lunes, 13 de febrero de 2017

El premio (capítulo 5)

Caminé por la calle Bowery hacia el norte y pregunté a un tipo si conocía algún local con música en directo, necesitaba desconectar de todo lo que me había sucedido durante el día. Tuve suerte, en aquella misma calle había uno, The Bowery Electric, se llamaba. Fui hacia allá. Poco a poco, los letreros en chino y las escaleras de incendios fueron desapareciendo y lo encontré seis o siete manzanas después. Al lado del club, que acababa de abrir, había un bar con terraza donde me paré a tomar algo. No me apetecía entrar en el club y encontrarme la sala vacía. Me deprimía solo con pensarlo.

     Recapitulé todo lo que había sucedido durante el día y volví a tomar notas en mi cuaderno… Quedaban solo tres días para volver a Barcelona y siete para escribir el relato. Tenía que empezar a tener alguna cosa clara. Empecé a visualizar una historia. Quizá no sirviera de nada, pero por algo había que empezar.


      - Ubicación: Brooklyn década 60/70. Relato de género negro? Una familia de delincuentes?  Fredo y sus amigos podrían ser traficantes de cocaína o vender objetos robados.
      -Conectar de alguna manera a Rosita con el grupo de amigos y con Pablo Iglesias. Cantante de swing? Camarera?
      -El taxista indio podría acompañar al protagonista en sus aventuras: Un recién llegado al barrio… Un periodista buscando pistas sobre un asesinato… un detective…  etc… (Escenas cómicas y de acción).
      -Capítulo en Chinatown. Aprovechar el entorno del barrio. Año nuevo chino?
      -Dueño del hotel. Personaje secundario. Intermediario en las ventas de objetos robados? Dueño de un prostíbulo?
      -La frase «Los gayumbos de Pablo Iglesias» podría ser una contraseña. Mafiosos?

      Cuando terminé mi cerveza, miré hacia la entrada del club. Una larga cola esperaba para entrar. Fui hacia allí. Antes de entrar, el portero me registró la mochila con cara de sabueso: portátil, móvil, cuaderno, mapa, pañuelos de papel, bolígrafo… nada de bombas. Me dejó pasar, no sin antes decir…

      —Fifteen dollars.

      Me llevé una grata sorpresa nada más entrar. Un grupo tributo a Allman Brothers comenzaba a tocar las primeras notas de «Statesboro Blues». Sonaban casi mejor que el original. El club, repleto de hippies y rockeros, rugió con aquellos primeros acordes. Me pedí un bourbon con hielo.

      —Twelve dollars —dijo la camarera con una ensayada sonrisa.

      Me encantaba aquel grupo y sus larguísimos solos de guitarra. Recordé que a mi padre también le gustaba. Aparte de las figuritas de suvenires, de vez en cuando también nos traía vinilos raros, ediciones originales, de esos que no podías conseguir en España. «Escuchad esto», decía. Y colocaba la aguja sobre el surco. Ponía la música a todo volumen. A mí me encantaba, pero recuerdo que mi hermano Juan se tapaba las orejas o se metía en la habitación cuando lo hacía. Le gustaba más encerrarse en su habitación a leer o a hacer cualquier otra cosa. Con diez años ya se había leído todos los libros de Harry Potter ochocientas veces.

      Terminó el primer tema y aplaudí como si estuviese viendo a los auténticos Allman Brothers en los años setenta. La banda siguió tocando todos aquellos viejos temas de una forma magistral y lograron que me olvidara totalmente del mal rato que había pasado en casa de Fredo. Me pedí otro bourbon.

      —Twelve dollars —dijo nuevamente la camarera, mostrando exactamente la misma sonrisa.

      Esta vez se subió el escote, que era observado desde la barra por un sinfín de miradas calenturientas. Aunque no sirvió de mucho, porque sus espectaculares pechos volvieron a colocarlo en su lugar. Me fijé en un poster que colgaba de la pared, justo detrás de ella, que informaba de la sesión de Dj que empezaba después del concierto: «Electric Fell Dance Party. Dj Gina Bon Jersey. Every days». La chica que salía en la foto se le parecía mucho.

