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miércoles, 27 de abril de 2016

La cena en el chiringuito


Aquel día tenía hambre, como todos los días. 

Mientras escribía una idea para una nueva novela, me tiré un pedo. De esos pedos que parece que no acaban nunca, que te desinflan el estómago. De esos que cuando terminan sientes como si todos tus intestinos se colocaran de nuevo en su lugar después de haber soportado la presión de aquellos potentes gases.

Estaba sentado cuando ocurrió. Bajo mis pantalones, la erupción fue lenta, y su sonido, grave y majestuoso, como un trombón tocando un bolero. Los gases fueron elevándose lentamente hacia mi nariz, con la tranquilidad del que sabe que llegará indemne al final del viaje. Y llegaron, vaya si llegaron.

Temí lo peor. Pero mientras esperaba resignado a que me envolviera su nauseabundo olor, recordé que aquel pedo no podía hacer nada contra mí. Era mi pedo. Y recordé que el olor de mis pedos no me afectaba, incluso me gustaba. Cuando recibí por fin su visita, me regodeé con su fragancia: ¡Qué cálido! ¡Qué dulce! ¡Qué sutil! Aún se intuía el olor a las coles de bruselas que había comido el día anterior y las alcachofas al horno de la cena. Pinceladas de esencia de chorizo sobresalían a medida que el olor se iba diluyendo por la habitación. Cuando ya me despedía de aquel inesperado visitante, otro pedo surgió de pronto bajo mis pantalones. Su sonido, más aflautado; su aroma, más agrio. Distinguí el olor añejo de los garbanzos del domingo pasado, el salmón ahumado del aperitivo, los mejillones que comí al día siguiente en el bar de Jacinto. Todo aquello me traía gratos recuerdos. Y agradecí a aquellos pedos su visita.

En sus últimos coletazos, un sutil aroma a ajo me hizo recordar la entrañable cena del sábado pasado en la playa…


Allí estábamos todos ocupando el chiringuito: Andrés, Laura, Elena, Manolo, Patricia (la pareja de Laura), María, Miguel, Carlos (la pareja de Andrés), Juanito «supermirafiori», el antaño piloto de rallyes. También estaba Toni, Julia, Raquel (la compañera de Manolo), Gorka (el ex novio de Elena), Xavi y Gloria (la ex novia de Miguel)… Más tarde llegaron José Luis y Leopoldo Mondadientes, dos hermanos gemelos que trabajan de catadores de bistecs en un restaurante de lujo en las afueras de la ciudad.

Creo que no me dejo a nadie.

La noche lucía una luna espectacular. Una brisa suave refrescaba el ambiente del chiringuito. El camarero tomó nota y esperamos impacientes la llegada de la comida mientras cada uno contaba sus novedades…

Andrés acababa de llegar de Nueva York aquella misma tarde. Venía de inaugurar la exposición de su nueva colección de pinturas: Naturaleza tuerta. Nos enseñó algunas fotos de sus cuadros. La que más me llamó la atención fue la que mostraba una estampida de ñus. En el cuadro, una gran manada de ñus, todos con un parche en un ojo, gorro de cotillón y pajarita, huían de un horizonte en tinieblas galopando de frente al espectador. Parecía que en cualquier momento serían capaces de atravesar el cuadro y arrasar con lo que pillaran por delante. Y así fue. Andrés nos enseñó la foto de cómo quedó la galería de arte después de la performance. Los ñus se pasearon el resto de la velada entre los invitados.

Juanito, el expiloto de rallyes, nos contó por enésima vez su última carrera con el 131 «supermirafiori» de su padre: Primavera del 78. Campeonato Provincial de Rallyes. Categoría: Turismos. Cuando le dieron el banderazo de salida, Juanito ya llevaba un rato dándole al acelerador. Apretó a fondo y salió disparado a una velocidad de vértigo (vértigo de 1978, claro). Le reventaron las bielas en la primera curva, chocó contra un árbol y su coche explotó en mil pedazos. Cincuenta hectáreas de bosque calcinadas en menos de veinticuatro horas. Parece ser que alguien se olvidó de ponerle aceite en el motor.

Después Julia nos habló de su proyecto de abrir una hamburguesería en el Machu Pichu… Y entonces llegó la comida…

Las tapas fueron circulando rápidamente de mano en mano y las botellas de vino se pasearon de un lado a otro como en una partida de ajedrez. Las cañas de cerveza, chorreantes de espuma, iban empapando el mantel de papel, que empezó a desintegrarse. Las botellas de agua de litro y medio recibían pocas visitas, manteniéndose prácticamente intactas durante toda la noche. Comimos, bebimos, charlamos… Fue una cena maravillosa… Cuando llegó el café ya nadie estaba en su sitio. Se hicieron grupitos de conversaciones por todo el chiringuito y yo me quedé sentado tomándome el café. Miré la mesa después de la “batalla”. Parecía un cuadro. Hice fotos con el móvil. Me fijé en los platos. Las distintas salsas habían ido decorando su superficie con un sinfín de colores. Predominaba el rojo. El rojo de la salsa de los calamares, de los callos, de las patatas con kétchup, del vinagre de la ensalada, que mezclado con el amarillo pálido de la mayonesa formaban una variedad infinita de tonalidades, mientras pequeñas partículas de tortilla de patata se iban resecando por el borde de los platos…

De pronto me pregunté qué hacía yo observando aquellos platos como un idiota. Miré a mi alrededor. Estaba solo en la mesa. Mis amigos me habían dejado una nota bajo la taza de café.

«Cuando termines de escribir tu cuento, ven a la playa. Estamos todos ahí».

Y es lo que hice.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Las pochas con chorizo

    Aquel día tenía hambre, como todos los días. Pero antes de comer tenía que terminar un cuento para una revista digital. Aquel mes sacaban un número sobre la letra "ch" y, como siempre, lo dejé para el último momento. La verdad es que no sabía muy bien que escribir y me puse a improvisar... hasta que lo acabé... 

El último trabajo de Charo

Carabanchel 1938

    Charo entró en la charcutería a comprar un cacho de chorizo con los cuatro chavos que le había dado Nacho, su chulo, por chuparle el coño a aquella vieja chocha millonaria. Poco más se podía hacer para echarse algo a la boca en aquellos achuchados años de posguerra.
    Aquella noche eran ocho a cenar en la chabola... Además de sus hermanos Pancho, Lucho y Chema; su padre, Chencho, y su madre, Chelo, venía su prima Conchita y su marido, Eduardo. Charo tenía pensado cocinar unas alubias pochas con chorizo, una receta que le había enseñado su abuela Chabela cuando aún era una chiquilla.
    La charcutería estaba mucho más concurrida que otras veces y tuvo que apechugar con la espera. Las demás mujeres, dicharacheras, bajaron el tono cuando entró y la saludaron con cierta chulería sin poder evitar echarle algún reproche con la mirada o cachondearse con alguna chanza de las suyas.
    Charo estaba harta de ellas.
    —Buenos días, Charo. Qué, ¿cómo va ese chollo de trabajo que tienes? ¿Ya te han ascendido? —le preguntó Maricheli, la mujer del señor Chamorro, el churrero. Las otras le rieron el chiste.
    —Ayer me follé al machote de tu marido. Lo até a la cama y le hice todo lo que me pidió. Tendrías que haber escuchado cómo chirriaba el colchón —contestó sin inmutarse.
    —Eres una puta descarada. Anda y vete a chuparle el chocho a la «millonetis» esa. Eres la vergüenza del barrio. Espero que algún día te metan en Chirona.
    Aquellas mujeres se consideraban de otra clase social. La mayoría de ellas trabajaba de chacha en los barrios ricos y sus maridos hacían chapuzas de fontanería, albañilería y cosas así. Ganaban lo justo para trapichear con su vida, pero soñaban con ser miembros de la clase media madrileña. Mientras que Charo aceptaba sus desdichas y se dejaba llevar por los caprichos del destino.
    De repente Nacho entró en la charcutería chasqueando los dedos con desfachatez...
    —¡Charo, deja eso, tenemos un trabajo! —dijo desde la puerta.
    —Esta noche tengo una cena con la familia. Ya te lo he dicho esta mañana. No se te ocurra chafarme la fiesta.
    Nacho se acercó a ella y le susurró al oído.
    —Venga, chica, déjate de chorradas si no quieres que te machaque la cabeza.
    —¿Qué es? ¿Otro chanchullo de los tuyos? —dijo Charo sin bajar la voz.
   Las otras mujeres se miraban entre sí y cuchicheaban alegremente como expertas chafarderas, pensando en contarle el chisme a todo el barrio en cuanto tuvieran oportunidad.
    Nacho cogió a Charo del brazo y la sacó a empujones de la tienda.
    —Como vuelvas a chulearme con una escenita como esa te voy a… —Nacho levantó la mano para darle un cachete, pero se contuvo—. ¡Me cago en tus muertos!... Dentro de media hora tienes que estar en el hostal de Juancho, habitación ochenta y ocho. Y lávate el chocho. Don Mariano se quejó el otro día de que olías a horchata rancia…
    —Su polla sí que olía a horchata rancia…
    —¡Anda, vete echando leches!…
   Mientras se dirigía al hostal, Charo se dijo a sí misma que aquel sería su último trabajo. Dejaría las calles y ayudaría a su hermano Chema con la chatarra.
    Cuando llegó, Sancho, el recepcionista, leía el periódico con un puro que echaba chispas atrapado entre los dientes, mientras en la radio sonaba un alegre chachachá con la chispeante voz de Antonio Machín. Sancho le hizo un gesto para que subiera las escaleras… Charo subió de mala gana y llamó a la puerta de la ochenta y ocho, pero no contestó nadie. Abrió y entró en la oscura habitación hasta chocar con la mesita de noche. Al encender la lamparita, se encontró con una desagradable sorpresa: el rechoncho cadáver de un hombre tendido sobre la cama atado de pies y manos. Las sábanas todavía chorreaban sangre formando un gran charco en el suelo. Charo se tapó la boca con las dos manos para amortiguar el chillido que acechaba en su garganta, que sonó como el canto de una chicharra.
    Era el señor Chamorro, el churrero.
    Mientras renegaba de su cochina mala suerte, escuchó el chirriante sonido de la sirena de un coche patrulla… Sus chanclas chapoteaban por el charco de sangre manchando sus pies de certezas irrefutables. Nada podía hacer.
    Aquel puchero de pochas con chorizo tendría que esperar.
    Abrió la ventana.
    Anochecía en Carabanchel.





