martes, 4 de abril de 2017

El Premio (Capítulo 7)

      Lo dejaron allí, de pie, cabizbajo, y me informaron que el horario de visitas terminaba a las ocho. Eran las siete y media.

      —Si tiene algún problema pulse el timbre, ese que hay en la pared, detrás de usted. —Los dos enfermeros se marcharon y cerraron la puerta con llave. Eso me inquietó un poco.

      Pablo estuvo un rato sin decir nada. Levantó la cabeza y me miró con desprecio. Lo noté mucho más viejo que en la foto, con el rostro demacrado, los ojos tristes y los labios secos y agrietados. Los cuatro pasos que dio para llegar hasta la silla y sentarse a mi lado se me hicieron eternos. Apoyó sus manos sobre la mesa y habló con voz ronca, como si se acabara de fumar cuatro paquetes de tabaco en los últimos cinco minutos.

      Saqué mi cuaderno de notas.

      —Ya era hora de que aparecieses, después de tantos años. Maldito cabrón.
      —¿Cómo dice?
      —Te estuve esperando en el garaje durante horas. ¿Qué hiciste?, ¿me delataste?
      —Creo que se confunde, yo solo quería conocerlo para…
      —Tienes que sacarme de aquí, Carlos. Te diré donde está el dinero, pero sácame de aquí. Me lo debes.
      —No sé de qué me está hablando. Le repito que me está confundiendo con otra persona.
      —Dijiste que volverías con el coche. Me dejaste allí con el fiambre y te largaste. Seguro que solo vienes a por el dinero.
      —Yo solo quería conocerle para… —Me callé, era inútil contarle la verdad, estaba como una regadera, era evidente.
      —Me tendiste una buena trampa aquella noche. Sabías que no podría delatarte. ¿Quién puede delatar a un fantasma? Cargué con el muerto yo solito —continuó.

      Algo pasó por su cabeza en ese momento, porque de pronto se quedó pensativo y me observó minuciosamente.

—Pero…, estás…, veo que te mantienes muy joven, Carlos… ¿Te has hecho la cirugía o qué?… No me extrañaría, recuerdo que eras muy presumido… 
      —Yo no soy Carlos, se está confundiendo.
      —Carlos, Vicenzzo, Andrés, Mario… ¿Qué nombre utilizas ahora? ¿Piensas que soy idiota? Reconocería esa cara a un quilómetro. Eres Carlos, me lo vas a decir a mí. Llevo tu rostro tatuado en el cerebro desde aquel día.
      —Le repito que no soy Carlos, quizá tengamos cierto parecido, no sé… Yo no soy de Nueva York, vivo en Barcelona, en España… —Lo vi tan convencido que empecé a pensar que me conocía de verdad.
      —¿Barcelona?... Aaah… ¡Clarooo! ¡Eres su hijo!… ¡Así que ha mandado a su hijo para sonsacarme, el muy hijo de puta! —dijo, alzando la voz violentamente.
      —Yo… yo no veo a mi padre desde hace más de veinte años.
      —¡No intentes engañarme! ¡Te ha enviado él! ¡Maldito bastardo! —gritó, incorporándose de repente.

     
      Uno de los enfermeros abrió la puerta de la sala bruscamente en ese mismo momento. Me llevé un susto de muerte.

      —¿Va todo bien?
      —Sí, no se preocupe… Todo bien —dije. Pero era mentira, aquello no iba nada bien.
      —Vayan acabando. Le queda poco tiempo.

      Cuando el enfermero volvió a cerrar la puerta nos quedamos unos segundos en silencio. Pablo me miraba como si mi cara fuera un cuadro de Kandinsky.

      —Si no te ha enviado tu padre, ¿Qué coño haces aquí?

      Respiré hondo y le conté la verdad. Todo. Paso a paso. Detalle a detalle. Minuciosamente.

      —¡Basta, basta! ¡Primero tu padre y ahora tú! ¿Crees que no tengo bastante con estar aquí metido? ¿Te estás riendo de mí? Como voy a creerme que me has elegido al azar… Y eso del concurso literario. Y lo de tu padre… ¡Eso es imposible! ¡Es de locos!
      —Le juro que le digo la verdad. Ni siquiera he sabido nunca a que se dedicaba mi padre… ¿De qué lo conoce?
      —Tu padre era el hijo puta asesino más listo que he conocido.
      —¿Asesino? ¿Mi padre? —No sé porqué, empecé a dudar.
      —Trabajaba con varias familias de la mafia. Se movía por todo el mundo. No sé cómo se las arreglaba para que todos confiaran en él. Era más listo que todos los capos juntos.
      —Ahora soy yo el que no se cree nada. Vivía con nosotros en Barcelona, nunca vi nada que me llevara a pensar eso. Eso es imposible. Se lo está inventando.
      —Lo de Barcelona era una tapadera, como otras tantas que tenía. Una tapadera genial. Un padre de familia que volvía a casa después de un viaje de trabajo. Era un genio para esas cosas. Quizá aún lo es.
       —Pero, ¿y mi madre? Ella nunca sospechó nada…, era un ama de casa como cualquier otra. Tuvo tres hijos con él.
      —¿Tu madre? Tu madre era un corderito. Tu padre la sacó de un prostíbulo y la embaucó para que se casara con él y montar toda aquella farsa. Te repito que tu padre era un puto manipulador.
          