      —it's you? Gina?
      —Yeah… Stay, you will have fun!
      —Yes, I'll stay. —Lo dije por decir, no pensaba quedarme mucho más, el cansancio empezaba a pasar factura.
      —Spanish? —En ese momento pensé que llevaba una etiqueta en la frente o algo así.
      —Yes, Barcelona.
      —Oh, Barcelona. Messi… Very good, Messi.
      —Messi is argentine. —Por un instante tuve un deja vú.


      En ese momento un tipo robusto con aspecto latino pidió una cerveza a la camarera y cortó la conversación. Se quedó en la barra, a mi lado, mientras el grupo empezaba a tocar «Whipping post», un tema de más de veinte minutos con un solo de guitarra interminable que volvió a recordarme a mi padre, cuando se sentaba en el sofá a escuchar aquellos discos que traía de sus viajes y a fumarse sus aromáticos cigarrillos (que más tarde supe que eran de marihuana). A veces se quedaba toda la noche escuchando música con los auriculares. Una noche me quedé dormido a su lado. A la mañana siguiente desperté en mi habitación. Él ya no estaba, como siempre.

      —¿Español? —Me preguntó el tipo de la barra.
      —Sí, de La Coruña —dije, para variar. No me gustó su aspecto.
      —Soy el teniente Navarro de la policía de Nueva York. ¿Tiene un momento?
     
      Me mostró su placa. Así, rápido, como hacen en las películas. No tuve tiempo de ver nada. Podría haber sido un cacho de plástico que hubiese encontrado en una caja de cereales.

      —¿Tengo opción a decir que no? —Me salió así, un poco chulo. Estaba tan a gusto disfrutando del concierto que me molestó que alguien viniera a fastidiarlo.
      —Yo diría que no.

      Su voz aflautada no concordaba para nada con su aspecto. Tenía la cabeza como un antiguo televisor de catorce pulgadas, cubierta de un grasiento y espeso pelo negro rizado. Sus ojos, minúsculos, achinados y exageradamente unidos, contrastaban con la nariz chata y un espeso bigote en forma de herradura. Su indumentaria pedía a gritos una actualización urgente al siglo XXI. Nos apartamos de la barra y me invitó a sentarme en un pequeño reservado, en un rincón de la sala. Le seguí la corriente a pesar de que tenía mis dudas de que fuera realmente un policía.

      —¿Me permite su pasaporte? —Lo saqué de mi mochila y lo ojeó sin mucho interés, como quien mira un folleto de los testigos de Jehová. Me lo devolvió—. Aquí dice que es de Barcelona.
      —A Barcelona solo voy a dormir. —Me sorprendí a mí mismo hablando como Humphrey Bogart. Hubiese matado por encenderme un cigarrillo.
      —Es usted muy gracioso. ¿Está de vacaciones?
      —Sí, solo cuatro noches y ya estoy malgastando una hablando con usted. —Una mueca movió ligeramente su bigote.
      —¿Qué le ha pasado en la cara?
      —Me resbalé en la ducha. —Cuando me pongo irónico, no hay quien me pare—. ¿Qué quiere? Vaya al grano, me estoy perdiendo el concierto. —No suelo ser arrogante, pero aquella noche no estaba para tonterías.
      —¿Podría decirme qué hacía esta tarde en casa de Alfredo Iglesias? Le hemos visto salir de allí. No es lo mejor que puede hacer un turista en Brooklyn. ¿Algún pariente suyo?
      —¿Me están siguiendo? —Reconozco que en ese momento se me bajaron un poco los humos y empecé a preocuparme.
      —Vigilábamos el domicilio de Iglesias. Es un pájaro de mucho cuidado. ¿Me va a contar lo que fue a hacer allí?

       La verdad es que no tenía ganas de repetir toda la historia otra vez, tampoco me iba a creer. Me inventé un resumen.

