viernes, 17 de febrero de 2017

El premio (capítulo 6)

      Recuerdo que desperté pensando que estaba en Barcelona y busqué adormilado el interruptor de la lámpara de mi mesita de noche, pero mi mano solo palpó el suelo. Me sorprendí. Miré a mi alrededor intentando situar la puerta del balcón de mi casa y la luz que suele entrar por la ventana entreabierta, pero la oscuridad era absoluta. Entonces recordé donde estaba. Me levanté resacoso y me puse a palpar todas las paredes a oscuras buscando el interruptor de la luz, hasta que lo encontré. Miré la hora en el móvil. Eran casi las cuatro de la tarde. Había perdido toda la mañana. Me vestí rápidamente. Situé en el mapa la dirección que me había dado Fredo. Estaba en el Bronx, a más de dos horas andando. Busqué la estación de metro más próxima, Canal St., en la línea seis, que llevaba directamente a la zona donde tenía que dirigirme y salí a la calle a seguir con mis pesquisas.

      Antes de entrar en el metro me compré un hot dog en uno de esos carritos callejeros tan peculiares. El dependiente era gordo y con bigote, y me recordó a Ignatius Reilly, el obeso protagonista de La conjura de los necios. Recordé la descripción que hacía de sus salchichas en la novela y me lo empecé a comer con un poco de aprensión. Estaba sabroso y grasiento, como imaginaba. Me pedí un café.


      —¿Sabe que le están siguiendo? —dijo de repente el dependiente.
      —¿Cómo?
      —Allí, en la esquina.

      Disimulé todo lo que pude y giré la cabeza lentamente hasta visualizar la esquina. Dos tipos con traje blanco y gafas de sol cruzaban la avenida apresuradamente hacia nosotros.

      —¿A qué espera?, lárguese.

     No sé porqué, le creí. Le pagué el café y salí corriendo hacia las escaleras del metro. No podía pararme a comprar el billete, así que salte el control y corrí hacía el tren que estaba estacionado en el andén en ese momento. Entré justo antes de que se cerraran las puertas, y tuve que tirar de mi mochila para que no quedara atrapada.
      Me mezclé entre la gente que abarrotaba el vagón como un fugitivo y me apoyé en una de las esquinas ocultándome detrás de un tipo alto con rastas. El tren se puso en marcha y vi como los hombres de blanco se quedaban en el andén mirando hacia todas partes. Era cierto, venían a por mí.
      Aquello no tenía ningún sentido. ¿Por qué me seguían? ¿Sería cosa del teniente Navarro?
      Las estaciones fueron pasando y conseguí relajarme. Seguí dándole vueltas a lo que acababa de suceder, intentando encontrarle algún sentido. No lo logré. Los restantes cuarenta minutos que duró el viaje los dediqué a pensar en mi relato. Tenía que seguir avanzando y empezar a decidir de una vez el argumento. Terminar lo antes posible y largarme de Nueva York, las cosas se estaban complicando.

      Saqué el cuaderno de notas.

      El teniente Navarro y Gina, la camarera/disckjockey, me parecieron buenos personajes para lo que tenía pensado, y los tipos que me acababan de perseguir, también. Lo anoté. También anoté como posible personaje al vendedor de salchichas. Más tarde, me entretuve observando a los pasajeros en busca de algún rostro que me sugiriera algo. No encontré nada especial en ellos. También miré mi correo. Me habían escrito para pedirme que colaborara en una revista digital. El Facebook de Pablo Iglesias seguía sin inmutarse. Marqué en el mapa la estación de metro donde tenía que bajarme y la ruta a pie hasta la casa de Pablo Iglesias.

     Era una casa de madera de tres plantas muy deteriorada. Desde la calle se podía acceder a la planta baja por una pequeña puerta. Estaba abierta, me asomé. Cuatro o cinco escalones llevaban hacía otra puerta todavía más pequeña. Supuse que era una especie de almacén, un zulo más bien. Otra escalera subía lateralmente desde la calle hasta una terraza por donde se podía acceder a la casa. Toda la primera planta estaba enrejada, como una cárcel. No parecía estar habitada. No encontré ningún timbre, di un par de voces, pero no contestó nadie.


      Al lado de la casa, separado por un estrecho callejón, sobrevivía un cochambroso garaje que se utilizaba como local de culto. Sobre la entrada, un cartel de madera con letras góticas anunciaba: «Movimiento de Iglesias Pentecostés. Una luz en el camino. Jesucristo salva y sana». Una mujer mulata, bajita y con un trasero inmenso, salió del local en ese momento fumándose un puro y arrastrando un cubo con un mocho. Se puso a limpiar la acera.