jueves, 12 de febrero de 2015

Los libritos de lomo


Aquel día tenía hambre, como todos los días. Estaba de viaje. Conducía solo, de madrugada. Quería llegar a casa a primera hora de la mañana. Llevaba varias horas al volante y solo había comido un bocadillo en todo el día. Estaba cansado y tenía hambre, como es lógico. Paré en una estación de servicio de la autopista.
A pesar de la hora, el bar estaba bastante concurrido, algunos autobuses acababan de llegar y me encontré haciendo cola en el self-service. Cogí mi bandeja, mi vaso, los cubiertos y todo lo demás y empecé a analizar lo que había para comer. Las expectativas no eran demasiado halagüeñas…


1ª bandeja
Pollo con salsa: Muslos de pollo esparcidos por la bandeja como si estuvieran enfadados unos con otros, como si los hubieran lanzado desde el espacio exterior y al golpearse con la bandeja hubiesen perdido el conocimiento. La salsa, amarillenta y pringosa, casi transparente, los cubría por la mitad formándose charcos de aceite solidificado a su alrededor. Vi una mosca enganchada en una cebolla. Trozos de piel de pollo deambulaban por la bandeja buscando un lugar donde asentarse definitivamente. La carne de los muslos, deshilachada por el esfuerzo, iba separándose poco a poco del hueso, como si quisiera desprenderse de él, huir de su yugo hacia mundos desconocidos. Luchaba por liberarse de la ligadura de sus tendones y navegar en libertad por aquel inquietante mar de líquido indefinido.

2ª bandeja
Macarrones a la boloñesa: Estaban tostados al horno, pero la capa de queso tostada se había ido encogiendo con el paso del tiempo. Los días, semanas (o años) que llevaran aquellos macarrones allí habían hecho mella en su personalidad. La capa de queso, junto a los macarrones que quedaron enganchados al fundirse en el horno, formaban una capa uniforme, como debe ser, sí, pero aquella capa de queso tostada no era como las demás… Había ido resecándose, cambiando su forma original. Ahora parecía querer extender sus alas y echar a volar, desentendiéndose de los macarrones. Esos macarrones, los que supuestamente deberían haber estado cubiertos por el queso, aparecían ante mis ojos luciendo su desdicha. Pálidos, casi desnudos, agrietados, apelmazados en su propio sudor. De esa manera, uniendo sus fuerzas, aquel pastiche intentaba disimular su fecha de nacimiento, abandonados por la salsa de tomate, que se esforzaba inútilmente por pintar de un rojo desteñido aquellos patéticos macarrones erosionados por la ventisca del tiempo.
Empecé a pensar en pedirme un bocadillo.
Aquel análisis estaba siendo muy decepcionante, pero yo tenía hambre, no podía desistir. Mi espíritu crítico debía de quedar a un lado y hacer un esfuerzo de adaptación. Necesitaba calorías. Y allí estaban las calorías. Entonces tuve el presentimiento de que aquella comida la recordaría toda la vida.
Y así fue.

Seguí analizando los platos.

3ª bandeja
Ensaladilla rusa: Cuando la vi, me enamoré. “Ahí está”, me dije. ”Ya lo tengo, comeré ensaladilla”… La acababan de sacar de la cocina. La mayonesa que cubría la bandeja tenía muy buen aspecto y estaba decorada con tiras de pimiento rojo y olivas rellenas. Tenía hambre. Estaba decidido, comería ensaladilla. Pero de pronto, cuando estaba a punto de pedir una ración, algo captó mi atención. Algo que me había pasado desapercibido en un primer momento: los daditos.
Me fijé en el tamaño de los daditos de patata, los cachitos de judía y de zanahoria. Cuadraditos. Todos iguales. Perfectos. Como clones en una fábrica de clones. No tuve que pensar demasiado, la deducción era sencilla: todo aquello era congelado, sin duda. Quizá eso no hubiese sido un obstáculo insalvable para comérmela, pero tenía que seguir investigando antes de tomar una decisión como aquella. Por eso me fijé en la textura de los guisantes… Brillaban, brillaban a la luz de los neones ultravioleta que realzaban su esplendor. Los imaginaba duros, insípidos y las zanahorias flácidas y aguadas. Sin sabor a nada.
En ese momento tuve una visión: una gran bolsa de 50 quilos de ensaladilla congelada atravesando el Pacífico en un barco con bandera China junto con otros 50 containers más de ensaladilla. Los vi descargando en el puerto su mercancía. Camiones y camiones de ensaladilla se dirigían a los almacenes de ensaladilla congelada más grandes del continente donde eran distribuidos a sus correspondientes distribuidores. Distribuidos más tarde a los distribuidores que distribuirían luego a las aéreas de servicio… donde, sin decirme nada, me lo distribuían a mí.
Aquella visión me hizo reaccionar, me puso en alerta. Pero lo que realmente me decidió a desechar finalmente aquella falsa ensaladilla fue que no fui capaz de vislumbrar el atún por ningún sitio…
A no ser que fuese la minúscula sombra que me pareció ver bajo aquel embaucador manto de mayonesa… Que lo cubría todo.

Entonces vi los libritos de lomo.

4ª bandeja
Libritos de lomo: No eran gran cosa, el rebozado estaba ligeramente requemado y el queso que sobresalía no tenía muy buena pinta, pero era lo último que quedaba y prefería comer algo caliente. Y pedí un plato. “¿Con patatas?”, me preguntó el camarero. Miré hacia la bandeja de patatas. Me bastó con una mirada. “No, gracias”, le contesté.
Como era de esperar, me calentaron los libritos en el microondas. Salieron de allí humeantes y desprendiendo un extraño aroma que por un momento me recordó el retrete del bar de Jacinto, allá en mi barrio. Puse el plato en la bandeja, cogí una cerveza y fui hacia la caja, resignado a pagar por aquella mierda.
Por supuesto, el rebozado estaba pastoso, el lomo seco y el relleno escaso. Cuando lo probé pensé que me había equivocado de plato. Que lo que estaba comiendo no tenía nada que ver con lo que había conocido hasta ese momento como comida. Que aquello era un experimento de la NASA, y que yo había sido elegido para participar en un programa destinado a probar un nuevo tipo de alimento para dar de comer a los cerdos en el espacio.

Desde aquel día juré que nunca más comería en una estación de servicio.
A día de hoy sigo cumpliendo aquel juramento.
Por los siglos de los siglos.
Amén.







miércoles, 11 de febrero de 2015

Los espaguetis a la carbonara

Aquel día tenía hambre, como todos los días. Me apeteció comer unos espaguetis a la carbonara. Hacía tiempo que no los comía. No es un plato que haga muy a menudo porque es una “bomba”. Sobre todo por la nata. No sé cuantas calorías debe de tener un plato de espaguetis a la carbonara, pero me lo imagino (un montón). Y más como los hago yo: primero frío unos taquitos de beicon (un montón) y unos ajos troceados (un montón, también). Cuando están bien fritos les pongo la nata (un montón de nata) y lo dejo un rato a fuego lento. Apago el fuego y lo dejo reposar unos minutos para que la nata coja bien el saborcillo. Después pongo los espaguetis en el plato (un montón) y echo la salsa por encima (un montón de salsa) hasta que quedan bien mojaditos, lo remuevo suavemente, le echo un montón de pimienta blanca y a comer.

