lunes, 3 de julio de 2017

El premio (capítulo 8)

Cuando volví a despertar ya era mediodía. Me duché, me afeité y me vestí con parsimonia. Era como si no quisiera enfrentarme a lo que me iba a deparar aquel día. Por mi cabeza pasó la idea de largarme de aquella ciudad, coger el primer avión que saliera hacia Barcelona y olvidarme de todo lo que había venido a hacer allí. Pero en el bolsillo de mi pantalón llevaba dos llaves y una nota con la dirección del abogado de Pablo Iglesias.
      Bajé las escaleras del hotel hasta el segundo piso. Allí me paré. Escuché la voz aflautada del teniente Navarro hablando con el dueño del hotel en el piso de abajo. No tardé ni un segundo en subir corriendo escaleras arriba hasta la azotea. Por suerte, las azoteas de los edificios colindantes estaban a la misma altura. Crucé dos o tres bloques hasta encontrar una de las puertas abiertas. Bajé las escaleras de tres en tres hasta la calle. Rápidamente me dirigí a la estación de metro, tal como había hecho el día anterior. En el puesto de salchichas había otro vendedor atendiendo. Flaco y con barba. Fue una lástima, me hubiese gustado hablar con aquel tipo de Alicante para que me explicara como sabía lo de Pablo Iglesias. No me paré. Bajé las escaleras del metro como si me persiguiesen de nuevo, pero miré a mi alrededor y no había ni rastro de los hombres de blanco. Esta vez compré el billete hasta el Bronx como cualquier pasajero.

      —A ticket to… St. Mary Street, please —dije, jadeante.
      —Are you sure? That’s the Bronx. Not for turists.
      —¡Pues claro que estoy seguro!¡A ticket to… St. Mary Street! ¿Está sordo, o qué?      —Estaba harto de que todo el mundo me diera consejos.
      —Three dollars.




      En el domicilio de Pablo Iglesias, la puerta de la calle que daba al almacén seguía abierta. El local de culto estaba con la persiana bajada y no pasaba nadie por la calle. Me pareció ver un movimiento en los visillos de la ventana de Lupe, la vecina de enfrente. No me preocupó demasiado. Aproveché el momento para entrar. Cerré la puerta para que no me vieran desde fuera y me quedé a oscuras. Utilicé la linterna del móvil y subí aquellos cuatro o cinco escalones hasta el zulo. Cogí una de las llaves y abrí la verja. Al entrar, tuve que agacharme para no golpearme la cabeza contra el techo. Un cuartucho de tres metros por cuatro lleno de polvo apareció ante mí. En la pared de enfrente estaba el armario de los trastos que me comentó Pablo Iglesias. Había una lámpara en el techo con un interruptor de cadena. La estiré, pero no funcionaba. Dejé el móvil apoyado en el ventanuco que daba al callejón para iluminarme. Aparté el armario, una legión de ratones salió en estampida y se metieron por un agujero que había en una de las esquinas. Busqué una pala o algo parecido para cavar, solo encontré un destornillador grande y un martillo oxidados. El suelo era de tierra, pero aún sobrevivían algunas placas de cemento. Respiré hondo y empecé a escarbar, por fin sabría si era verdad lo que dijo Pablo Iglesias…
      Quizá encontrara más respuestas sobre mi padre.

      En ese mismo momento, alguien abrió la puerta de la calle y me cegó la luz del sol. Aparecieron dos siluetas a contraluz. Eran aquellos tipos de blanco que venían a por mí. Fueron acercándose poco a poco. No tenía lugar donde esconderme. Agarré el destornillador y me atrincheré tras el armario, como si aquello fuese a salvarme. Se plantaron frente a la puerta del almacén. Me sentí acorralado. La adrenalina corrió por todo mi cuerpo como si me hubiese tomado un brebaje vivificador, y de pronto sentí que podía burlar a aquellos tipos si ponía todas mis energías en ello. Me sentí fuerte, como un toro bravo. Tenía que aprovechar aquel momento de furia. Me lanzaría hacia ellos blandiendo el destornillador como un gladiador que no tiene nada que perder y me abriría paso entre los dos como una bestia salvaje, escapando por la puerta sin darles tiempo a reaccionar. Tampoco había demasiadas opciones. Corrí hacia ellos en embestida gritando como un energúmeno, dispuesto a clavar el destornillador a cualquiera que se interpusiese en mi camino, pero uno de ellos me interceptó y me agarró la muñeca, inmovilizándome el brazo en una décima de segundo. El otro sacó del bolsillo de su chaqueta una jeringuilla  con un líquido amarillento y, sin mediar palabra, me lo inyectó. Sentí un mareo y ganas de vomitar, como si estuviese en un barco a la deriva en medio del océano.
      No recuerdo nada más.