      Me quedé sin palabras. En ese momento, vimos a través del cristal como se acercaban los enfermeros para abrir la puerta. Se había acabado el tiempo de visita. Pero antes de marcharme, Pablo Iglesias me cogió la mano, depositó en ella un objeto pequeño envuelto en un papel pringoso y me susurró al oído.

      —Eres mi única oportunidad. Nunca me sacarán de aquí. Tienes que ir a mi casa del Bronx, en el almacén hay enterrada una caja fuerte, bajo el armario de los trastos. Ábrela, allí encontrarás repuestas sobre tu padre. También encontrarás el dinero y unos documentos que implican a varios senadores en el asesinato de Luther King. Es lo único que me dejó ese malnacido. Aquí tienes las llaves. Disculpa el olor, pero las llevo siempre metidas en el culo, por seguridad. Quédate con el dinero y lleva los papeles a mi abogado. Eso me sacará de aquí. La dirección está en la nota. Haz esto por mí, tu padre me lo debe.

       Me metí las llaves en el bolsillo disimuladamente. Los enfermeros se llevaron a Pablo, que me lanzó una mirada suplicante. El doctor Sánchez me esperaba fuera.

      —¿Qué, como ha ido? ¿Le ha contado algo interesante sobre su padre? —Sus ojos escrutaron los míos como si tuviesen rayos X.
      —Nada que no supiera —contesté. En mi vida había dicho una mentira más gorda.
      —Pues se le veía muy atraído por la conversación, como si le afectara mucho lo que le decía.
      —¿Nos ha estado espiando?
      —Solo por seguridad, ya ha visto como se ha puesto. Es un hombre muy peligroso y mentalmente desequilibrado.
      —Sí, creo que le deberían cambiar la medicación, parece que la que toma ahora no está surtiendo efecto —dije, dando por finalizada la conversación.
     
      Nos despedimos con otro apretón de manos. Esta vez yo también apreté todo lo fuerte que pude. Me pareció escuchar un crujir de huesos, y no precisamente los suyos. Cuando me dirigía a la salida, el recepcionista me saludó como si me conociera de toda la vida.

      —Hasta la vista, esperamos verle por aquí de nuevo. Las visitas siempre sientan bien a nuestros pacientes.
      —Lo intentaré, buenas tardes.

      Ya anochecía cuando salí al exterior. El cielo estaba plagado de nubes oscuras que amenazaban con descargar una tormenta de un momento a otro. Decidí volver al hotel a descansar. Estaba agotado. No me veía buscando aquel misterioso tesoro en un lúgubre almacén del Bronx en una noche tormentosa. Sí, sería una escena muy intrigante para mi relato, ideal para una novela negra, seguro que me inspiraría algo, pero me pareció más sensato ir a la mañana siguiente, a la luz del día, para descubrir si era verdad todo lo que me había contado Pablo Iglesias.
      Aún estaba impactado por lo que había dicho de mi padre. Un asesino a sueldo. No podía ser cierto. Nuestra familia, una tapadera. Increíble. Y que hubiese estado involucrado en el asesinato de Luther King me pareció surrealista, demasiado rebuscado, un truco barato sacado de la chistera de un mago paranoico. Y la historia de mi madre. Imaginar que vivió toda su vida en la ignorancia, me hacía estremecer. Nada tenía sentido. Estuve todo el viaje pensando en ello, atando cabos, intentando hurgar en mi memoria familiar para descubrir algún indicio de toda aquella locura.

      Tenía que reconocer que mi madre tampoco era una mujer muy dicharachera. Es cierto que era una persona bastante ignorante, con pocos estudios. También era exageradamente sumisa con mi padre, eso era verdad, y poco convencional en sus relaciones sociales. Pero la recuerdo algunas noches contándome cuentos antes de irme a dormir o paseando por el parque con mis hermanos, como cualquier madre. Cocinaba muy bien, hacia unas paellas riquísimas y unos canelones de pollo increíbles. Cuando no tenía nada que hacer en casa, lo único que hacía era ver la tele, se pasaba horas viendo cualquier cosa. No le recuerdo ningún hobby. No hablaba mucho de sus padres, ni de su infancia. Una vez nos contó que sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando era pequeña, y que eran de Murcia, nada más. Tenía poquísimas fotos. Recuerdo una especialmente, en blanco y negro, de cuando iba al colegio. Estaban todas las niñas de la clase en formación, delante de la puerta del colegio, flanqueadas por dos monjas con cara de asco.
      No se maquillaba nunca. Eso de que había sido prostituta no me cuadraba por ningún sitio. Era bajita, flaca, con la cabeza pequeña y las piernas delgadas, apenas tenía pechos y no era especialmente guapa. Si trabajó alguna vez en un prostíbulo, debió de ser en un prostíbulo para clientes muy especiales. Cuando nos fuimos de casa, la íbamos a visitar como hacen los hijos que no tienen mucha relación con sus padres, de uvas a peras. Nunca llamaba por teléfono, ni se preocupaba demasiado por nuestras largas ausencias. Cuando ya fue mayor, la cuidamos entre los tres hermanos. Estuvo viviendo con mi hermano Juan una temporada y más tarde en casa de mi hermana hasta que murió de cáncer hace cuatro años. No vino nadie al entierro. No nos pareció raro. Tal como era mi padre, y con lo poco que se relacionaba ella, nos pareció de lo más normal. Tenía que reconocer que éramos una familia poco convencional. La conversación con Pablo Iglesias me lo había recordado.