      —Buenas tardes, disculpe, ¿sabe si vive alguien en esa casa?
     —Pues, hace meses que no veo a nadie. Antes vivía un viejo gruñón que no decía ni los buenos días. Un huevón del carajo. —Se pasaba el puro de un lado a otro de la boca mientras hablaba.
      —¿No sería éste por casualidad? —Le enseñé la foto.
      —Sí, éste mismo. Menudo pendejo estaba hecho. Un «hijoeputa», eso es lo que era. Que Dios me perdone —dijo, santiguándose con el puro.
      —¿Y sabe dónde está ahora?
      —No lo sé, algunos vecinos dicen que se lo llevaron con una ambulancia. Espero que esté camino del infierno. Pregunte a la Lupe, ahí, en la casa roja. Ella lo sabe todo, siempre está fisgoneando por la ventana.
      La dejé allí, limpiando, y crucé la calle.

      Aquella tal Lupe me dijo que Pablo iba y venía de la cárcel, pero que la última vez se lo habían llevado a un centro de salud mental de Brooklyn. No me alegré exactamente, pero pensé que esa situación le vendría muy bien a mi relato. Los enfermos mentales siempre dan mucho juego en las historias de misterio. Apunté el nombre del hospital y busqué la dirección por internet: «South Beach Psychiatric Center 8620 18th Avenue, Brooklyn, NY».
      Una hora y media de metro después llegué a las puertas del psiquiátrico.

        No había ningún indicio en la entrada que sugiriera que aquel edificio era un hospital. Los cristales de espejo de la entrada estaban llenos de polvo y no se veía nada desde fuera. Entré. En el mostrador de recepción había un hombre con una bata blanca hablando por teléfono. Esperé a que terminara y le pregunté por Pablo Iglesias.

      —¿Es usted pariente?
      —No, un amigo, vengo desde España. —Me identifiqué.
      —Ya era hora de que alguien viniese a verle. Es la primera visita que recibe desde que lo ingresaron.
      —Sí, nunca ha sido muy sociable —dije con naturalidad. Me estaba convirtiendo en un actor de primera—. ¿Qué le pasa exactamente?
      —Esquizofrenia paranoide. No tiene remedio. Lleva años yendo y viniendo desde la cárcel de Rikers Island. Sale de prisión y lo vuelven a enganchar al día siguiente. Es un desastre.
      —¿Está mejor?, ¿puedo hablar con él?
      —Tiene que subir a la primera planta y hablar con el doctor Sánchez, él tiene que dar su visto bueno, diré a alguien que le avise. —Me dio una identificación y señaló las escaleras.

      El doctor Sánchez parecía una de esas personas que intentan hacerte creer que están seguras de sí mismas. Tenía complexión atlética, medía casi un metro noventa y lucía un pelo muy corto teñido de rubio. Llevaba las cejas depiladas y un rostro demasiado pálido para alguien llamado Sánchez. Parecía como si quisiese ocultar su origen latino. Seguramente sería uno de esos psiquiatras que están más desequilibrados que sus pacientes. Hubo algo en su mirada que me desagradó profundamente y tuve la sensación de estar delante de un androide. Nos saludamos con un apretón manos. Apretó tan fuerte, y duró tanto el saludo, que pensé que estaba en un concurso de «haber quién es más macho». Si de verdad era un androide, tuvo tiempo de recopilar en su software mi masa corporal, mi ADN y todo mi historial clínico al contacto con mi mano.

      —Me han dicho que viene a ver al señor Iglesias. Estamos realmente sorprendidos. ¿De qué lo conoce? —preguntó, liberando por fin mi mano.
      —En realidad fue mi padre quien lo conoció en los años setenta. Estoy escribiendo sus memorias y quería hablar con el señor Iglesias para que me contara sus recuerdos sobre aquella época. —Lo había contado tantas veces, que hasta yo me lo creía.
      —Vaya, que historia más original. No es que dude de ella, pero parece sacada de una novela.
      —Cualquier historia sirve para escribir una novela —dije, como si acabase de dictar una sentencia.
      —Sí, eso es cierto

      Y se quedó en silencio, mirándome. Quedó tan estático que pensé que aquel androide se había quedado atascado, sin baterías. Estuve a punto de darle un golpecito en el hombro para intentar arrancarlo.

      —No estoy seguro si le servirá de algo hablar con él, el señor Iglesias está en una fase depresiva muy fuerte. Ayer mismo intentó suicidarse.
      —Vaya, lamento oír eso. —En realidad pensé que eso le vendría bien para mi relato: un preso depresivo contándome sus amarguras.


      Me acompañó hasta una sala acristalada donde había una larga mesa rodeada de sillas y esperé pacientemente. Diez minutos más tarde entraron dos enfermeros custodiando a un hombre con una bata verde, que caminaba torpemente, como un zombi… A pesar de que estaba recién afeitado y no llevaba gafas de sol, lo reconocí. Era él. Era Pablo Iglesias. 

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