      Cuando desperté, estaba tumbado en la cama de una pequeña habitación. Atado de de pies y manos, amordazado. Me explotaba la cabeza. Intenté deshacerme de mis ligaduras, pero solo fue un acto reflejo. Ni podía ni tenía fuerzas para hacerlo.
     La habitación era tan pequeña como el zulo de Pablo Iglesias. Estaba totalmente vacía, iluminada por la escueta luz de una lámpara de emergencia. Ni siquiera había ventanas. Nada podía hacer más que esperar.

     Los dos tipos de traje blanco entraron al cabo de unos minutos. Vistos, así, de cerca, me pareció que eran gemelos. Me liberaron las manos y los pies y me sacaron a rastras de la habitación. Me acompañaron por un interminable pasillo hasta que entramos en un lujoso salón repleto de aparatosos muebles clásicos de la mejor madera que pueda existir. En el centro del techo, que estaba decorado con multitud de rosetones, colgaba una gigantesca lámpara de cristal. Imaginé que, de un momento a otro, aquellos dos tipos empezarían a bailar un vals. Frente a nosotros, un despampanante vitral que parecía haber sido sustraído de alguna catedral gótica, dejaba pasar una cálida luz que dotaba a la estancia de un ambiente místico, y que alumbraba la aparatosa mesa de cristal tras la cual se sentaba la persona que seguramente me aclararía que mierda estaba haciendo allí.
      Me sentaron en un sillón frente a él y me arrancaron la cinta que me tapaba la boca. Aquello me dolió, y mucho. Después de soltar un aullido, no podía hacer otra cosa que preguntar…

      —¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué me retienen?—Lo pregunté con la boca pequeña, sin convicción. Todavía estaba un poco aturdido.

      No contestó. Se quedó mirándome con la cabeza ladeada, mientras extraía un soberbio cigarro de una caja de puros donde se podía leer: «SuperMontecristo. Extra Size. Hecho a mano. La Habana». Uno de los gemelos se acercó y le ofreció fuego con una quilométrica cerilla de madera. El exagerado tamaño del puro, y de todo lo que le rodeaba, contrastaba con su aspecto.
      Era un tipo bajito, casi enano. Una boca con labios gruesos le atravesaba toda la cara, casi de oreja a oreja, como si alguien se la hubiese cortado con una navaja. Allí cabrían siete puros, por lo menos. Tenía la nariz redonda, de patata, los ojos enormes y unas pobladas cejas que acababan uniéndose en el centro y tan extensas como su boca. Por un momento pensé que estaba delante de un personaje de dibujos animados. Una rana con patas, por ejemplo.
     
      —Ha llegado a mis oídos que ha estado husmeando en casa de Pablo Iglesias. Eso me tiene intrigado ¿Qué estaba haciendo allí?
     
      Su voz me confirmó que podría ser perfectamente una rana. Soltaba chasquidos con el paladar cuando pronunciaba la «p» y la «t», y a veces también con la «i» y con la «o». Con las demás vocales parecía que se llevaba bien, no así con la «s» que la arrastraba como una serpiente.

      —Si se lo cuento no se lo va a creer. —Intenté ponerme a la altura de la situación y pensar una estrategia para poder salir vivo de allí.
      —Pruebe a ver, a veces soy muy ingenuo.
      —No me creerá, ya le aviso.
      —No me diga lo que he o no he de creer. —dijo, revolviéndose en su sillón.
      —Si quiere se lo cuento, pero no me va a creer, seguro. Se lo digo por experiencia.

      Estaba ganando tiempo. No podía contarle la verdad, eso nunca me había funcionado. En aquella situación extrema tenía que ser valiente y arriesgarme con algo diferente. Durante aquellos instantes la cabeza me iba a cien por hora.

      —Suéltelo ya, estoy empezando a impacientarme. —Sus minúsculos dedos apenas podían agarrar el puro. Volvió a recolocarse en el asiento. Me pregunté por qué no se había comprado un sillón a su medida.
      —¿Por dónde quiere que empiece, por el principio? —El que no sabía por dónde empezar era yo.
      —Eso está bien, me parece buena idea, empecemos por el principio. ¿Quién es usted? —Sonrió con aquella boca inmensa. Me estremecí.
      —¿Yo?
      —¿Se da cuenta que está hablando como un imbécil? Dígame quien es y que hace aquí o le ordeno a uno de mis chicos que le reviente la cabeza.
      —Soy… soy… soy el hijo de Carlos —Mi voz interior despertó de repente y me abrió un camino difícil y peligroso, pero un camino al fin y al cabo.
      —¿Carlos? ¿Qué Carlos?
      —Carlos, el que hacía todos aquellos trabajos sucios, creo que usted lo contrató varias veces, ¿no?
      —¿Carlos Cifuentes, el fontanero?
      —No, no, el otro Carlos. —Se me ocurrió guiñarle un ojo.
      —¿Por qué me guiña el ojo? No sé a qué Carlos se refiere.
      —Bueno, a lo mejor con usted utilizaba otro nombre, era muy precavido con esas cosas. ¿Vicenzzo, quizá?
      —¿Vicenzzo? ¿André Vicenzzo? —Bingo.
      —El mismo.
      —Ese hijo de puta lleva años desaparecido, me debe noventa mil dólares. Supongo que has venido a devolvérmelos. Espero que sea eso, porque si no vas a salir con las patas por delante.
      —Sí, exactamente. Por eso estaba en casa de Pablo Iglesias, ese cabrón le debe mucho más a mi padre. Le pagaré con intereses cuando consiga el dinero.
      —¿Y donde coño está tu padre?
      —Comprenderá usted que eso no puedo decírselo.