      Lo primero que hice cuando llegué al hotel, fue apuntar la dirección del abogado en un papel limpio y lavar aquellas llaves apestosas.
      Me sentí un idiota.
     
      Apenas pude dormir aquella noche. Tuve un sinfín de pesadillas. En una de ellas, mi padre mataba a mi madre de un tiro en la nuca, sonriendo como un supervillano. La mantuvo unos minutos interminables de rodillas delante de nosotros antes de disparar, mientras los tres hermanos comíamos palomitas. En el sueño yo debería de tener unos diez años. Mi hermana Laura me comentaba: «¿No estás contento? Por fin sabemos de qué trabaja papá», y Juan se encerraba en su habitación a leer el último libro de Harry Potter. Yo me quedaba allí, comiendo palomitas y preguntando…

      —¿Siempre lo haces así, de un tiro en la nuca?
      —Depende de lo que quiera el cliente.
      —¿Has descuartizado a alguien?
      —Sí, claro, un montón de veces.
      —¿Y quién te ha contratado para matar a mamá?
      —Este es un asunto personal.
     
      Después me ordenaba limpiar la sangre que había desparramada por el suelo, mientras él arrastraba el cuerpo de mi madre hasta el lavabo. Lanzaba el cuerpo por la taza de un inodoro gigante y tiraba de la cadena. El cuerpo daba vueltas y vueltas pero no acababa de ser engullido por el agua. Entonces mi padre me entregaba un mocho para que lo empujara, como si estuviera cargando el cañón de un barco pirata.
      Así toda la noche.


      Me desperté agotado y sudoroso. Me sentí como si llegara de correr una maratón olímpica. Abrí la luz, miré el reloj. Eran las siete. Me volví a tumbar en el colchón. Me entretuve observando una araña tamaño XL que rondaba por el techo. Había fabricado una gran tela de araña en uno de los rincones y tenía la despensa llena de moscas. Me imaginé atrapado en ella. Sin darme cuenta, me quedé dormido otra vez.

viernes, 17 de febrero de 2017

El premio (capítulo 6)

      Recuerdo que desperté pensando que estaba en Barcelona y busqué adormilado el interruptor de la lámpara de mi mesita de noche, pero mi mano solo palpó el suelo. Me sorprendí. Miré a mi alrededor intentando situar la puerta del balcón de mi casa y la luz que suele entrar por la ventana entreabierta, pero la oscuridad era absoluta. Entonces recordé donde estaba. Me levanté resacoso y me puse a palpar todas las paredes a oscuras buscando el interruptor de la luz, hasta que lo encontré. Miré la hora en el móvil. Eran casi las cuatro de la tarde. Había perdido toda la mañana. Me vestí rápidamente. Situé en el mapa la dirección que me había dado Fredo. Estaba en el Bronx, a más de dos horas andando. Busqué la estación de metro más próxima, Canal St., en la línea seis, que llevaba directamente a la zona donde tenía que dirigirme y salí a la calle a seguir con mis pesquisas.

      Antes de entrar en el metro me compré un hot dog en uno de esos carritos callejeros tan peculiares. El dependiente era gordo y con bigote, y me recordó a Ignatius Reilly, el obeso protagonista de La conjura de los necios. Recordé la descripción que hacía de sus salchichas en la novela y me lo empecé a comer con un poco de aprensión. Estaba sabroso y grasiento, como imaginaba. Me pedí un café.


      —¿Sabe que le están siguiendo? —dijo de repente el dependiente.
      —¿Cómo?
      —Allí, en la esquina.

      Disimulé todo lo que pude y giré la cabeza lentamente hasta visualizar la esquina. Dos tipos con traje blanco y gafas de sol cruzaban la avenida apresuradamente hacia nosotros.

      —¿A qué espera?, lárguese.

     No sé porqué, le creí. Le pagué el café y salí corriendo hacia las escaleras del metro. No podía pararme a comprar el billete, así que salte el control y corrí hacía el tren que estaba estacionado en el andén en ese momento. Entré justo antes de que se cerraran las puertas, y tuve que tirar de mi mochila para que no quedara atrapada.
      Me mezclé entre la gente que abarrotaba el vagón como un fugitivo y me apoyé en una de las esquinas ocultándome detrás de un tipo alto con rastas. El tren se puso en marcha y vi como los hombres de blanco se quedaban en el andén mirando hacia todas partes. Era cierto, venían a por mí.
      Aquello no tenía ningún sentido. ¿Por qué me seguían? ¿Sería cosa del teniente Navarro?
      Las estaciones fueron pasando y conseguí relajarme. Seguí dándole vueltas a lo que acababa de suceder, intentando encontrarle algún sentido. No lo logré. Los restantes cuarenta minutos que duró el viaje los dediqué a pensar en mi relato. Tenía que seguir avanzando y empezar a decidir de una vez el argumento. Terminar lo antes posible y largarme de Nueva York, las cosas se estaban complicando.

      Saqué el cuaderno de notas.

      El teniente Navarro y Gina, la camarera/disckjockey, me parecieron buenos personajes para lo que tenía pensado, y los tipos que me acababan de perseguir, también. Lo anoté. También anoté como posible personaje al vendedor de salchichas. Más tarde, me entretuve observando a los pasajeros en busca de algún rostro que me sugiriera algo. No encontré nada especial en ellos. También miré mi correo. Me habían escrito para pedirme que colaborara en una revista digital. El Facebook de Pablo Iglesias seguía sin inmutarse. Marqué en el mapa la estación de metro donde tenía que bajarme y la ruta a pie hasta la casa de Pablo Iglesias.

