martes, 4 de abril de 2017

El Premio (Capítulo 7)

      Lo dejaron allí, de pie, cabizbajo, y me informaron que el horario de visitas terminaba a las ocho. Eran las siete y media.

      —Si tiene algún problema pulse el timbre, ese que hay en la pared, detrás de usted. —Los dos enfermeros se marcharon y cerraron la puerta con llave. Eso me inquietó un poco.

      Pablo estuvo un rato sin decir nada. Levantó la cabeza y me miró con desprecio. Lo noté mucho más viejo que en la foto, con el rostro demacrado, los ojos tristes y los labios secos y agrietados. Los cuatro pasos que dio para llegar hasta la silla y sentarse a mi lado se me hicieron eternos. Apoyó sus manos sobre la mesa y habló con voz ronca, como si se acabara de fumar cuatro paquetes de tabaco en los últimos cinco minutos.

      Saqué mi cuaderno de notas.

      —Ya era hora de que aparecieses, después de tantos años. Maldito cabrón.
      —¿Cómo dice?
      —Te estuve esperando en el garaje durante horas. ¿Qué hiciste?, ¿me delataste?
      —Creo que se confunde, yo solo quería conocerlo para…
      —Tienes que sacarme de aquí, Carlos. Te diré donde está el dinero, pero sácame de aquí. Me lo debes.
      —No sé de qué me está hablando. Le repito que me está confundiendo con otra persona.
      —Dijiste que volverías con el coche. Me dejaste allí con el fiambre y te largaste. Seguro que solo vienes a por el dinero.
      —Yo solo quería conocerle para… —Me callé, era inútil contarle la verdad, estaba como una regadera, era evidente.
      —Me tendiste una buena trampa aquella noche. Sabías que no podría delatarte. ¿Quién puede delatar a un fantasma? Cargué con el muerto yo solito —continuó.

      Algo pasó por su cabeza en ese momento, porque de pronto se quedó pensativo y me observó minuciosamente.

—Pero…, estás…, veo que te mantienes muy joven, Carlos… ¿Te has hecho la cirugía o qué?… No me extrañaría, recuerdo que eras muy presumido… 
      —Yo no soy Carlos, se está confundiendo.
      —Carlos, Vicenzzo, Andrés, Mario… ¿Qué nombre utilizas ahora? ¿Piensas que soy idiota? Reconocería esa cara a un quilómetro. Eres Carlos, me lo vas a decir a mí. Llevo tu rostro tatuado en el cerebro desde aquel día.
      —Le repito que no soy Carlos, quizá tengamos cierto parecido, no sé… Yo no soy de Nueva York, vivo en Barcelona, en España… —Lo vi tan convencido que empecé a pensar que me conocía de verdad.
      —¿Barcelona?... Aaah… ¡Clarooo! ¡Eres su hijo!… ¡Así que ha mandado a su hijo para sonsacarme, el muy hijo de puta! —dijo, alzando la voz violentamente.
      —Yo… yo no veo a mi padre desde hace más de veinte años.
      —¡No intentes engañarme! ¡Te ha enviado él! ¡Maldito bastardo! —gritó, incorporándose de repente.

     
      Uno de los enfermeros abrió la puerta de la sala bruscamente en ese mismo momento. Me llevé un susto de muerte.

      —¿Va todo bien?
      —Sí, no se preocupe… Todo bien —dije. Pero era mentira, aquello no iba nada bien.
      —Vayan acabando. Le queda poco tiempo.

      Cuando el enfermero volvió a cerrar la puerta nos quedamos unos segundos en silencio. Pablo me miraba como si mi cara fuera un cuadro de Kandinsky.

      —Si no te ha enviado tu padre, ¿Qué coño haces aquí?

      Respiré hondo y le conté la verdad. Todo. Paso a paso. Detalle a detalle. Minuciosamente.

