viernes, 10 de febrero de 2017

El premio (capítulo 4)

      Escuché el sonido de la mirilla abriéndose. Sonreí y saludé al orificio con la mano diciendo «Hola», tímidamente. Fue un mal comienzo, lo noté enseguida, pero me salió así… Hubo un largo silencio.

      —¿Que es lo que quiere, hermano? —dijo una voz profunda con acento latino desde el otro lado.
      —¿Pablo Iglesias? —Continué cagándola. Menuda pregunta estúpida.
      —¿Qué?
      —Estoy… estoy buscando a este hombre… y me han dicho que… quizá usted podría conocerlo. —Coloqué el móvil delante de la mirilla.


      Al cabo de unos segundos, un tipo moreno con una camiseta imperio y un pantalón de trabajo azul manchado de grasa entreabrió la puerta. Noté un fuerte olor a marihuana. Una humareda salió disparada hacia el exterior y se paseó por mi cabeza.

      —¿Para qué lo busca? Si lo que quiere es vendernos algo ya puede ir desfilando. —Su voz se tensó por un momento.
      —No, no… Soy escritor… estoy escribiendo las memorias de mi padre que estuvo viviendo una temporada por aquí… Me contó que Pablo… que Pablo era su único amigo en Brooklyn… y quería…
      —¿Amigo?... Pablo no es muy sociable que digamos. No recuerdo que tuviese amigos. Eso es muy raro… —Escuché murmullos y música en el interior de la casa… Sonaba el Waka Waka de Shakira.
      —Solo quiero saber donde vive… y charlar un rato con él para que me hable de… mi padre, de lo que hacían juntos… y eso… —Enseguida me di cuenta de que me estaba metiendo en un lío. Empezaba a sentirme un poco incómodo.
      —¡Fredooo, aquí hay un tipo que pregunta por tu tío! —gritó de repente.
      —¿Por mi tío Pablo? ¡No mames! —Se escuchó desde el interior.
      —¡Sí, un españolito que quiere conocerlo para no sé qué huevada! —Las palabras «españolito» y «huevada» hicieron que se me erizaran ligeramente los cabellos.
      —¡Dile que pase!

      El tipo acabó de abrir la puerta con desgana y me dejó pasar. Lo que me transmitió su mirada no era hospitalidad precisamente.
      Atravesé el oscuro pasillo que llevaba hasta el comedor acongojado, parecía el museo de una iglesia. Estaba lleno de cuadros y figuritas; la mayoría de vírgenes, santos y calaveras colocados caóticamente por todos los muebles. Un sinfín de Jesucristos colgaban de las paredes. En el comedor, cuatro tipos jugaban a las cartas bajo la luz de una lámpara cónica por la que orbitaba una espesa nube de humo, y un niño de unos ocho años estaba sentado en un rincón jugando con un móvil. Por supuesto, todos se quedaron mirándome fijamente.

      —Siéntate, compadre, y explícame eso de mi tío.

      El sobrino iba con el torso desnudo, con un montón de cadenas de oro, un medallón y un crucifijo colgando del cuello. Su cabeza rapada mostraba deformidades en su coronilla, como pequeños cráteres. Tenía un rostro duro, los pómulos altos, la boca pequeña y sus mejillas cóncavas le daban un aspecto cadavérico. Lucía un aparatoso parche en el ojo derecho. Los demás, como él, parecía que acababan de salir de un casting de Tarantino. Me senté a su lado.

      —Pues…, como le decía a su amigo, estoy escribiendo una historia sobre mi padre… Murió hace un par de años y… le quiero hacer un pequeño homenaje. —Cada vez que hablaba sentía que estaba metiendo la pata hasta el fondo.
      —¿Y dices que conoció a mi tío?
      —Bueno, no estoy seguro si es él... Para eso estoy aquí, para comprobarlo.
      —¿De dónde has sacado esa foto?
      —De su perfil de Facebook. Solo tenía esta.
      —¿Mi tío en Facebook?... No me digas, no tenía ni idea.
      —Sí, pero no publica apenas nada, el ultimo post era de hace seis meses, del 25 de febrero.
      —A ver, a ver… ¿Me estás diciendo que has viajado desde España para encontrar a un tipo que se llama Pablo Iglesias pero que no sabes seguro si es mi tío?, ¿que podría ser cualquiera?
      —Bueno, sí… no, bueno, estoy casi seguro de que es él… Ya sé que parece raro, pero para escribir las memorias de mi padre necesito… documentarme… y… —Las cosas se estaban complicando, mi estrategia era una chapuza.

      —¡Pancho, levanta el culo y vete a jugar al parque! —El niño dejó instantáneamente de jugar, dejó el móvil en la mesa y salió corriendo.

      De pronto, el tipo me agarro el cuello con una mano, sus largas uñas se me clavaron en la yugular.