Y fue lo que hice aquel día. Me comí dos platos. Me dejé llevar por la gula, pero disfruté como un enano. Aunque sabía que tarde o temprano todo aquello que me había tragado se iba a notar en mi estado físico a partir de aquel momento.

Así fue.

Salí al balcón y me senté a tomar un café. Era un día soleado de mediados de otoño, aunque la noche anterior había llovido torrencialmente provocando la caída de las hojas de los plataneros que se esparcían por toda la calle. Recordé que tenía una reunión importante por la tarde, pero aun faltaban un par de horas. Estaba tan a gusto después de haberme atiborrado de espaguetis a la carbonara que me apeteció escribir algo. Por practicar. Pensé en describir detalladamente aquel confortable día, contar todo lo que ocurriera a mi alrededor a partir de ese momento con la idea de convertirlo en un precioso…

Cuento de otoño

El sol alumbraba mi balcón. El viento empujaba las hojas de los plataneros que pasaban frente a mí volando estremecidas hacia su funesto destino. Revoloteaban inseguras, temblorosas, como platillos volantes conducidos por extraterrestres cocainómanos, mientras las gaviotas hacían su ronda por los tejados, como de costumbre. Frente a mi balcón, una mujer se…
No recuerdo nada más. En ese instante me quedé profundamente dormido. La sobredosis de espaguetis a la carbonara junto con aquel agradable calorcito me provocaron una modorra que me dejó K.O. en 57 segundos.

Al despertar no sabía ni donde estaba. Hojas de platanero se amontonaban en mi regazo, derrotadas por el viento. Recordé lo de los espaguetis y que estaba escribiendo algo. Vi la libreta y el bolígrafo en el suelo, lo recogí, bostecé un par de veces y leí lo que había escrito. Lo de “extraterrestres cocainómanos” no me acabó de gustar, se apartaba un poco del estilo clásico que quería imprimir al cuento de otoño…

Entonces me acordé de la reunión. (Reunión… reunión… reunión = importante)… Me levanté de sopetón. Miré el reloj. Solo faltaban veinte minutos… Y tenía que cruzar toda la ciudad en el metro hasta mi destino. Imposible. Llegaba tarde, seguro. Pensé en mi cuento. Me apetecía terminarlo. Pero tenía prisa (reunión = importante)… Me vestí en un abrir y cerrar de ojos y bajé las escaleras de dos en dos o de tres en tres, no sé. Tenía prisa. En la calle, un barrendero recogía las hojas de los plataneros con parsimonia mientras los transeúntes pisaban las hojas que aun quedaban por barrer convirtiéndolas en un sinfín de delicados pedacitos.

La cara del barrendero era todo un poema.

Pero yo tenía mucha prisa (reunión = importante)… Llegar a aquella reunión se había convertido en un reto. Tenía que conseguirlo. Pensé en mi cuento de otoño mientras corría. Tuve una idea, no recuerdo cual. Entré en la estación bajando las escaleras de tres en tres, de cuatro en cuatro, no sé. Tenía prisa (reunión = importante). Una majestuosa hoja de platanero, que a pesar de su tamaño había sucumbido al capricho del otoño, estaba allí, al borde del último escalón, esperando mi llegada. Resbalé y caí hacia delante bruscamente, aterrizando en un mar de hojas, por el que me deslicé hasta darme de narices con la máquina de refrescos del hall. No me rompí la cabeza de milagro. De pronto, un golpe de viento atrajo la montaña de hojas hacia mí y fueron enganchándose en mi ropa hasta cubrirme todo el cuerpo. Alguien me levantó y me preguntó si estaba bien. Yo le dije que sí… pero era mentira, claro. Estaba a punto de desmayarme.

El barrendero bajaba las escaleras en ese momento y se plantó delante de nosotros apoyado en su escoba.
-Menuda mierda –murmuró, escupiendo encima de las hojas.

Después de ventilarme un poco, fui hacia las máquinas de acceso, pasé la tarjeta de metro (esa que se lleva buena parte de mi sueldo) y bajé al andén. Mientras esperaba la llegada del tren, no pude reprimir mirar las noticias en los monitores de la estación. El titular decía que la tormenta de la noche anterior había provocado la desnudez de todos los plataneros de la ciudad. Millones de hojas se habían escapado de sus ramas y estaban invadiendo las calles. Se vio una casa totalmente destrozada por el peso de una montaña de hojas de platanero. En otra imagen, ejércitos de hojas atacaban a los transeúntes y bloqueaban el paso de los coches hacia la autopista. Por los altavoces anunciaron que el servicio de metro se había suspendido por una gran invasión de hojas de platanero en uno de los túneles. Los que estábamos en el andén nos mirábamos incrédulos. Incluso se oyeron risas. Hasta que un estruendoso ruido nos alarmó. Chorros de hojas de platanero bajaban arrastrándose como gusanos por las escaleras de salida, provocando el pánico entre los viajeros. Las hojas, desafiando las leyes de la gravedad, se subieron por las paredes y por el techo. Hasta que lo cubrieron todo dejándonos en la más profunda oscuridad.

Lo que empezó como un agradable día de otoño acabo siendo una escalofriante pesadilla.

Nadie saldría vivo de allí.

Por lo menos, hasta la primavera.

Y así termina mi cuento de otoño. No salió como lo había planeado en un principio, pero lo terminé. 

Al final la reunión no era tan importante.


Ilustración: Aniola Guilera

Las croquetas de pollo

Aquel día tenía hambre, como todos los días. Tenía croquetas. Croquetas de pollo. Congeladas, sí, pero croquetas. Llevaban saborizantes, antioxidantes y un montón de estabilizantes E-nosequantos, es cierto…. Pero unas croquetas siempre son unas croquetas. Ya, ya sé, las croquetas de tu abuela. Tienes razón, como esas no hay ninguna. Pero el hecho de poder agarrar una croqueta recién frita, llevársela a la boca, morderla suavemente y descubrir el sabor cremoso que guardaba como un tesoro escondido en su interior, puede llegar a ser algo místico (siempre que vayas con cuidado y no te quemes la lengua)…

Pues eso, que me hice las croquetas. Se me quemaron un poco porque no acababan de descongelarse del todo mientras se freían. Después las probé y me llevé una gran decepción: no sabían a nada (ni a pollo ni a nada), el rebozado era demasiado grueso, la supuesta cremosidad que debía contener en su interior estaba reseca y, encima, casi me quemo la lengua.

Toda mi teoría sobre las croquetas se fue a la mierda.

De todas maneras, me las comí… Decepcionado por las croquetas, volví a mi escritorio a seguir con una nueva novela que estoy escribiendo. Se titula El extraño caso del Dr. Sanguijuela. Es una historia policiaca de vampiros, con pequeñas pinceladas de humor negro. Sucede en los años 50, en un pueblo de la costa este de Estados Unidos (así quedará más internacional), donde todos sus habitantes aparecen una mañana con un mordisco de vampiro en el cuello. Todos menos el Dr. Sanguijuela... El protagonista, el jefe de policía John Cazzurro, después de unas cuantas semanas de investigaciones, todavía no sospecha de nadie. Pero todos los vecinos le insisten. Todos tienen claro que el Dr. Sanguijuela tiene algo que ver. Todos menos John Cazzurro. La idea es que, durante la novela, los vecinos vayan suministrando pistas al policía para que llegue a la conclusión de que tiene que investigar a Sanguijuela. Pero eso no sucede. Porque Cazzurro es muy estricto con las leyes y no puede acusar a nadie sin pruebas convincentes. Por eso espera a que todo el estado, todo el país, la humanidad entera amanezca con un mordisco de vampiro. Entonces sí, entonces descubre que Sanguijuela es el culpable. Pero de pronto cae en la cuenta de que no, que aún no lo tiene todo atado. Alguien más podría ser el culpable… Él mismo. La única persona en la tierra que no ha sido mordida todavía… El duelo final tiene que ser apoteósico: Cazzurro interrogando a Sanguijuela en la comisaria…

-¿Eres tú el que muerde a la gente?
-No –contesta Sanguijuela
-Entonces, ¿Crees que puedo ser yo?
-Sí, posiblemente.

De repente, Cazzurro se abalanza sobre Sanguijuela y le pega un mordisco, dejándole toda la dentadura marcada en el cuello y arrancándole un cacho de carne. Se incorpora bruscamente con la boca ensangrentada, se dirige al balcón aullando como un lobo y, dirigiéndose a los vecinos que estaban reunidos en la calle esperando ansiosos la resolución del caso, grita, “¡Soy un genio! ¡Me descubrí! ¡El culpable soy yo!”…  Los vecinos, después de quedarse atónitos unos segundos, se dan la vuelta y empiezan a caminar lentamente, tristes y cabizbajos, hacia sus hogares, deseando que lleguen pronto las próximas elecciones a jefe de policía…

Así acabará la novela. Dejaré el final abierto para una posible segunda parte. Pero todavía voy por la mitad. Ahora estoy en el capítulo en que los vecinos envían una nueva pista a Cazzurro. Un sobre anónimo con fotos donde se puede ver una cripta y al Dr. Sanguijuela saliendo de un ataúd entre tenebrosas telarañas.