     Era una casa de madera de tres plantas muy deteriorada. Desde la calle se podía acceder a la planta baja por una pequeña puerta. Estaba abierta, me asomé. Cuatro o cinco escalones llevaban hacía otra puerta todavía más pequeña. Supuse que era una especie de almacén, un zulo más bien. Otra escalera subía lateralmente desde la calle hasta una terraza por donde se podía acceder a la casa. Toda la primera planta estaba enrejada, como una cárcel. No parecía estar habitada. No encontré ningún timbre, di un par de voces, pero no contestó nadie.


      Al lado de la casa, separado por un estrecho callejón, sobrevivía un cochambroso garaje que se utilizaba como local de culto. Sobre la entrada, un cartel de madera con letras góticas anunciaba: «Movimiento de Iglesias Pentecostés. Una luz en el camino. Jesucristo salva y sana». Una mujer mulata, bajita y con un trasero inmenso, salió del local en ese momento fumándose un puro y arrastrando un cubo con un mocho. Se puso a limpiar la acera.

      —Buenas tardes, disculpe, ¿sabe si vive alguien en esa casa?
     —Pues, hace meses que no veo a nadie. Antes vivía un viejo gruñón que no decía ni los buenos días. Un huevón del carajo. —Se pasaba el puro de un lado a otro de la boca mientras hablaba.
      —¿No sería éste por casualidad? —Le enseñé la foto.
      —Sí, éste mismo. Menudo pendejo estaba hecho. Un «hijoeputa», eso es lo que era. Que Dios me perdone —dijo, santiguándose con el puro.
      —¿Y sabe dónde está ahora?
      —No lo sé, algunos vecinos dicen que se lo llevaron con una ambulancia. Espero que esté camino del infierno. Pregunte a la Lupe, ahí, en la casa roja. Ella lo sabe todo, siempre está fisgoneando por la ventana.
      La dejé allí, limpiando, y crucé la calle.

      Aquella tal Lupe me dijo que Pablo iba y venía de la cárcel, pero que la última vez se lo habían llevado a un centro de salud mental de Brooklyn. No me alegré exactamente, pero pensé que esa situación le vendría muy bien a mi relato. Los enfermos mentales siempre dan mucho juego en las historias de misterio. Apunté el nombre del hospital y busqué la dirección por internet: «South Beach Psychiatric Center 8620 18th Avenue, Brooklyn, NY».
      Una hora y media de metro después llegué a las puertas del psiquiátrico.

        No había ningún indicio en la entrada que sugiriera que aquel edificio era un hospital. Los cristales de espejo de la entrada estaban llenos de polvo y no se veía nada desde fuera. Entré. En el mostrador de recepción había un hombre con una bata blanca hablando por teléfono. Esperé a que terminara y le pregunté por Pablo Iglesias.

      —¿Es usted pariente?
      —No, un amigo, vengo desde España. —Me identifiqué.
      —Ya era hora de que alguien viniese a verle. Es la primera visita que recibe desde que lo ingresaron.
      —Sí, nunca ha sido muy sociable —dije con naturalidad. Me estaba convirtiendo en un actor de primera—. ¿Qué le pasa exactamente?
      —Esquizofrenia paranoide. No tiene remedio. Lleva años yendo y viniendo desde la cárcel de Rikers Island. Sale de prisión y lo vuelven a enganchar al día siguiente. Es un desastre.
      —¿Está mejor?, ¿puedo hablar con él?
      —Tiene que subir a la primera planta y hablar con el doctor Sánchez, él tiene que dar su visto bueno, diré a alguien que le avise. —Me dio una identificación y señaló las escaleras.

      El doctor Sánchez parecía una de esas personas que intentan hacerte creer que están seguras de sí mismas. Tenía complexión atlética, medía casi un metro noventa y lucía un pelo muy corto teñido de rubio. Llevaba las cejas depiladas y un rostro demasiado pálido para alguien llamado Sánchez. Parecía como si quisiese ocultar su origen latino. Seguramente sería uno de esos psiquiatras que están más desequilibrados que sus pacientes. Hubo algo en su mirada que me desagradó profundamente y tuve la sensación de estar delante de un androide. Nos saludamos con un apretón manos. Apretó tan fuerte, y duró tanto el saludo, que pensé que estaba en un concurso de «haber quién es más macho». Si de verdad era un androide, tuvo tiempo de recopilar en su software mi masa corporal, mi ADN y todo mi historial clínico al contacto con mi mano.

      —Me han dicho que viene a ver al señor Iglesias. Estamos realmente sorprendidos. ¿De qué lo conoce? —preguntó, liberando por fin mi mano.
      —En realidad fue mi padre quien lo conoció en los años setenta. Estoy escribiendo sus memorias y quería hablar con el señor Iglesias para que me contara sus recuerdos sobre aquella época. —Lo había contado tantas veces, que hasta yo me lo creía.
      —Vaya, que historia más original. No es que dude de ella, pero parece sacada de una novela.
      —Cualquier historia sirve para escribir una novela —dije, como si acabase de dictar una sentencia.
      —Sí, eso es cierto

      Y se quedó en silencio, mirándome. Quedó tan estático que pensé que aquel androide se había quedado atascado, sin baterías. Estuve a punto de darle un golpecito en el hombro para intentar arrancarlo.