      —Mi padre estuvo viviendo allí en los setenta, estoy escribiendo sus memorias. Fui en busca de información, pero no sabían nada.
      —Recuerde que soy policía. No me tome el pelo. 
      —Es la verdad, si no quiere creerme es asunto suyo.  —La banda estaba anunciando su último tema. Aquel policía me estaba agobiando. —¿Hemos terminado?
      —Si no tiene nada más que decirme, sí.
      —Pues, no, nada más. —¿Qué iba a contarle? No quería saber nada más, ni pensaba volver a pisar la casa de Fredo Iglesias en mi vida —. Si me permite, voy a disfrutar del concierto.  —Me levanté de repente y me dirigí hacia la barra. La camarera se había vestido de Dj, preparada para empezar su sesión de un momento a otro. Me pedí otra copa. El teniente Navarro se puso a mi lado y pagó la suya. Antes de marcharse, puso su mano en mi hombro y me susurró al oído…

      —Espero que me haya dicho la verdad. No parece usted un mal tipo. No se meta en líos y tenga cuidado con Iglesias, no es una buena compañía.
     
      En ese mismo momento sonó la última nota del concierto, la que marcan todos los instrumentos al unísono, la más apoteósica… y el policía desapareció entre los calurosos aplausos del público… Recuerdo que me pareció una buena escena para mi relato.

      La sesión de Gina empezó cinco minutos después, justo cuando la banda terminó de tocar «Jessica», uno de los temas favoritos de mi padre… No sé porqué me acordaba tanto de mi padre durante aquellos días, siempre había pensado que aquel tema ya estaba superado. Es verdad que cuando desapareció tuve una de esas crisis de adolescente. Me enfadaba con mi madre y con mis hermanos. También tuve algunos problemas en el instituto, peleas sin sentido y bromas pesadas a los compañeros mas pringados. Quizá hasta recuerdo hacerle bulling a alguno de ellos. Lo más grave que sucedió fue aquella noche en la fiesta de cumpleaños de un amigo. Estábamos todos alrededor de la piscina bailando y gastando bromas, hasta que a un tal Pedro se le ocurrió meterse conmigo mencionando lo de mi padre. Dijo algo así como que mi padre se había largado porque mi madre era idiota, alguna chorrada así, no lo recuerdo bien. Lo agarré del cuello y nos caímos los dos a la piscina. Casi lo ahogo. Creo que llegó a venir una ambulancia y todo. Cosas de críos, dijeron.
  
      Gina empezó su sesión de Dj pinchando antiguos temas de AC/DC, Nirvana, Led Zeppelin y cosas así. Me apeteció quedarme un rato. El bourbon había hecho su efecto y me encontré danzando torpemente entre toda aquella gente. Había pocas chicas. Una de ellas se acercó a mí bailando alegremente. Se notaba que estaba muy borracha, gesticulaba exageradamente con los brazos y tropezó conmigo un par de veces. Al instante, llegaron unos cuantos tipos que se pusieron a bailar formando un corrillo a su alrededor, a ver si pillaban algo. Cuando la chica se dio cuenta, se fue hacia la barra y empezó a besuquearse con otra que llevaba una camiseta de David Bowie. Bailé un poco más, me tomé no sé cuantas copas y me fui al hotel.

       Eran casi las cinco de la madrugada cuando llegué. Subí las escaleras con precaución (el tequila y el bourbon no fue una buena combinación) y la puerta de recepción se abrió justo cuando pasé por delante. Me asusté un poco y me preparé mentalmente para recibir la esperpéntica imagen del dueño, pero en su lugar apareció el rostro angelical de una niña oriental de diez o doce años con unos gigantescos ojos azules.

      —You needs something? Cocaine, crack, marijuana?… Girls?
      —Oh, no… thanks. —Pero me lo pensé mejor—. Marihuana?
      —Twenty dollars. —Le pagué los veinte dólares y me entregó una bolsita transparente con un minúsculo cogollo en su interior. 
   
      Cuando entré en la habitación, dejé caer mi cuerpo agotado sobre el colchón. Los muelles me expulsaron de la cama como a una pelota de ping pong. Agarré el colchón y lo puse en el suelo. Me tumbé, fumé un poco y me quedé profundamente dormido. 

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