      —¿Piensas que soy un huevón? ¿Quién te envía?
      —No…, no me envía nadie…, te lo juro.

      Mi voz tembló como la trompeta de un novato. Me lanzó una bofetada con la otra mano. Me soltó el cuello y sacó una pistola de la parte de atrás de sus pantalones apuntándome en la frente.

      —Tienes cinco segundos para empezar a contarme la verdad.

      Inmediatamente, le conté lo del concurso de la editorial y lo de los gayumbos de Pablo Iglesias. Le enseñé el enlace.

      —¡Te la estás jugando, hermano! ¿Qué me estás contando?, ¿gayumbos? ¿Qué mierda es eso?
     —Calzoncillos.
     —¿Calzoncillos? Te voy a arrancar las tripas como sigas por ese camino. —Y me pegó otro tortazo que me hizo sangrar ligeramente por la nariz.

      Abrí la mochila y le enseñé la reserva del hotel, el post de su tío y mis apuntes. Le conté que Rosita me había dado su dirección. Que aquel concurso me lo tomaba como un estímulo creativo. Hasta le conté la verdad sobre mi padre, mis sentimientos más íntimos. Llegué a pensar que estaba hablando con mi psicólogo.

      —¿Y por un posible premio de quinientos euros vienes a Brooklyn a hablar con mi tío? ¡Menudo pendejo, este cuate está loco! —dijo, dirigiéndose a sus compañeros. Todos rieron.

      No fue nada fácil convencerlo de que le estaba diciendo la verdad. Dos horas y cuatro bofetadas más tarde, acabaron creyéndome y el ambiente se relajó. Hasta me invitaron a tomar tequila. No soporto el tequila, pero tuve que tomarme cuatro o cinco copas antes de marcharme. Temí que alguno de ellos se arrepintiera y me echaran a patadas, pero no, el sobrino de Pablo Iglesias abrió la puerta y, antes de salir, me entregó una nota.

      —Toma, la última vez que lo vi estaba viviendo aquí. No creo que te cuente nada, esta mas chiflado que tú... No sé por qué carajo hago esto. ¡Venga, lárgate antes de que me arrepienta! 

      En la nota había escrito una dirección: «473 Concord Ave, Bronx, NY»

  Me sentí como un idiota dándole las gracias a alguien que acababa de partirme la cara. La vida está llena de contradicciones.    
     
      Ya eran más de las diez de la noche y no me sentía con humor ni con fuerzas para ir a visitar a Pablo Iglesias en aquel momento. Volví a Chinatown en un autobús que cruzaba el puente de Manhattan. Me entretuve mirando las luces de los rascacielos y pensando en todo lo que me había pasado. Subí a mi habitación, pero no me apeteció quedarme en aquel agujero. Lo único que hice fue tumbarme un rato en la cama para mirar el correo y el Facebook. Los muelles chirriaron como ratas enloquecidas y el colchón se hundió de tal manera que temí desaparecer entre sus fauces. No tenía ningún correo, pero cuando entré en mi perfil me llevé una inquietante sorpresa. Un tal Pablo Iglesias, un amigo de Facebook con el cual no había interactuado en la vida, había comentado una de esas frases tontas que cuelgo de vez en cuando en mi perfil. Mi frase decía: «No hay manera. No encuentro metáforas para ensalzar tu estupidez», y él escribió un comentario plagado de metáforas: «Como un copo de nieve recién formado, argumenta el estúpido convencido de su singularidad, sin darse cuenta de que el verano intelectual ya está obrando para reducirlo a lo que es, una amalgama deforme y sin sentido, un ejemplo perfecto de nada». 


      Así me sentía yo en aquel momento, un estúpido, una amalgama deforme y sin sentido… y un tal Pablo Iglesias me lo recordaba. No podía ser una coincidencia. O sí, pero menuda coincidencia. Solo faltaba que trabajara en una fábrica de calzoncillos. Investigué su perfil. Era de Mallorca. No me extrañó, estuve muchos años viviendo en aquella isla. Su rostro, sus fotos, sus comentarios, transmitían positividad. Y encima era simpatizante de Podemos, el nuevo partido español que lideraba otro Pablo Iglesias. Me lo tomé como un buen presagio, como un mensaje de ánimo que me llegaba desde el más allá (en este caso desde Mallorca). Tenía que escribir aquel relato costase lo que costase.

      Antes de salir, me duché en el baño compartido del hotel para despejarme. Entré esquivando los charquitos de agua jabonosa que había por el suelo y recogí la selva de pelos que asfixiaban el desagüe con un trozo de papel higiénico. Miré mi cara en el espejo. La tenía un poco hinchada y la nariz ligeramente inflamada por los golpes, pero nada que llamase demasiado la atención. Acabé de ducharme, me cambié de ropa y salí a dar una vuelta por el barrio.

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