Creo que la decepción con las croquetas me afectó a la hora de continuar escribiendo. Porque no se me ocurrió nada aquel día. Las decepciones son así. Me refiero a que te decepcionas y no hay quién te “desdecepcione”. Se queda la decepción ahí, anclada en tu parte del cerebro donde almacenas decepciones… “¡Menuda mierda de croquetas!”, pensé.

No pude quitarme el tema de las croquetas en todo el día. Hiciese lo que hiciese solo pensaba en aquellas insípidas croquetas. Pensé en enviar una carta al fabricante para decirles la decepción que tuve con sus croquetas. Busqué el envase en el cubo de basura y mire la dirección de correo electrónico.

Aquella noche les escribí…

Señores fabricantes de croquetas:

Siento comunicarles que sus croquetas me han decepcionado espectacularmente. Cuando leí en el envase, “Sabor casero” y vi la imagen de una abuelita con su delantal a cuadros cocinando artesanalmente sus croquetas en una antigua cocina de leña, me dije a mi mismo que aquellas croquetas tenían que estar buenas. Me convencieron de que era así. Y de que valía la pena pagar el dinero que se pedía por ellas (aunque aquel día estuviesen de oferta). A mí me encantan las croquetas. Las adoro. Comería croquetas todo el día. Soy un “supertragacroquetas”. Por eso quería decirles que no se puede ir por ahí decepcionando a los fans de las croquetas. Eso es un ultraje. ¿Dónde estaba el pollo? ¿Dónde la cremosa bechamel? ¿Dónde estaba el sabor casero? Si supiesen la magnitud de mi decepción al morder la croqueta y comprobar su insípido sabor comprenderían el alcance de mis palabras. Más de 24 horas sin poder trabajar. No pude escribir ni una sola línea de mi novela. Decepcionado por sus croquetas. Sus croquetas me marcaron, dejaron huella en mi estado de ánimo. Perturbaron mi mente. Por eso le he pedido a mi abogado que ponga una demanda judicial por malos tratos al consumidor. De una cuantía de no menos de 2.000.000 de euros.

Atentamente,

A la semana siguiente llegó un paquete a casa. Era una caja con 54 bolsas de croquetas congeladas de 750 gr. de sabores variados. De pollo, de jamón, de setas, de queso, de champiñones… Venía acompañada de una nota…

Sr. Cliente,

Espero que este regalo le baste para mitigar su decepción con nuestras croquetas.

Hemos pillado la indirecta. Es usted muy gracioso.

Gracias por confiar en nosotros.

Atentamente,

Llené el congelador con las todas las bolsas de croquetas que pude y compartí las restantes con los vecinos. Llevo más de dos meses comiendo croquetas congeladas.

Cuando te acostumbras, no están tan mal.



Ilustración: Aniola Guilera

lunes, 9 de febrero de 2015

Las sardinas a la brasa

 Aquel día tenía hambre, como todos los días. Era domingo, y los domingos siempre voy a dar una vuelta por la playa... Bueno, no siempre, algunas veces... Bueno, la verdad es que hacía tiempo que no iba. En fin, ahora que lo pienso no voy casi nunca... Debe de ser que siempre pienso que debería ir pero al final no voy... Cosas del subconsciente. Bueno, lo importante es que aquel domingo fui.

Era invierno pero hacía un día maravilloso, un sol espléndido. Iba pensando en una idea para una novela. Soy escritor, bueno, mejor dicho, a veces escribo cosas... relatos cortos... aunque, pensándolo bien, hace tiempo que no escribo nada... Bueno, lo importante es que aquel domingo estaba pensando en escribir algo... No recuerdo muy bien qué... Ah, sí... Era un cuento sobre un perro que se convertía en presidente del gobierno y todo lo hacía muy bien... se titulaba El perro más listo del mundo.

... Estaba pensando en ello cuando me llegó un olor a sardinas a la brasa impresionante. El olor era tan puro que ya me vi comiendo un plato de sardinas con pan tostado frotado con ajo, tomate y aceite. Me imaginé una gran ensalada con tomate, lechuga, cebolla, olivas, zanahoria... La sugestión era tan real que me pareció que mis dedos olían a pescado y hasta me pareció ver una mancha de vino tinto en mi camisa. La verdad es que me cogió un hambre salvaje...

Empecé a buscar de donde provenía el olor. Fue fácil. Unos metros por delante de mí había un grupo de jubilados que estaban asando sardinas en una gran barbacoa, en la playa. Parecía una especie de “sardinada” popular organizada por alguna asociación de vecinos. Me acerqué a fisgonear un poco a ver si pillaba algo, a meter la nariz... nunca mejor dicho.

Al cabo de un rato, cuando ya había cogido confianza con un par de señoras que se dedicaban a poner las sardinas en el fuego y que me contaban que hace unos años todo aquel paisaje repleto de edificios que rodeaban la playa era campo y que por allí pasaba un tranvía... me sonó el móvil... Era Raquel...  Me disculpé y me aparté unos metros para hablar tranquilamente mientras la saliva se regodeaba en mi paladar sugestionado por el olor de las sardinas… Raquel acababa de llegar de viaje y empezó a contarme como le había ido... Yo no le pregunté nada para intentar no alargar mucho la conversación, porque los jubilados ya empezaban a comerse las sardinas y, sobre todo, porque nos íbamos a ver aquella misma tarde… Pero a ella le gusta hablar por teléfono... Es como un vicio.

Raquel y yo nos conocemos desde hace muchos años. Vivimos juntos un tiempo, pero no funcionó. Yo siempre tengo la cabeza en otro sitio y se cansó de mis silencios. Mis teorías sobre el silencio y sus propiedades curativas la sacaban de quicio. Ella siempre estaba hablando, no podía estar callada ni un momento, y si estaba con mas gente todavía peor. En cuanto había un silencio empezaba a hablar como una cotorra de cosas que no venían a cuento. Ella decía que lo hacía para que no decayera el ambiente, decía que una conversación lleva a la otra y al final siempre puede salir alguna cosa interesante. A mí me parece que se ponía nerviosa cuando nadie hablaba... Yo le decía... “¡No pasa nada!” ¿Por qué tenemos que estar siempre hablando? ¿Qué es lo que te molesta?”... Pero siempre salía con evasivas... Y mi teoría la sacaba de quicio... Al final, hacerla enfadar era como un juego para mí. La verdad es que no sé que hacía viviendo con ella... Bueno, qué más da...

Después de estar un buen rato en silencio mientras ella me contaba su viaje por teléfono, quedamos por la tarde para que me contara su viaje sin teléfono y colgué. De repente se me ocurrió una nueva idea para el relato del perro. Algo así como que el perro presidente obligaba a la población a estar en silencio por lo menos dos horas al día... Parar los coches, los comercios, las fábricas, desconectar los teléfonos, apagar los televisores, las radios, los ordenadores, los frigoríficos, el aire acondicionado y cualquier aparato que produjese algún tipo de ruido… Hasta conseguir el silencio absoluto… Me imaginé la situación y pensé en el efecto que produciría en la población de una gran ciudad… Seguro que a los diez minutos muchos se empezarían a poner nerviosos, moviéndose de un lado a otro sin saber donde meterse… Me quedé un rato meditando la idea y entonces... me acordé de las sardinas. Miré a mi alrededor pero no quedaba nadie, estaban todos tomando café en el chiringuito. ¡Mierda! Se habían acabado las sardinas y yo sin catarlas. Me acerqué a la barbacoa, pero ya no quedaba ni una. Solo quedaba el olor flotando en el ambiente.

Detrás de una tabla de windsurf que había sobre la arena vi a un gato comiéndose los restos de las sardinas y relamiéndose los bigotes… De pronto dejó de comer y se quedó mirándome fijamente… Tuve la sensación de que se reía de mí.

Aquella tarde Raquel me contó todas las anécdotas de su viaje… y después fuimos a cenar al bar de Jacinto.

Yo pedí sardinas, pero no fue lo mismo.



Ilustración: Aniola Guilera

miércoles, 4 de febrero de 2015

La comida familiar

Aquel día tenía hambre, como todos los días. Eso tuvo fácil arreglo porque estaba invitado a comer en casa de mi tía Angustias que cumplía setenta años. Era una de aquellas comidas familiares que se hacen cada quince años… Bueno, en realidad yo hacía más de veinte que no la veía y, la verdad, aún me pregunto a quién se le ocurrió invitarme… Me imaginé a mi prima Socorro repasando algún álbum de fotos antiguo y reparando en mi careto… “¿Este quién es? ¡Ah, sí, el primo! ¡Aquel que quería ser escritor!”… y soltando alguna carcajada sarcástica de las suyas… como si lo viera.