      —¡Basta, basta! ¡Primero tu padre y ahora tú! ¿Crees que no tengo bastante con estar aquí metido? ¿Te estás riendo de mí? Como voy a creerme que me has elegido al azar… Y eso del concurso literario. Y lo de tu padre… ¡Eso es imposible! ¡Es de locos!
      —Le juro que le digo la verdad. Ni siquiera he sabido nunca a que se dedicaba mi padre… ¿De qué lo conoce?
      —Tu padre era el hijo puta asesino más listo que he conocido.
      —¿Asesino? ¿Mi padre? —No sé porqué, empecé a dudar.
      —Trabajaba con varias familias de la mafia. Se movía por todo el mundo. No sé cómo se las arreglaba para que todos confiaran en él. Era más listo que todos los capos juntos.
      —Ahora soy yo el que no se cree nada. Vivía con nosotros en Barcelona, nunca vi nada que me llevara a pensar eso. Eso es imposible. Se lo está inventando.
      —Lo de Barcelona era una tapadera, como otras tantas que tenía. Una tapadera genial. Un padre de familia que volvía a casa después de un viaje de trabajo. Era un genio para esas cosas. Quizá aún lo es.
       —Pero, ¿y mi madre? Ella nunca sospechó nada…, era un ama de casa como cualquier otra. Tuvo tres hijos con él.
      —¿Tu madre? Tu madre era un corderito. Tu padre la sacó de un prostíbulo y la embaucó para que se casara con él y montar toda aquella farsa. Te repito que tu padre era un puto manipulador.
          
      Me quedé sin palabras. En ese momento, vimos a través del cristal como se acercaban los enfermeros para abrir la puerta. Se había acabado el tiempo de visita. Pero antes de marcharme, Pablo Iglesias me cogió la mano, depositó en ella un objeto pequeño envuelto en un papel pringoso y me susurró al oído.

      —Eres mi única oportunidad. Nunca me sacarán de aquí. Tienes que ir a mi casa del Bronx, en el almacén hay enterrada una caja fuerte, bajo el armario de los trastos. Ábrela, allí encontrarás repuestas sobre tu padre. También encontrarás el dinero y unos documentos que implican a varios senadores en el asesinato de Luther King. Es lo único que me dejó ese malnacido. Aquí tienes las llaves. Disculpa el olor, pero las llevo siempre metidas en el culo, por seguridad. Quédate con el dinero y lleva los papeles a mi abogado. Eso me sacará de aquí. La dirección está en la nota. Haz esto por mí, tu padre me lo debe.

       Me metí las llaves en el bolsillo disimuladamente. Los enfermeros se llevaron a Pablo, que me lanzó una mirada suplicante. El doctor Sánchez me esperaba fuera.

      —¿Qué, como ha ido? ¿Le ha contado algo interesante sobre su padre? —Sus ojos escrutaron los míos como si tuviesen rayos X.
      —Nada que no supiera —contesté. En mi vida había dicho una mentira más gorda.
      —Pues se le veía muy atraído por la conversación, como si le afectara mucho lo que le decía.
      —¿Nos ha estado espiando?
      —Solo por seguridad, ya ha visto como se ha puesto. Es un hombre muy peligroso y mentalmente desequilibrado.
      —Sí, creo que le deberían cambiar la medicación, parece que la que toma ahora no está surtiendo efecto —dije, dando por finalizada la conversación.
     
      Nos despedimos con otro apretón de manos. Esta vez yo también apreté todo lo fuerte que pude. Me pareció escuchar un crujir de huesos, y no precisamente los suyos. Cuando me dirigía a la salida, el recepcionista me saludó como si me conociera de toda la vida.

      —Hasta la vista, esperamos verle por aquí de nuevo. Las visitas siempre sientan bien a nuestros pacientes.
      —Lo intentaré, buenas tardes.

      Ya anochecía cuando salí al exterior. El cielo estaba plagado de nubes oscuras que amenazaban con descargar una tormenta de un momento a otro. Decidí volver al hotel a descansar. Estaba agotado. No me veía buscando aquel misterioso tesoro en un lúgubre almacén del Bronx en una noche tormentosa. Sí, sería una escena muy intrigante para mi relato, ideal para una novela negra, seguro que me inspiraría algo, pero me pareció más sensato ir a la mañana siguiente, a la luz del día, para descubrir si era verdad todo lo que me había contado Pablo Iglesias.
      Aún estaba impactado por lo que había dicho de mi padre. Un asesino a sueldo. No podía ser cierto. Nuestra familia, una tapadera. Increíble. Y que hubiese estado involucrado en el asesinato de Luther King me pareció surrealista, demasiado rebuscado, un truco barato sacado de la chistera de un mago paranoico. Y la historia de mi madre. Imaginar que vivió toda su vida en la ignorancia, me hacía estremecer. Nada tenía sentido. Estuve todo el viaje pensando en ello, atando cabos, intentando hurgar en mi memoria familiar para descubrir algún indicio de toda aquella locura.