      —No estoy seguro si le servirá de algo hablar con él, el señor Iglesias está en una fase depresiva muy fuerte. Ayer mismo intentó suicidarse.
      —Vaya, lamento oír eso. —En realidad pensé que eso le vendría bien para mi relato: un preso depresivo contándome sus amarguras.


      Me acompañó hasta una sala acristalada donde había una larga mesa rodeada de sillas y esperé pacientemente. Diez minutos más tarde entraron dos enfermeros custodiando a un hombre con una bata verde, que caminaba torpemente, como un zombi… A pesar de que estaba recién afeitado y no llevaba gafas de sol, lo reconocí. Era él. Era Pablo Iglesias. 

lunes, 13 de febrero de 2017

El premio (capítulo 5)

Caminé por la calle Bowery hacia el norte y pregunté a un tipo si conocía algún local con música en directo, necesitaba desconectar de todo lo que me había sucedido durante el día. Tuve suerte, en aquella misma calle había uno, The Bowery Electric, se llamaba. Fui hacia allá. Poco a poco, los letreros en chino y las escaleras de incendios fueron desapareciendo y lo encontré seis o siete manzanas después. Al lado del club, que acababa de abrir, había un bar con terraza donde me paré a tomar algo. No me apetecía entrar en el club y encontrarme la sala vacía. Me deprimía solo con pensarlo.

     Recapitulé todo lo que había sucedido durante el día y volví a tomar notas en mi cuaderno… Quedaban solo tres días para volver a Barcelona y siete para escribir el relato. Tenía que empezar a tener alguna cosa clara. Empecé a visualizar una historia. Quizá no sirviera de nada, pero por algo había que empezar.


      - Ubicación: Brooklyn década 60/70. Relato de género negro? Una familia de delincuentes?  Fredo y sus amigos podrían ser traficantes de cocaína o vender objetos robados.
      -Conectar de alguna manera a Rosita con el grupo de amigos y con Pablo Iglesias. Cantante de swing? Camarera?
      -El taxista indio podría acompañar al protagonista en sus aventuras: Un recién llegado al barrio… Un periodista buscando pistas sobre un asesinato… un detective…  etc… (Escenas cómicas y de acción).
      -Capítulo en Chinatown. Aprovechar el entorno del barrio. Año nuevo chino?
      -Dueño del hotel. Personaje secundario. Intermediario en las ventas de objetos robados? Dueño de un prostíbulo?
      -La frase «Los gayumbos de Pablo Iglesias» podría ser una contraseña. Mafiosos?

      Cuando terminé mi cerveza, miré hacia la entrada del club. Una larga cola esperaba para entrar. Fui hacia allí. Antes de entrar, el portero me registró la mochila con cara de sabueso: portátil, móvil, cuaderno, mapa, pañuelos de papel, bolígrafo… nada de bombas. Me dejó pasar, no sin antes decir…

      —Fifteen dollars.

      Me llevé una grata sorpresa nada más entrar. Un grupo tributo a Allman Brothers comenzaba a tocar las primeras notas de «Statesboro Blues». Sonaban casi mejor que el original. El club, repleto de hippies y rockeros, rugió con aquellos primeros acordes. Me pedí un bourbon con hielo.

      —Twelve dollars —dijo la camarera con una ensayada sonrisa.

      Me encantaba aquel grupo y sus larguísimos solos de guitarra. Recordé que a mi padre también le gustaba. Aparte de las figuritas de suvenires, de vez en cuando también nos traía vinilos raros, ediciones originales, de esos que no podías conseguir en España. «Escuchad esto», decía. Y colocaba la aguja sobre el surco. Ponía la música a todo volumen. A mí me encantaba, pero recuerdo que mi hermano Juan se tapaba las orejas o se metía en la habitación cuando lo hacía. Le gustaba más encerrarse en su habitación a leer o a hacer cualquier otra cosa. Con diez años ya se había leído todos los libros de Harry Potter ochocientas veces.

      Terminó el primer tema y aplaudí como si estuviese viendo a los auténticos Allman Brothers en los años setenta. La banda siguió tocando todos aquellos viejos temas de una forma magistral y lograron que me olvidara totalmente del mal rato que había pasado en casa de Fredo. Me pedí otro bourbon.

      —Twelve dollars —dijo nuevamente la camarera, mostrando exactamente la misma sonrisa.

      Esta vez se subió el escote, que era observado desde la barra por un sinfín de miradas calenturientas. Aunque no sirvió de mucho, porque sus espectaculares pechos volvieron a colocarlo en su lugar. Me fijé en un poster que colgaba de la pared, justo detrás de ella, que informaba de la sesión de Dj que empezaba después del concierto: «Electric Fell Dance Party. Dj Gina Bon Jersey. Every days». La chica que salía en la foto se le parecía mucho.

      —it's you? Gina?
      —Yeah… Stay, you will have fun!
      —Yes, I'll stay. —Lo dije por decir, no pensaba quedarme mucho más, el cansancio empezaba a pasar factura.
      —Spanish? —En ese momento pensé que llevaba una etiqueta en la frente o algo así.
      —Yes, Barcelona.
      —Oh, Barcelona. Messi… Very good, Messi.
      —Messi is argentine. —Por un instante tuve un deja vú.


      En ese momento un tipo robusto con aspecto latino pidió una cerveza a la camarera y cortó la conversación. Se quedó en la barra, a mi lado, mientras el grupo empezaba a tocar «Whipping post», un tema de más de veinte minutos con un solo de guitarra interminable que volvió a recordarme a mi padre, cuando se sentaba en el sofá a escuchar aquellos discos que traía de sus viajes y a fumarse sus aromáticos cigarrillos (que más tarde supe que eran de marihuana). A veces se quedaba toda la noche escuchando música con los auriculares. Una noche me quedé dormido a su lado. A la mañana siguiente desperté en mi habitación. Él ya no estaba, como siempre.