El día que me llamaron parece ser que estaba de buen humor porque recuerdo que les dije que sí enseguida y hasta me pareció gracioso, pero cuando colgué el teléfono me di cuenta de que me había dejado llevar por alguna parte idiota de mi cerebro que en ese momento estaba funcionando en primer plano y no entendí muy bien porque lo había hecho… No soporto las comidas familiares.

Cuando llegué todos me miraron con curiosidad… Me sentí observado hasta el último rincón de mi cuerpo… Alguien se dio cuenta enseguida de una cana que tenía en la patilla derecha y dijo aquello de “¿Cómo pasa el tiempo?”. Y es cierto. El tiempo pasa. Ahora mismo está pasando. Mientras escribo. Tic, tac, tic, tac…

Mi vida familiar siempre ha sido un desastre… y me gusta analizar el tema de vez en cuando… De hecho tengo muchos apuntes con la idea de hacer un libro un día de estos… A las editoriales les suele gustar el tema de la familia… Es algo que todos sufrimos o disfrutamos (según como sea la familia, claro). Nadie puede elegir donde nace y te encuentras con una familia a la que tienes que aceptar, incluso querer, pero a mí nunca me gustó mi padre. Simplemente era una persona que inseminó a mi madre un día y ya está. Eso de que le debemos la vida a nuestros padres es genéticamente cierto, pero cuando te haces mayor te das cuenta de que solo es un ser humano más. Cuando mi padre murió corroboré mi teoría. Estaba allí, ingresado en el hospital, agonizando. Y yo estaba a su lado, simplemente porque era su hijo, pero no sentía nada especial. Podría haber sido cualquier persona la que estuviera en aquella cama y yo sentiría prácticamente lo mismo. Estuve un rato haciéndole compañía, pero él ya no podía hablar, ni siquiera abría los ojos. Le acaricié la calva un par de veces y salí fuera del hospital a fumar un cigarrillo. Cuando volví, ya había muerto. Le di un beso de despedida… y me marché a casa a seguir escribiendo mi novela.

La comida estaba muy buena. Tengo que reconocer que mi tía Angustias cocina muy bien. Hizo una paella mixta espectacular. Pollo, gambas, sepia, costilla de cerdo, mejillones… Aquello era una bomba de relojería… Y me la comí con gusto mientras hablábamos del tiempo que había pasado sin vernos. Durante los postres (Flan de huevo casero con nata) empezamos a hablar de la vida que llevaba cada uno de la familia. Mi prima Socorro seguía trabajando de enfermera y nos contó un montón de anécdotas bastante desagradables, pero que a mí me dieron algunas ideas para escribir un cuento. Mi primo Ariel regentaba una lavandería en el centro y mi otra prima, Concepción, que tenía doce hijos, era ama de casa y no paraba de hablar de sus hijos. Cuando me tocó el turno, todos se interesaron mucho por lo que yo estaba escribiendo pero les estuve mintiendo toda la velada. Les dije que estaba escribiendo un thriller romántico donde dos adolescentes se enamoran de la misma chica y se pasan toda la vida luchando a ver quién se queda con ella, pero la chica en cuestión no le gusta ninguno de los dos, de hecho le parecen dos imbéciles, aunque nunca se lo dice por aquello de que nadie se moleste… Ella se casa con un fontanero que es asesinado poco después. Más tarde se casa con un taxista que aparece muerto en un descampado... Después con un charcutero que también es asesinado… Así va transcurriendo la novela… Cada vez que ella se casa con alguien aparece muerto poco después. Poco a poco ella va atando cabos y sospecha que aquellos dos tipos tienen algo que ver en su desgraciada vida. Y toma una decisión… Se casa con uno de ellos, que, por supuesto, es asesinado a las pocas semanas. Más tarde se casa con el otro. Pero va pasando el tiempo y nadie lo mata. Entonces se da cuenta de que sus sospechas eran ciertas y lo mata ella misma. La policía la descubre y la acusan de haber matado a todos sus maridos anteriores. Ya en la cárcel, se casa con un funcionario de prisiones que también es asesinado. “Y así termina la novela”, les dije, mientras comía mi último trozo de flan (Estaba buenísimo, por cierto).

Cuando acabé de explicarles el argumento se quedaron todos callados con los ojos como platos y siguieron con el postre, comiendo un buen rato en silencio hasta que uno de los doce hijos de mi prima se acercó a ella y le dijo…

“Mamá, yo quiero ser escritor”.




Chopsuey de callos

Aquel día tenía hambre, como todos los días… Fue hace unos meses, saliendo de una reunión de trabajo cerca de la Sagrada Familia. Había quedado con un amigo escritor para charlar de un proyecto loco que tenemos para hacer un musical… aunque, en realidad, aun no tenemos ni idea de lo que queremos hacer… diría que falta mas de la mitad de la idea… o tenemos una idea pero se difumina cuando tenemos otra… algo así… la verdad es que quedamos para echar unas risas… Lo del musical es una excusa… quizá no lo hagamos nunca o quizá sí, nunca se sabe… En fin, que cuando salí de su casa ya era tarde y me di cuenta de que tenía hambre… que era lo que quería contar…

Paseé un rato sin dirección fija… bueno, en realidad pensé en que más tarde tenía que coger un tren en la estación del Clot… o sea, que tiré para esa dirección conscientemente… o sea que sí, que tenía una dirección fija (a veces escribimos cosas sin pensarlas bien antes)… Supongo que quería decir que no me tracé un mapa mental hasta mi destino sino que fui improvisando una ruta por las calles… que es algo que me gusta hacer… Un día vas por aquí, otros por allá, otros por atrás, por delante, dando la vuelta a la plaza, entrando por el mercado y atajando hasta aquella calle que después baja hacia tu destino… Aunque esto lo puedes hacer mejor en un barrio antiguo… otros barrios son  tan cuadrados que solo puedes zigzaguear… Tiene su rollo pero no es lo mismo… pues allí estaba yo zigzagueando y con bastante hambre…

Me apetecía ir a un bar de barrio… de los que se denominan “normales” (siempre que la palabra “normal” tenga algún sentido, claro)… Buscaba un bar de toda la vida, familiar, que tuviesen unas tapas caseras, bocadillos y esas cosas…  un “Bar Pepe”, un “Casa Manolo”, un “Bar Salamanca”, una cafetería “Los cuatro hermanos” (ya sé que esta quedando claro el concepto pero es divertido buscar mas ejemplos), un “Can Ramonet”, un “Restaurante El Paso”… etc… etc… etc… (me encantan los etcéteras… creo voy a poner otro)… etc…

Pues eso que, zigzagueando zigzagueando, me metí en uno de esos bares… Creo que se llamaba “Ca La María”… que es como “Casa María” pero en catalán… (supongo que en inglés sería “Maria’s House”… y en francés “Maison Marie”… ummm… en alemán ya tendría que mirarlo… y ahora estoy escribiendo)… En la entrada tenía un montón de carteles anunciando tapas de todo tipo y un montón de bocadillos diferentes… todo muy apetitoso (por lo menos en las fotos)… Por eso cuando entré me quedé sutilmente frenado en la entrada al observar a dos chinos con cara de aburridos detrás de la barra apoyados en la cafetera. Tres clientes con cara triste vaciaban en silencio sus vasos de cerveza y donde tenían que estar las tapas había cuatro latas de sardinas, una bandeja de olivas verdes con moho y una tortilla seca en forma de barco… Me sentí como si alguien me hubiese tendido una trampa… Los dos camareros me miraron al unísono y sonrieron (como sonríen los chinos, claro)… “Oooh, llegal cliente” (me pareció que pensaban)… Me quedé un segundo (eterno) petrificado en la puerta sin saber que hacer… pero en un instante de lucidez pregunté... “¿Hay una farmacia por aquí cerca?”... “Sí, plimela calle a la delecha”… “Gracias”… y salí a la calle cagando leches y escapando de aquella pesadilla…

Fui a buscar otro bar por el barrio y me di cuenta de que todos los camareros eran chinos… Se llamara como se llamara el bar, todos eran chinos… “Bar Galicia” chinos, “Bar La Noria”, chinos, “Bar Cifuentes”, chinos, “Cafetería El Acueducto”, chinos, etc… etc… etc… (etc)… Sinceramente, no podía creérmelo… parecía una broma… “La invasión de los ultrachinos” o algo así… Algo no encajaba… No puedes llamar “Bar La riojana” a un bar regentado por chinos… Bueno, poder se puede, esta claro… pero yo espero entrar y ver un riojano en la barra o por lo menos alguien de Burgos o, aunque sea de Barcelona, que su padre sea de por ahí… o su abuelo… que aunque nacido en Murcia lo trajeran a vivir con dos años a Palamós y su padre se hubiese casado en segundas nupcias con una chica de Logroño… o que tenga un mechero del Athletic de Bilbao, por lo menos… Alguien debería decirles que eso es un sacrilegio…

Al final no tuve más remedio que entrar en uno… de chinos, claro… y me comí un bocata de jamón bastante triste con tomate untado con desgana y con escaso aceite… Por suerte también hacían esa especie de empanadillas chinas al vapor que no estaban mal… Después de comer pedí un café y tuve que dejarlo casi entero porque estaba malísimo… (le tengo que pedir la receta porque lo he intentado hacer como él pero no me sale… “Leceta secreta familial”).