      Tenía que reconocer que mi madre tampoco era una mujer muy dicharachera. Es cierto que era una persona bastante ignorante, con pocos estudios. También era exageradamente sumisa con mi padre, eso era verdad, y poco convencional en sus relaciones sociales. Pero la recuerdo algunas noches contándome cuentos antes de irme a dormir o paseando por el parque con mis hermanos, como cualquier madre. Cocinaba muy bien, hacia unas paellas riquísimas y unos canelones de pollo increíbles. Cuando no tenía nada que hacer en casa, lo único que hacía era ver la tele, se pasaba horas viendo cualquier cosa. No le recuerdo ningún hobby. No hablaba mucho de sus padres, ni de su infancia. Una vez nos contó que sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando era pequeña, y que eran de Murcia, nada más. Tenía poquísimas fotos. Recuerdo una especialmente, en blanco y negro, de cuando iba al colegio. Estaban todas las niñas de la clase en formación, delante de la puerta del colegio, flanqueadas por dos monjas con cara de asco.
      No se maquillaba nunca. Eso de que había sido prostituta no me cuadraba por ningún sitio. Era bajita, flaca, con la cabeza pequeña y las piernas delgadas, apenas tenía pechos y no era especialmente guapa. Si trabajó alguna vez en un prostíbulo, debió de ser en un prostíbulo para clientes muy especiales. Cuando nos fuimos de casa, la íbamos a visitar como hacen los hijos que no tienen mucha relación con sus padres, de uvas a peras. Nunca llamaba por teléfono, ni se preocupaba demasiado por nuestras largas ausencias. Cuando ya fue mayor, la cuidamos entre los tres hermanos. Estuvo viviendo con mi hermano Juan una temporada y más tarde en casa de mi hermana hasta que murió de cáncer hace cuatro años. No vino nadie al entierro. No nos pareció raro. Tal como era mi padre, y con lo poco que se relacionaba ella, nos pareció de lo más normal. Tenía que reconocer que éramos una familia poco convencional. La conversación con Pablo Iglesias me lo había recordado.

      Lo primero que hice cuando llegué al hotel, fue apuntar la dirección del abogado en un papel limpio y lavar aquellas llaves apestosas.
      Me sentí un idiota.
     
      Apenas pude dormir aquella noche. Tuve un sinfín de pesadillas. En una de ellas, mi padre mataba a mi madre de un tiro en la nuca, sonriendo como un supervillano. La mantuvo unos minutos interminables de rodillas delante de nosotros antes de disparar, mientras los tres hermanos comíamos palomitas. En el sueño yo debería de tener unos diez años. Mi hermana Laura me comentaba: «¿No estás contento? Por fin sabemos de qué trabaja papá», y Juan se encerraba en su habitación a leer el último libro de Harry Potter. Yo me quedaba allí, comiendo palomitas y preguntando…

      —¿Siempre lo haces así, de un tiro en la nuca?
      —Depende de lo que quiera el cliente.
      —¿Has descuartizado a alguien?
      —Sí, claro, un montón de veces.
      —¿Y quién te ha contratado para matar a mamá?
      —Este es un asunto personal.
     
      Después me ordenaba limpiar la sangre que había desparramada por el suelo, mientras él arrastraba el cuerpo de mi madre hasta el lavabo. Lanzaba el cuerpo por la taza de un inodoro gigante y tiraba de la cadena. El cuerpo daba vueltas y vueltas pero no acababa de ser engullido por el agua. Entonces mi padre me entregaba un mocho para que lo empujara, como si estuviera cargando el cañón de un barco pirata.
      Así toda la noche.


      Me desperté agotado y sudoroso. Me sentí como si llegara de correr una maratón olímpica. Abrí la luz, miré el reloj. Eran las siete. Me volví a tumbar en el colchón. Me entretuve observando una araña tamaño XL que rondaba por el techo. Había fabricado una gran tela de araña en uno de los rincones y tenía la despensa llena de moscas. Me imaginé atrapado en ella. Sin darme cuenta, me quedé dormido otra vez.

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