      —¿Español? —Me preguntó el tipo de la barra.
      —Sí, de La Coruña —dije, para variar. No me gustó su aspecto.
      —Soy el teniente Navarro de la policía de Nueva York. ¿Tiene un momento?
     
      Me mostró su placa. Así, rápido, como hacen en las películas. No tuve tiempo de ver nada. Podría haber sido un cacho de plástico que hubiese encontrado en una caja de cereales.

      —¿Tengo opción a decir que no? —Me salió así, un poco chulo. Estaba tan a gusto disfrutando del concierto que me molestó que alguien viniera a fastidiarlo.
      —Yo diría que no.

      Su voz aflautada no concordaba para nada con su aspecto. Tenía la cabeza como un antiguo televisor de catorce pulgadas, cubierta de un grasiento y espeso pelo negro rizado. Sus ojos, minúsculos, achinados y exageradamente unidos, contrastaban con la nariz chata y un espeso bigote en forma de herradura. Su indumentaria pedía a gritos una actualización urgente al siglo XXI. Nos apartamos de la barra y me invitó a sentarme en un pequeño reservado, en un rincón de la sala. Le seguí la corriente a pesar de que tenía mis dudas de que fuera realmente un policía.

      —¿Me permite su pasaporte? —Lo saqué de mi mochila y lo ojeó sin mucho interés, como quien mira un folleto de los testigos de Jehová. Me lo devolvió—. Aquí dice que es de Barcelona.
      —A Barcelona solo voy a dormir. —Me sorprendí a mí mismo hablando como Humphrey Bogart. Hubiese matado por encenderme un cigarrillo.
      —Es usted muy gracioso. ¿Está de vacaciones?
      —Sí, solo cuatro noches y ya estoy malgastando una hablando con usted. —Una mueca movió ligeramente su bigote.
      —¿Qué le ha pasado en la cara?
      —Me resbalé en la ducha. —Cuando me pongo irónico, no hay quien me pare—. ¿Qué quiere? Vaya al grano, me estoy perdiendo el concierto. —No suelo ser arrogante, pero aquella noche no estaba para tonterías.
      —¿Podría decirme qué hacía esta tarde en casa de Alfredo Iglesias? Le hemos visto salir de allí. No es lo mejor que puede hacer un turista en Brooklyn. ¿Algún pariente suyo?
      —¿Me están siguiendo? —Reconozco que en ese momento se me bajaron un poco los humos y empecé a preocuparme.
      —Vigilábamos el domicilio de Iglesias. Es un pájaro de mucho cuidado. ¿Me va a contar lo que fue a hacer allí?

       La verdad es que no tenía ganas de repetir toda la historia otra vez, tampoco me iba a creer. Me inventé un resumen.

      —Mi padre estuvo viviendo allí en los setenta, estoy escribiendo sus memorias. Fui en busca de información, pero no sabían nada.
      —Recuerde que soy policía. No me tome el pelo. 
      —Es la verdad, si no quiere creerme es asunto suyo.  —La banda estaba anunciando su último tema. Aquel policía me estaba agobiando. —¿Hemos terminado?
      —Si no tiene nada más que decirme, sí.
      —Pues, no, nada más. —¿Qué iba a contarle? No quería saber nada más, ni pensaba volver a pisar la casa de Fredo Iglesias en mi vida —. Si me permite, voy a disfrutar del concierto.  —Me levanté de repente y me dirigí hacia la barra. La camarera se había vestido de Dj, preparada para empezar su sesión de un momento a otro. Me pedí otra copa. El teniente Navarro se puso a mi lado y pagó la suya. Antes de marcharse, puso su mano en mi hombro y me susurró al oído…

      —Espero que me haya dicho la verdad. No parece usted un mal tipo. No se meta en líos y tenga cuidado con Iglesias, no es una buena compañía.
     
      En ese mismo momento sonó la última nota del concierto, la que marcan todos los instrumentos al unísono, la más apoteósica… y el policía desapareció entre los calurosos aplausos del público… Recuerdo que me pareció una buena escena para mi relato.

      La sesión de Gina empezó cinco minutos después, justo cuando la banda terminó de tocar «Jessica», uno de los temas favoritos de mi padre… No sé porqué me acordaba tanto de mi padre durante aquellos días, siempre había pensado que aquel tema ya estaba superado. Es verdad que cuando desapareció tuve una de esas crisis de adolescente. Me enfadaba con mi madre y con mis hermanos. También tuve algunos problemas en el instituto, peleas sin sentido y bromas pesadas a los compañeros mas pringados. Quizá hasta recuerdo hacerle bulling a alguno de ellos. Lo más grave que sucedió fue aquella noche en la fiesta de cumpleaños de un amigo. Estábamos todos alrededor de la piscina bailando y gastando bromas, hasta que a un tal Pedro se le ocurrió meterse conmigo mencionando lo de mi padre. Dijo algo así como que mi padre se había largado porque mi madre era idiota, alguna chorrada así, no lo recuerdo bien. Lo agarré del cuello y nos caímos los dos a la piscina. Casi lo ahogo. Creo que llegó a venir una ambulancia y todo. Cosas de críos, dijeron.
  