No se que pasará en el futuro con esos bares... Seguro que habrá de todo y algunos se lo curraran consiguiendo un ambiente acogedor y esas cosas… También supongo que habrá que acostumbrarse a comer chopsuey de callos, rollitos de talavera o morcilla tres delicias (aunque con la morcilla no creo que puedan)… Igual están buenísimos, quien sabe… Yo, de momento, cuando me quiero tomar un café primero miro que no haya chinos en la barra.


(Después esta el tema de las mafias, pero ese ya no tiene gracia… o sí)

miércoles, 28 de marzo de 2012

La cena de empresa

Aquel día tenía hambre, como todos los días. Por la noche tenía que ir a la cena de empresa que organizaba la Editorial Phrakaso, una pequeña editorial alternativa para la que trabajo, especializada en escritores noveles con ideas absurdas… como yo… He editado 2 libros con ellos… el primero fue un libro de autoayuda que se vendió bastante bien para lo que estaban acostumbrados… Se titulaba “Como vivir sin trabajar” y en él explicaba algunos trucos para sobrevivir en las ciudades sin tener un duro… Supongo que el titulo ayudó a vender algunos ejemplares porque una gran mayoría de la población tiene en mente dejar de currar algún día… Lo que pasa es que quieren dejar de trabajar pero sin perder su nivel de vida y eso solo se consigue ganando a la lotería… Por eso todos juegan a la lotería y no compran libros como el mío…

El libro estaba dividido en cuatro partes: Vivienda, alimentación, vestuario y un capítulo especial dedicado al ocio… En el primer capítulo hablaba de los problemas de ocupar un piso vacío… resaltando en primer lugar todas sus incomodidades y aclarando temas legales y todo eso… Yo no tenía ni idea del tema y puse algunas cosas que había leído por ahí…

En el tema de la comida resaltaba la recogida de comida caducada en los supermercados y el robo de verduras en esos mercadillos callejeros donde puedes ponerte tu mismo el producto esperando a que te atiendan para que te lo pesen y pagar la cuenta… Explicaba que el truco es escoger un puesto donde haya mucha gente esperando, llevar un carrito de la compra y, disimuladamente, ir metiendo bolsas llenas de naranjas, o de lo que sea… Después preguntar el precio de los aguacates o algún otro producto exótico y poner cara de circunstancias dando a entender que te parece muy caro… Darse la vuelta dejando pasar a los que esperan, seguir merodeando un rato y marcharse tranquilamente.

También puedes comerte un menú sin pagar. Esto es extremadamente fácil… solo tienes que ir vestido con traje y corbata y conseguir un teléfono móvil estropeado. La ropa y el móvil son fáciles de conseguir, basta buscar cerca de algún container. Si no encuentras un móvil puedes hacerlo con cualquier objeto de forma parecida… Nadie se dará cuenta… Pides el menú, te lo comes y antes del postre haces ver que te llaman por teléfono y no tienes cobertura… Sales a la calle para hablar y te largas… Por supuesto esto debes hacerlo cada día en un sitio diferente… Eso no es problema, en la ciudad hay miles de cafeterías, restaurantes y bares. Esta es una forma “elegante” de hacerlo, la otra es comer e irse sin más… A ver quien te pilla… Lo del traje y corbata tampoco es imprescindible aunque aún existe la creencia de que la gente que va bien vestida es más respetable… Un error del que hay que aprovecharse… ¡Que equivocados que están!... La mayoría de los ladrones llevan corbata, eso lo tengo más que comprobado… Yo cuando veo un tipo con corbata que me quiere vender algo ya empiezo a desconfiar… solo por la corbata… En caso de apuro también puedes rebuscar en la basura de los fast food… Normalmente la gente tira la mitad de lo que han pedido y con suerte aún esta dentro de su recipiente… Es una mierda, pero por lo menos te llena el estómago.

Si algún día quieres pegarte un atracón basta con colarse en una boda… Aquí si que la corbata es imprescindible… Solo tienes que enterarte de donde hay un restaurante en el que hagan banquetes… Esperas a que vengan los invitados… Te mezclas entre la multitud… Entras en el restaurante… Esperas que todo el mundo se siente y detectas los sitios que quedan vacíos… Normalmente el que falla siempre es un familiar lejano que no conoce nadie… Te sientas… y a comer... Si alguien te pregunta algo te inventas un rollo y ya está… no hay problema… La mayoría en cuanto llega la comida se olvidan de quién es quién… 

El tema del ocio creo que era el más interesante porque nadie piensa en vivir sin un duro y encima poder ir a conciertos, poder tomarse una copita o ir a bailar… Por supuesto, esto es mas complicado… Un método en los conciertos puede ser este: Te colocas en la cola de invitados… vas asomando la cabeza intentando quedarte con alguno de los nombres de la lista… Lo memorizas y cuando te preguntan dices con toda seguridad y sin titubeos… Javier Quesada… ya tienes una entrada o dos... si tienes dos puedes invitar a alguien solitario que este en la cola… Le harás un favor… Después vendrá Javier Quesada y se cagará en tu puta madre, pero ese ya no es tu problema. También puedes decir un nombre al azar a ver si hay suerte.

Lo de tomar copas en los bares es un poco más cutre… Contaba que hay que ir cuando el local esta a tope y cuando ves que uno se pone a bailar o se despista le pillas el cubata y te vas a la otra punta del local… En muchos casos incluso puedes elegir el tipo de cubata…

En fin, escribir aquel libro fue un divertimento… Casi todo eran conjeturas… La realidad siempre es muy diferente… La verdad es que me di cuenta de que con un poco de imaginación puedes escribir de cualquier cosa aunque no tengas ni puta idea.

La cena de empresa estuvo divertida... Como la editorial no es lo que se diga muy “boyante”, el menú era bastante austero… Ensaladas variadas, embutidos, quesos, pescados ahumados, tortillas de patatas y pan con tomate… Cosas sencillas pero apetitosas… Le comenté al director lo de mi novela “El perro más listo del mundo” y sorprendentemente le pareció gracioso… Es lo que tiene trabajar con esta gente… están como una cabra.

El segundo libro que hice con ellos, mi primera novela, no vendió mas de 50 ejemplares, se titulaba “Que se mueran todos”, y trataba de un reconocido psicólogo radicalmente escéptico que no soportaba a la gente… Cuando conocía a alguien, cuando conseguía una amistad, solo le buscaba los defectos hasta que estos se hacían insoportables… Al llegar ese momento los asesinaba de forma cruel… Antes de matarlos los amordazaba y les descubría uno a uno todos sus traumas… Todos morían de la propia depresión que les producía escuchar sus miserias sin derecho a replica… Algunos de aquellos discursos creo que me quedaron bastante bien… Me gustaba la idea de que un psicoanalista usara esos métodos… Un “psicoasesinato” que no dejaba huella… Al final se harta de sí mismo y se suicida…


Durante la cena alguien me contó que conoció a un tipo que había seguido al pie de la letra mi libro “Como vivir sin trabajar”… Parece ser que era bastante torpe poniendo en práctica mis métodos y le rompieron la cara un montón de veces… Porteros de discoteca, verduleras, camareros, hasta un niño le puso la zancadilla un día que intentó robar una piruleta en un quiosco… Me dijo que actualmente residía totalmente desahuciado en un psiquiátrico de Guatemala… En el libro me olvidé de decir que no todo el mundo sirve para esas cosas… que en realidad la inmensa mayoría de nosotros no sabemos vivir sin trabajar… que incluso lo necesitamos… Quizá lo explique en un próximo libro: “El trabajo y su puta madre”, por ejemplo.