      Volví a hablar como Humphrey Bogart. Esta vez podía fumar, le pedí un cigarrillo. Me ofreció un puro. Uno de sus secuaces me dio fuego con una de aquellas cerillas gigantes. Me acomodé un poco más relajado en mi sillón. Me entraron ganas de soltar un bufido, pero me reprimí.

      —¿Y dónde está el dinero?
      —Eso aun tengo que descubrirlo. Una vecina me dijo que Iglesias estaba ingresado en un psiquiátrico. Me disponía a ir hacia allí cuando llegaron estos dos. —Me giré para mirar la cara que ponían y les regalé una cínica sonrisa. Cada vez me sentía más seguro de mí mismo. Continué—. Mi padre me dijo que había dado un buen golpe con Iglesias y que el muy hijo de puta le había traicionado. Lo debe de tener escondido en algún sitio.
      —Todo esto es muy extraño.
      —Ya le dije que no me creería.
      —¿Y qué piensas que tenemos que hacer ahora, dejarte marchar?
      —Me pueden acompañar si quieren, no tengo nada que ocultar. De todas maneras, iba a venir aquí cuando tuviese el dinero, mi padre está harto de esconderse. —Eché una bocanada de humo que me cubrió toda la cara. Deseé desaparecer como en aquel espectáculo de magia de David Copperfield.
      Crucé los dedos. Todos.
     


      Milagrosamente, el jefe hizo un gesto de aprobación a sus esbirros para que me acompañaran. Me agarraron y me sacaron fuera del despacho. Estuvimos paseando un buen rato por un laberinto de escaleras y pasillos hasta llegar a la planta baja. Aquella casa era enorme, y tardamos un buen rato en llegar hasta la salida. La tensión se palpaba en el ambiente. Tuve la impresión de que los gemelos eran mucho más listos que su jefe y no se creían nada de todo aquello, aunque siguieron sin hablar. Pensé que quizá serían mudos. Cuando cruzamos la puerta, apareció ante mis ojos un fastuoso jardín con una variedad botánica increíble. Si Darwin levantara la cabeza se quedaría a vivir allí, seguro. En el centro, un precioso estanque repleto de nenúfares servía de refugio a una manada de ranas, que croaban alegremente a su alrededor.
      Nos subimos en un Mercedes descomunal y salimos de allí en dirección al psiquiátrico de Brooklyn. Mientras nos alejábamos, respiré profundamente aliviado, contemplando el inmenso castillo que estábamos dejando atrás. En aquel edificio podrían vivir medio millón de hombres rana como aquel.
      Durante el camino tuve mucho tiempo para pensar. En ese aspecto tenía alguna posibilidad sobre aquellos dos matones. Nunca podrían saber lo que estaba maquinando en mi interior. Es una de las ventajas que tenemos los más débiles, los que no sabemos utilizar la fuerza bruta.

      No hablaron en todo el viaje. Eran mudos, sin duda. Aparcaron el Mercedes frente al hospital y les dije que esperaran. No sabía qué hora era. Mi móvil se había quedado apoyado en el ventanuco del almacén, seguramente estaría sin batería. Entré. El reloj que colgaba sobre el recepcionista marcaba las ocho menos cuarto.

      —Que sorpresa, no le esperábamos tan pronto. ¿Viene a visitar al señor Iglesias de nuevo? —El recepcionista parecía que se alegraba de verme.
      —Sí, me olvidé de preguntarle una cosa. ¿Puedo verle un momento?
      —Ya no está aquí, han vuelto a trasladarlo a la cárcel de Rikers Island. Quizá pueda visitarlo allí.
      —Vaya, que lástima. —Pero en realidad era mucho mejor así.
     

      Le pregunté por el lavabo. En esa misma planta había uno, al fondo, pasada la salida de emergencia. Eso era lo que me interesaba, una salida de emergencia. Abrí y cerré ruidosamente la puerta del lavabo para disimular y reculé hasta la puerta de emergencia, pero estaba bloqueada con una delgada cadena de seguridad. Busqué algún artilugio para forzarla. Lo encontré en el lavabo. Una escobilla metálica fue mi salvación. Rompí la cadena de un palancazo y escapé por la calle de atrás. No acababa de creérmelo, me pareció demasiado fácil. Fui rápidamente hasta la estación de metro. Tenía que volver al Bronx, a la casa de Pablo Iglesias. Tenía que desenterrar aquella caja y comprobar lo que había en su interior. Resolver el enigma de mi padre estaba resultando realmente peligroso, pero ya no había vuelta atrás.

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