      Gina empezó su sesión de Dj pinchando antiguos temas de AC/DC, Nirvana, Led Zeppelin y cosas así. Me apeteció quedarme un rato. El bourbon había hecho su efecto y me encontré danzando torpemente entre toda aquella gente. Había pocas chicas. Una de ellas se acercó a mí bailando alegremente. Se notaba que estaba muy borracha, gesticulaba exageradamente con los brazos y tropezó conmigo un par de veces. Al instante, llegaron unos cuantos tipos que se pusieron a bailar formando un corrillo a su alrededor, a ver si pillaban algo. Cuando la chica se dio cuenta, se fue hacia la barra y empezó a besuquearse con otra que llevaba una camiseta de David Bowie. Bailé un poco más, me tomé no sé cuantas copas y me fui al hotel.

       Eran casi las cinco de la madrugada cuando llegué. Subí las escaleras con precaución (el tequila y el bourbon no fue una buena combinación) y la puerta de recepción se abrió justo cuando pasé por delante. Me asusté un poco y me preparé mentalmente para recibir la esperpéntica imagen del dueño, pero en su lugar apareció el rostro angelical de una niña oriental de diez o doce años con unos gigantescos ojos azules.

      —You needs something? Cocaine, crack, marijuana?… Girls?
      —Oh, no… thanks. —Pero me lo pensé mejor—. Marihuana?
      —Twenty dollars. —Le pagué los veinte dólares y me entregó una bolsita transparente con un minúsculo cogollo en su interior. 
   
      Cuando entré en la habitación, dejé caer mi cuerpo agotado sobre el colchón. Los muelles me expulsaron de la cama como a una pelota de ping pong. Agarré el colchón y lo puse en el suelo. Me tumbé, fumé un poco y me quedé profundamente dormido. 

viernes, 10 de febrero de 2017

El premio (capítulo 4)

      Escuché el sonido de la mirilla abriéndose. Sonreí y saludé al orificio con la mano diciendo «Hola», tímidamente. Fue un mal comienzo, lo noté enseguida, pero me salió así… Hubo un largo silencio.

      —¿Que es lo que quiere, hermano? —dijo una voz profunda con acento latino desde el otro lado.
      —¿Pablo Iglesias? —Continué cagándola. Menuda pregunta estúpida.
      —¿Qué?
      —Estoy… estoy buscando a este hombre… y me han dicho que… quizá usted podría conocerlo. —Coloqué el móvil delante de la mirilla.


      Al cabo de unos segundos, un tipo moreno con una camiseta imperio y un pantalón de trabajo azul manchado de grasa entreabrió la puerta. Noté un fuerte olor a marihuana. Una humareda salió disparada hacia el exterior y se paseó por mi cabeza.

      —¿Para qué lo busca? Si lo que quiere es vendernos algo ya puede ir desfilando. —Su voz se tensó por un momento.
      —No, no… Soy escritor… estoy escribiendo las memorias de mi padre que estuvo viviendo una temporada por aquí… Me contó que Pablo… que Pablo era su único amigo en Brooklyn… y quería…
      —¿Amigo?... Pablo no es muy sociable que digamos. No recuerdo que tuviese amigos. Eso es muy raro… —Escuché murmullos y música en el interior de la casa… Sonaba el Waka Waka de Shakira.
      —Solo quiero saber donde vive… y charlar un rato con él para que me hable de… mi padre, de lo que hacían juntos… y eso… —Enseguida me di cuenta de que me estaba metiendo en un lío. Empezaba a sentirme un poco incómodo.
      —¡Fredooo, aquí hay un tipo que pregunta por tu tío! —gritó de repente.
      —¿Por mi tío Pablo? ¡No mames! —Se escuchó desde el interior.
      —¡Sí, un españolito que quiere conocerlo para no sé qué huevada! —Las palabras «españolito» y «huevada» hicieron que se me erizaran ligeramente los cabellos.
      —¡Dile que pase!

      El tipo acabó de abrir la puerta con desgana y me dejó pasar. Lo que me transmitió su mirada no era hospitalidad precisamente.
      Atravesé el oscuro pasillo que llevaba hasta el comedor acongojado, parecía el museo de una iglesia. Estaba lleno de cuadros y figuritas; la mayoría de vírgenes, santos y calaveras colocados caóticamente por todos los muebles. Un sinfín de Jesucristos colgaban de las paredes. En el comedor, cuatro tipos jugaban a las cartas bajo la luz de una lámpara cónica por la que orbitaba una espesa nube de humo, y un niño de unos ocho años estaba sentado en un rincón jugando con un móvil. Por supuesto, todos se quedaron mirándome fijamente.

      —Siéntate, compadre, y explícame eso de mi tío.

      El sobrino iba con el torso desnudo, con un montón de cadenas de oro, un medallón y un crucifijo colgando del cuello. Su cabeza rapada mostraba deformidades en su coronilla, como pequeños cráteres. Tenía un rostro duro, los pómulos altos, la boca pequeña y sus mejillas cóncavas le daban un aspecto cadavérico. Lucía un aparatoso parche en el ojo derecho. Los demás, como él, parecía que acababan de salir de un casting de Tarantino. Me senté a su lado.