lunes, 31 de enero de 2011

La mariscada



Aquel día tenía hambre, como todos los días. Justo cuando pensaba en qué hacer para cenar, me llamó Julia, una vieja amiga que hacía tiempo que no veía… Me sorprendió mucho su llamada… Siempre que nos veíamos era porque yo tomaba la iniciativa… y mi cerebro empezó a querer entender el porqué de su llamada… Empecé a buscar en mis archivos de recuerdos... ubicar los datos que conocía de ella… ¿Que problema podría tener para llamarme?… Porque seguro que había algún problema… Estas llamadas siempre tienen un motivo… No son solo porque le apetece que nos veamos… Algo había sucedido… Ella empezó a hacerme las típicas preguntas: ¿Cómo estás? (bien)… Cuanto tiempo sin vernos (si, mucho)… ¿Que es de tu vida? (bufff, a esta no supe que contestarle… ¿Qué significa esa pregunta?)… Cuando ya estuvo todo dicho nos quedamos unos segundos en silencio… y, sin pensármelo dos veces, la invité a cenar… Le dije: “Te invito a una mariscada en mi casa”… No sé, me salió del alma…

… Y en el mismo momento en que dije “mariscada”, me excité… El marisco me pone… y a Julia también… Me imaginé una bandeja gigante llena de gambas, mejillones, nécoras, percebes, berberechos, cigalas… Una botella de vino blanco fresquito… Y recordé el efecto que esa mezcla produce en mi cuerpo… También pensé en los carnosos labios de Julia, en sus ojos almendrados, en su forma de contarme la escena de su película favorita, en como se transforma cuando bebe un par de copas de vino… Se le ponen las mejillas rosadas y noto su calor a kilómetros de distancia… Me imaginé hablando con ella durante la cena mientras arrancamos las cabezas de gamba absorbiendo todo su jugo… ¡¡Chuuuiiigg!!... Consiguiendo otros ruidos sugerentes con los mejillones a la marinera o los percebes. Un chorrito de limón en los berberechos a la plancha, manoseando las cigalas, bebiendo el vino ceremoniosamente y dejando la copa pringada de aceite de calamares al ajillo… Quizá estaría bien un poco de pulpo a la gallega… No, eso sería demasiado fuerte… Pensé en algo más sutil… Quizá una ensalada con aguacate con cositas por ahí flotando en la lechuga… Un tomate aliñado con ajo… otra botella de vino… Por la comisura de sus labios le asoma un bigote de gamba que le da un aspecto muy gracioso… pero no le digo nada…  Las calorías empiezan a hacer su efecto y empezamos a sudar… Ella se quita la blusa, se suelta la melena y se queda con una minúscula camiseta de tirantes que le da un aspecto fresco y natural… Me pasa la mayonesa y mojo una gigantesca gamba pelada… Me la meto entera en la boca… Surge un “ummm” desde el interior del paladar… Ella dice “Qué rico todo”… Yo contesto “Sííí”… y le digo que esta muy guapa… Ella me pide mas vino… Abro otra botella… En el equipo de música están sonando los Doors… No sé muy bien que tema es, pero produce un efecto sensual en el ambiente… Es una parte instrumental… Parece que los músicos vuelan… y nosotros también… Un helado de yogur con fresas sería perfecto para redondear la cena… Después un café, algún licor…  Fumamos un poco de  marihuana que me regaló un colega la semana pasada… No es demasiado fuerte y el efecto es muy relajante… Ella me comenta que últimamente está un poco nerviosa a causa de un problema familiar y con esa excusa me levanto… Instintivamente me acercó por detrás y comienzo a darle un suave masaje en los hombros… “Aaah, si, gracias”, me dice… Yo le digo que esta un poco tensa pero es mentira… En realidad la noto especialmente relajada… El masaje se va convirtiendo poco a poco en caricia… Deslizo mis manos por su cuello y más tarde me aventuro por el interior de su camiseta… Se me acelera el pulso… Su corazón y el mío palpitan un poco más rápido… Rozo sus pezones suavemente con mis manos pringadas de marisco… Ella tumba la cabeza hacia atrás… Le beso el cuello, las orejas, los párpados… Le arranco un bigote de gamba que tiene enganchado en la boca y se lo enseño atrapado entre mis dientes… Ella ríe… Yo también… Nuestros alientos huelen a gambas y a vino… Me apetece pasar mi lengua por sus labios lentamente abriéndome paso hacia el interior de su boca… Los labios aceitosos resbalan el uno contra el otro y las lenguas tensadas se entrecruzan como espadas en un duelo… De vez en cuando mordisqueo sus labios… cada vez más intensamente… Giro la silla hacia mí… y quedamos cara a cara… Empiezo a quitarle la camiseta y viajar hacia sus pechos… Sus pezones han crecido y empiezo a acariciarlos rodeándolos con la punta de mis dedos… Bromeo apretándolos como si fuesen interruptores… on… off… on… off… Ella vuelve a reír… Empieza a olerme… a chuparme el cuello… a acariciarme por debajo de la camisa… En ese momento yo ya estoy pensando en viajar hacia su sexo imaginando su sabor...

“¡Ey... ¿me oyes?... ¿Estas ahí?... ¿Me estas escuchando?!”... La voz de Julia me despertó de mis pensamientos… “¿Qué?... Disculpa, es que no te oigo bien… Sí, ahora… ¿Qué decías?”... “Te decía que si me puedes dejar el coche mañana... Tuve un accidente con el mío y esta en el taller… Julián está de viaje y se llevó el suyo… ¿Te acuerdas de Julián?”... Le dije que sí, pero en realidad no recordaba de quién era… Antes de colgar me dijo que gracias por invitarle a la mariscada, pero que no podía venir a cenar esta noche… “Si quieres mañana nos tomamos un café cuando me pases el coche”… me dijo…

Le deje el coche a la mañana siguiente… pero no me apetecía un café…

Tuve un día tonto… después de volver a casa y trabajar toda la tarde en la novela El perro más listo del mundo sin conseguir avanzar ni una línea, salí a la calle y me encontré con María, una vecina de toda la vida que siempre me ha gustado. Cuando éramos pequeños jugábamos con los otros críos… Estuvimos hablando un rato… Es simpática, tiene una nariz muy graciosa, siempre va muy destartalada... Me gustan las mujeres que visten así… Hablamos de cosas cotidianas, del día a día, del barrio y de algunos recuerdos de críos… Es muy agradable… Llevaba unos pendientes extravagantes que me hicieron sonreír… Eran dos gambas de plástico… Y de pronto se me ocurrió preguntarle: “¿Te gusta el marisco?”.


No sé, me salió del alma.

lunes, 10 de enero de 2011

EL MELÓN CON JAMÓN


Aquel día tenía hambre, como todos los días. Era verano, y mientras iba hacia casa empecé a pensar en prepararme algo “fresquito” para comer… Y pensé en un buen plato de melón con jamón.

En casa no tenía ni melón ni jamón ni nada que terminara en “on” para comer. Ni siquiera tenía nada que terminara en “an” ni en “ta” ni en “evo” ni en “olla” ni en “eso” ni en “esa” ni en “uga” ni en “fa” ni en “na”... Recuerdo que caminaba rumbo al supermercado a punto de cruzar el último semáforo, cuando de pronto mi cerebro empezó a sugestionarme... Melón con jamón... Melón con jamón... Melón con jamón... Empecé a segregar saliva... (¿por qué hace estas cosas el cerebro?) El semáforo, que se había puesto rojo en ese preciso instante, me pareció que no iba a cambiar de color en la vida mientras la boca se me hacía agua pensando en el jugo dulce y refrescante del melón haciendo contraste con el intenso sabor salado del jamón... Joder, que hambre tenía.

No pasaba ningún coche ni había ninguno cerca, así que crucé la calle sin esperar a que se pusiera verde. Una señora que iba con un niño de 5 o 6 años me pegó una bronca descomunal desde la acera... “¡Vaya ejemplo para los críos! ¡Cruzando en rojo!”... Era la misma señora y el mismo niño que había visto el domingo pasado parados en un semáforo de una calle estrecha, secundaria, por la que no pasaba nadie. Le pegó el broncazo al niño porque iba a pasar en rojo. Estuvieron los dos esperando a que se pusiera verde como dos estatuas. Era una calle de cuatro metros de ancho, no se veía un coche en toda la zona. Solo tenían que dar 4 o 5 pasos y ya estaban en el otro lado. Mientras el niño, estupefacto, veía como la gente pasaba del rojo y de su puta madre... El chaval no entendía nada... “¿Por qué no pasamos?”... “¡Calla, niño!”... “Si todo el mundo cruza”... “¡Qué te calles!”... “¿Pero si no pasan coches, mamá?” ¡Plaaas! (hostiazo)... “¡Hay que pasar cuando este verde y punto!”... Recuerdo que aquel día pensé que es mejor enseñar a los críos a afrontar el peligro que a exagerar la prudencia... El caso es que yo cruzaba la calle y tenía hambre... Melón con jamón... Melón con jamón... Melón con jamón...

