguntó… 



      —¿Qué tal, señor?... ¿Bonito día, eh?
      —Sí, precioso.
      —¿Español, no?
      —Sí, de Barcelona.
      —Oh, sí, Barcelona… Gaudí, la Sagrada Familia, el mercado de la Boquería, bonita ciudad…
      —¿La conoce?
      —Sí, mi hija estuvo dos años viviendo allí, en el barrio del Raval… ¿Quiere comer algo?
      —No, solo una cerveza, gracias…

      Me bebí la cerveza y me fumé un cigarrillo mientras revisaba el Facebook de Pablo Iglesias en busca de alguna pista sobre su domicilio. En su último post mencionaba dos nombres, Hancock y Knickerbocker, que fácilmente podrían ser calles o plazas. Investigué en internet… Acerté. Hancock era una calle que no estaba lejos de donde me encontraba, y Knickerbocker, el nombre de una gran avenida y una estación de metro. Me decidí por Hancock. Entre en el bar para pagar y se me ocurrió enseñarle la foto de Pablo Iglesias al dueño. Alguna vez tenía que empezar a preguntar.

      —¿Por casualidad no conocerá a este hombre? —Le mostré la pantalla del móvil.
     —¿Cómo?
     —Estoy buscando a este hombre, vive en Brooklyn.
      —Uy, Brooklyn es muy grande, señor. ¿A ver? —Miró la foto—. Pues…, no, no lo conozco. Le preguntaré a mi hija… ¡¡Rositaaa!!

      Cuando Rosita salió de la cocina, un rayo de sol debió de abrirse paso entre las sombras del platanero plantado en la calle, porque su rostro se iluminó de repente. Sus labios, brillantes y húmedos como gominolas chupadas por un bebé, resplandecían. Su belleza me impresionó. Me pareció que el tiempo pasaba en cámara lenta mientras se acercaba. Sacudió su larga melena negra y me miró con aquellos preciosos ojos negros. Su forma de andar, el vaivén de sus caderas, el movimiento de sus brazos, sus piernas. Se quitó el delantal de cocina lanzándolo graciosamente hacia la barra. Quedó vestida con un traje de noche rojo impresionante. Parecía un anuncio de perfume de aquellos que siempre acaban hablando en francés. Me vinieron ganas de coger uno de los aros de cebolla que estaban expuestos en la barra, arrodillarme delante de ella y pedirle la mano delante de su padre. No sé porqué, en ese momento, me acordé del dueño del hotel donde estaba hospedado y pensé que todas las teorías sobre el origen de la vida estaban equivocadas. Los seres humanos habíamos invadido la tierra desde distintos planetas de la galaxia, seguro.
      Su padre se dio cuenta de la impresión que me había causado su hija…

      —Discúlpela, ella es así, siempre está ensayando. Quiere ser modelo. No hay quién se lo quite de la cabeza… Lo del foco es para acostumbrarse a las luces…
      —¿Qué? ¿Cómo?... ¿Qué foco? —Me había quedado embobado.

      Entonces me fijé en el foco que estaba colgado frente a la entrada de la cocina que la seguía como si ella tuviera un GPS. Seguramente era así.

      —Que hay, papá. —Su voz era dulce como la miel elaborada por un apicultor ecológico.
      —Este señor es español, de Barcelona, busca a este hombre. —Le mostré el móvil.
      —De Barcelona… Qué bonita ciudad… Yo estuve viviendo allí una temporada.
      —Sí, ya me lo ha dicho su padre. —El foco seguía allí, iluminándola.
      —A ver… —Mientras miraba la foto, una mezcla de olor a burritos de pollo y Chanel 5 se paseó a mi alrededor—. Pues…, la verdad es que su cara me recuerda a alguien… ¿Es de Brooklyn?
      —Creo que sí, no estoy seguro, quizá de la calle Hancock.
      —¿Cómo se llama?
      —Pablo Iglesias.
      —Yo conocí a un Iglesias en la escuela, la que está al principio de la calle Hancock, a lo mejor son parientes… ¿Es usted detective?
      —No, no…, soy… escritor…, estoy escribiendo…, estoy escribiendo las memorias de… mi padre. —Tenía que decir algo. Contarle lo de «Los gayumbos de Pablo Iglesias» no me pareció adecuado—. ¿Y sabe dónde vive?
      —Bueno…, sí…, creo que me acordaré…, pero han pasado muchos años, puede que ya no viva allí.
      —Oh, da igual, por algo tengo que empezar.
      —Pues si quiere le acompaño, tengo que visitar a una amiga en la avenida Franklin, está muy cerca. Y de paso hago un poco de ejercicio. He engordado doscientos gramos esta semana —dijo, sonriendo como solo hacen las princesas en las películas de Disney—. Terminaré los frijoles con chile que tengo en el fuego y le acompaño. ¿Qué le parece?
      —Oh, eso sería genial. Muchas gracias.