Entré en el supermercado, cogí un carro y me hice una lista mental de la compra... Melón... Jamón... Eso estaba claro... Pan... Patatas... Huevos... Cebollas... Queso... Mayonesa... Lechuga... Alcachofas... Manzanas... Lo primero fue ir en busca del jamón y el queso en la charcutería, aunque ya que estaba allí también compré beicon, salchichón y un poco de mortadela (A veces me gusta comprar cosas que terminen en “ela” para variar). Compré todo lo demás dejando el melón para el final.

Elegir un melón es de las cosas más difíciles que existen. Si te equivocas en la elección, la has cagado. No sirve de nada preguntarle a la dependienta, te dirá que están todos buenísimos “Están dulces, dulces, dulces...”. ¡Ja! (Esta risa es sarcástica como podréis suponer). No niego que a veces sea cierto, pero siempre esta “aquel melón” ahí, acechando, poniendo cara de bueno, con su pinta de dulce… y su sabor de pepino. Pero a mí no me engañan. Son muchos años de experiencia y no podía fallar... Me puse mis guantes “NAIC” de "toqueteador de melones" y empecé uno por uno a darles golpecitos suaves, a olerlos observando la superficie de la piel, las grietas, el color, dándole ligeras caricias, apretando ligeramente las puntas (a veces hasta me pongo cachondo). Hay que tener una sensibilidad especial para escoger melones. A mí me enseñó mi padre... Mi abuelo le enseñó a él... Y el padre de mi abuelo... Bueno... no... mi abuelo no supo nunca quién fue su padre... Pero da igual, son tres generaciones de "toqueteadores de melones"... Por algo se empieza... Fui tocando y tocando hasta que la dependienta me llamó la atención... “Lleva Ud. media hora tocando melones. Decídase ya, por favor, que tenemos que cerrar”... Era demasiada presión, necesitaba concentración, pero en ese instante lo encontré... “¡Lo tengo!”… Dije, guiñándole un ojo a la dependienta… Pesó casi cuatro kilos y medio y le llamé “Tardón” (siempre le pongo nombres a los melones, es una tradición familiar).

Salí apresuradamente del supermercado y me topé nuevamente con la señora y el niño que estaban parados en el semáforo como de costumbre (igual es una adicta a los semáforos, pensé). Se puso verde y la señora cruzó como siempre, correctamente, aunque esta vez tenía mucha prisa y arrastraba al niño, “Venga que va a venir tu padre y no estará la comida hecha”. Por algún motivo el niño tiraba de la mujer para intentar que no cruzara... En ese momento una ambulancia arrolló a la señora y la envió a tomar por culo... ¡Dios, que hostiazo! El niño, del susto, cayó encima de mí e hizo que el melón cayera al suelo y se rompiera en mil pedazos (Bueno, en tres o cuatro, es un decir). Entonces me di cuenta de que el melón estaba verde... pero verde, verde.

Al final tuve que comerme un bocadillo de tortilla... La señora murió, por supuesto...

Moraleja: Nunca te precipites a la hora de escoger un melón.




 
   

lunes, 3 de enero de 2011

El bocadillo de queso


Aquel día tenía hambre, como todos los días. Recordé que no tenía apenas nada en la nevera y pensé en bajar a comerme un menú en el bar de Jacinto. Hacían buenos menús y era bastante económico, pero estaba trabajando en el segundo capítulo de “El perro mas listo del mundo” y me quedé a continuarlo pensando en comerme un bocadillo rápido un poco más tarde... Alguien llamó desde la calle... Seguramente sería alguien que quería llenar los buzones de publicidad y, como no esperaba a nadie, pasé de levantarme. Estaba enfrascado en una parte del cuento muy interesante y no quería perder la concentración de lo que estaba escribiendo. Era una parte en la que el perro presidente (que, de momento, era un pastor alemán) nombraba a un San Bernardo ministro de sanidad...

 Al rato me levanté, fui a la cocina y abrí la nevera y lo único comestible que encontré fue un pedazo de queso manchego... Tenía pan de ayer... Estaba un poco duro, pero una vez abierto lo rocié con aceite de oliva y le puse el queso. Estaba a punto de hincarle el diente cuando se me ocurrió ponerle un poco de cebolla cortada muy fina, un poco de orégano y meterlo en el horno para que estuviera más apetitoso. Mientras calentaba el bocadillo me acordé que tenía un frasco de bonito del norte en aceite con una pinta cojonuda. Me la trajo Gorka, un amigo de Bilbao que vino la semana pasada a pasar unos días en casa y ya no me acordaba. A Gorka le encanta comer y siempre que viene me trae cosas buenísimas de Euskadi... Me puse un buen trozo en un plato... También abrí una lata de olivas rellenas de anchoa y otra de pimientos del piquillo al ajillo... El bocadillo salió del horno bien tostadito, con un olor penetrante y un colorcito muy sugerente... Se me empezaba a hacer la boca agua y empecé a comer con unas ganas increíbles... Ummm... que hambre...

De pronto en la calle se escucharon sirenas y mucho alboroto. Me asomé al balcón y vi que al otro lado de la calle se había declarado un incendio de considerables proporciones. Tres camiones de bomberos, policía y gente pululando alrededor... bueno... molestando alrededor. Un policía estaba gritando a la gente para que se apartara pero a mí me dio la impresión de que lo que querían era coger un buen sitio para poder ver bien el espectáculo.

Como yo no podía hacer nada, acabé de comer y seguí escribiendo mi relato... aunque era difícil concentrarse con todo ese follón en la calle y decidí descansar un poco en el sofá mientras releía lo que había escrito hasta ese momento... Al cabo de tres o cuatro folios me dormí profundamente...

... Soñé que salía a la calle, me encontraba con aquel incendio y, sin pensármelo dos veces, entraba en el edificio en llamas salvando la vida a toda una familia y me convertía en una especie de superhéroe. Salía de allí llevando agarrado al padre bajo el brazo derecho, la madre bajo el izquierdo, tres niños colgando del cuello, un gato enganchándose con sus uñas a mis pantalones y un loro volando como loco a nuestro alrededor. Cuando llegaba a la calle todo el público aplaudía con entusiasmo. El jefe de policía, que era un perro “mil leches”, me saludo efusivamente y la prensa no paraba de hacerme fotos. Al día siguiente los periódicos sacaban mi foto en portada saliendo del edificio medio chamuscado con la familia a cuestas. Era una foto impresionante.
Mas tarde el perro presidente me condecoraba con una medalla, que en realidad era un queso manchego, y un diploma que tenía forma de barra de pan...

Allí estaban todos los cargos del gobierno perruno:

Un galgo, ministro de deportes, un doberman, ministro del interior, un caniche, director general de la televisión estatal, un yorkshire, ministro de exteriores, un bulldog, ministro de defensa, un gran danés, ministro de obras públicas, un pastor belga, ministro de agricultura... Así hasta cuarenta cargos. Cuando desperté quise recuperar el sueño para acordarme de todos los ministros para utilizarlos en mi novela, pero solo logré rescatar unos cuantos... Es lo que pasa con los sueños.

Me hice un poco de café para despejarme un poco... Aunque el otro día leí por ahí que eso es un cuento, que el café ni espabila ni nada... La verdad es que no se aclaran, cada día sacan una noticia nueva. También leí hace poco que la piel de la berenjena produce cáncer... Si tuviésemos que hacer caso de todo lo que escriben en las revistas nos volveríamos tarumbas...

... Salí al balcón a tomarme el café para ver cómo iba lo del incendio. Ya se había marchado casi todo el mundo, solo quedaba un hilillo de humo  saliendo de una de las ventanas del edificio y un par de bomberos vigilando que las llamas no volvieran a aparecer.

Por la noche, en las noticias, hablaron del incendio. Había sido producido por un cortocircuito en el garaje. 15 heridos y cinco personas de una misma familia habían fallecido al intentar escapar por la escalera...

... Intenté seguir escribiendo pensando en la idea de los perros ministros pero fue imposible, la cabeza se me iba y no se me ocurría nada interesante. Estaba anocheciendo y salí a dar un paseo. En la calle, los últimos bomberos abandonaban el lugar del incendio y una señora se santiguaba al pasar por delante del portal del edificio. De pronto se asomó un loro por una de las ventanas del primer piso. Parecía herido y no se atrevía a saltar. Hizo un par de intentos y al final se decidió... Intentó volar agitando sus alas, pero solo consiguió aterrizar aparatosamente frente a mí. Lo recogí del suelo y lo acurruque en mis manos. Tenía las alas chamuscadas y una pata rota. Lo llevé a casa...

... Me costó mucho dormir aquella noche. Cuando lo había conseguido y estaba profundamente dormido me desperté bruscamente... Era el loro que gritaba... “¡Papaaa, no puegdooo gespiraaarr!!... ¡Papaaa, no puegdoooo gespiraaarr!!... ¡Papaaa, no puegdoooo gespiraaarr!!...” 

A la mañana siguiente lo primero que hice fue llevar el loro a la protectora de animales.