       Pasear por las calles de Brooklyn con Rosita fue toda una experiencia. Ella seguía andando como una modelo de pasarela sin cortarse un pelo. Parecía que siguiese el ritmo de una música imaginaria. Sus zapatos de tacón realzaban aun más su imagen, como si mirase el mundo desde un torreón. Por un momento pensé que el foco nos seguía. Nos dirigimos a una avenida repleta de comercios. Rosita se paraba a mirar todos los escaparates de perfumerías, zapaterías y tiendas de moda por las que pasábamos. Yo andaba encorvado, como siempre, vestido con mis viejos tejanos desteñidos, una camiseta blanca sudorosa y unas zapatillas de deporte más gastadas que el pomo de la puerta de un juzgado. Hacíamos una pareja realmente original. Como era de esperar, todo el mundo, hombres y mujeres, se giraban a nuestro paso. Algunos se quedaban unos segundos estáticos, con cara de bobo. Daban ganas de echarles una moneda. Un tipo con pinta de ejecutivo, que andaba con prisas, se pegó un trompazo con una farola. En la siguiente esquina, un coche se subió a la acera y se estampó contra una papelera, provocando la ira de los transeúntes. Pasamos por una obra donde estaban subiendo una hormigonera con la grúa, y me temí lo peor. Curiosamente, no pasó nada, simplemente el tiempo se paró y se hizo el silencio. Los obreros se quedaron mudos y, por un instante, los tacones de rosita se abrieron paso entre el ruido. Algunos también me miraban a mí con desconfianza, como si esperasen que, de un momento a otro, tirara del bolso de Rosita y saliera corriendo como un vulgar ratero. Por suerte llegamos a la calle Hancock sin provocar víctimas mortales.

      Rosita me acompañó hasta el principio de la calle donde estaba el colegio y me indicó la casa donde probablemente aún vivía aquel tipo.

      —Es aquella casa con la puerta azul. No recuerdo su nombre de pila, solo que se llamaba Iglesias… Espero que tenga suerte. —Rosita me tendió la mano como si esperase una reverencia. Estuve a punto de hacerlo.

      —Muchas gracias, Rosita. Que tengas un buen día.   

      Ya estaba anocheciendo cuando me planté frente a la puerta azul. Era una de esas casas con escaleras en la entrada y un pequeño patio con verjas repleto de cubos de basura. Antes de llamar repasé mentalmente lo que tenía que decir. La mentira que había contado a Rosita sobre las memorias de mi padre no estaba mal como argumento y decidí seguir por ese camino. En realidad siempre he pensado que mi padre se merecería una novela. De hecho lo he intentado varias veces, aunque con poco éxito. Era un tipo misterioso. Era tan reservado que a veces pienso si existió de verdad o solo era un holograma que mi madre nos ponía algunas noches para que no pensáramos que éramos huérfanos. Aquellos momentos nocturnos eran los únicos que mis hermanos y yo podíamos verlo. Nunca supimos a que se dedicaba exactamente. Viajaba mucho, pero como no contaba nada, teníamos que imaginarlo. A veces jugábamos a hacer cábalas sobre su oficio. Mi hermano pequeño, Juan, imaginaba que era ejecutivo en una gran multinacional, porque siempre llevaba un maletín negro, de esos que necesitas saber la combinación para abrirlo, y cada vez que aparecía por casa nos traía un recuerdo de donde había estado, alguna de esas figuritas para turistas. Yo todavía tengo una estatuilla de la Torre Eiffel y otra del Taj Mahal guardadas en algún cajón. Laura, la mayor, tenía la teoría de que era vendedor o representante de algún producto raro, quizá un aparato de su invención. Entonces empezábamos a fantasear sobre lo que podría ser: una gorra crece pelo, un detector de melones insípidos, una ducha portátil, un paraguas para perros, una deshuesadora de pollos… Nos pasábamos horas con aquel juego. Yo no sabía que pensar. Lo que quería es que él me lo contara, pero cuando le preguntaba siempre desviaba la conversación hacia otro lado. Bueno, normalmente solo decía: «Creo que tu madre te está llamando». Pero era mentira.
      Nos abandonó cuando yo tenía quince años y no volvimos a verlo más. Nadie hizo preguntas. Simplemente dejó de aparecer por casa y a todos nos pareció lo más natural del mundo. Bueno, es un decir, a mí me descolocó bastante. Quedarse sin padre a los quince años, en plena adolescencia, no es lo mejor que te puede pasar. Siempre he creído que me dedico a escribir gracias a él, porque he llegado a pensar que nunca existió, que solo era un personaje de ficción inventado por mi madre.
     
      Respiré hondo y pulsé el timbre.

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