      —Pues…, como le decía a su amigo, estoy escribiendo una historia sobre mi padre… Murió hace un par de años y… le quiero hacer un pequeño homenaje. —Cada vez que hablaba sentía que estaba metiendo la pata hasta el fondo.
      —¿Y dices que conoció a mi tío?
      —Bueno, no estoy seguro si es él... Para eso estoy aquí, para comprobarlo.
      —¿De dónde has sacado esa foto?
      —De su perfil de Facebook. Solo tenía esta.
      —¿Mi tío en Facebook?... No me digas, no tenía ni idea.
      —Sí, pero no publica apenas nada, el ultimo post era de hace seis meses, del 25 de febrero.
      —A ver, a ver… ¿Me estás diciendo que has viajado desde España para encontrar a un tipo que se llama Pablo Iglesias pero que no sabes seguro si es mi tío?, ¿que podría ser cualquiera?
      —Bueno, sí… no, bueno, estoy casi seguro de que es él… Ya sé que parece raro, pero para escribir las memorias de mi padre necesito… documentarme… y… —Las cosas se estaban complicando, mi estrategia era una chapuza.

      —¡Pancho, levanta el culo y vete a jugar al parque! —El niño dejó instantáneamente de jugar, dejó el móvil en la mesa y salió corriendo.

      De pronto, el tipo me agarro el cuello con una mano, sus largas uñas se me clavaron en la yugular.

      —¿Piensas que soy un huevón? ¿Quién te envía?
      —No…, no me envía nadie…, te lo juro.

      Mi voz tembló como la trompeta de un novato. Me lanzó una bofetada con la otra mano. Me soltó el cuello y sacó una pistola de la parte de atrás de sus pantalones apuntándome en la frente.

      —Tienes cinco segundos para empezar a contarme la verdad.

      Inmediatamente, le conté lo del concurso de la editorial y lo de los gayumbos de Pablo Iglesias. Le enseñé el enlace.

      —¡Te la estás jugando, hermano! ¿Qué me estás contando?, ¿gayumbos? ¿Qué mierda es eso?
     —Calzoncillos.
     —¿Calzoncillos? Te voy a arrancar las tripas como sigas por ese camino. —Y me pegó otro tortazo que me hizo sangrar ligeramente por la nariz.

      Abrí la mochila y le enseñé la reserva del hotel, el post de su tío y mis apuntes. Le conté que Rosita me había dado su dirección. Que aquel concurso me lo tomaba como un estímulo creativo. Hasta le conté la verdad sobre mi padre, mis sentimientos más íntimos. Llegué a pensar que estaba hablando con mi psicólogo.

      —¿Y por un posible premio de quinientos euros vienes a Brooklyn a hablar con mi tío? ¡Menudo pendejo, este cuate está loco! —dijo, dirigiéndose a sus compañeros. Todos rieron.

      No fue nada fácil convencerlo de que le estaba diciendo la verdad. Dos horas y cuatro bofetadas más tarde, acabaron creyéndome y el ambiente se relajó. Hasta me invitaron a tomar tequila. No soporto el tequila, pero tuve que tomarme cuatro o cinco copas antes de marcharme. Temí que alguno de ellos se arrepintiera y me echaran a patadas, pero no, el sobrino de Pablo Iglesias abrió la puerta y, antes de salir, me entregó una nota.

      —Toma, la última vez que lo vi estaba viviendo aquí. No creo que te cuente nada, esta mas chiflado que tú... No sé por qué carajo hago esto. ¡Venga, lárgate antes de que me arrepienta! 

      En la nota había escrito una dirección: «473 Concord Ave, Bronx, NY»

  Me sentí como un idiota dándole las gracias a alguien que acababa de partirme la cara. La vida está llena de contradicciones.    
     
      Ya eran más de las diez de la noche y no me sentía con humor ni con fuerzas para ir a visitar a Pablo Iglesias en aquel momento. Volví a Chinatown en un autobús que cruzaba el puente de Manhattan. Me entretuve mirando las luces de los rascacielos y pensando en todo lo que me había pasado. Subí a mi habitación, pero no me apeteció quedarme en aquel agujero. Lo único que hice fue tumbarme un rato en la cama para mirar el correo y el Facebook. Los muelles chirriaron como ratas enloquecidas y el colchón se hundió de tal manera que temí desaparecer entre sus fauces. No tenía ningún correo, pero cuando entré en mi perfil me llevé una inquietante sorpresa. Un tal Pablo Iglesias, un amigo de Facebook con el cual no había interactuado en la vida, había comentado una de esas frases tontas que cuelgo de vez en cuando en mi perfil. Mi frase decía: «No hay manera. No encuentro metáforas para ensalzar tu estupidez», y él escribió un comentario plagado de metáforas: «Como un copo de nieve recién formado, argumenta el estúpido convencido de su singularidad, sin darse cuenta de que el verano intelectual ya está obrando para reducirlo a lo que es, una amalgama deforme y sin sentido, un ejemplo perfecto de nada». 


      Así me sentía yo en aquel momento, un estúpido, una amalgama deforme y sin sentido… y un tal Pablo Iglesias me lo recordaba. No podía ser una coincidencia. O sí, pero menuda coincidencia. Solo faltaba que trabajara en una fábrica de calzoncillos. Investigué su perfil. Era de Mallorca. No me extrañó, estuve muchos años viviendo en aquella isla. Su rostro, sus fotos, sus comentarios, transmitían positividad. Y encima era simpatizante de Podemos, el nuevo partido español que lideraba otro Pablo Iglesias. Me lo tomé como un buen presagio, como un mensaje de ánimo que me llegaba desde el más allá (en este caso desde Mallorca). Tenía que escribir aquel relato costase lo que costase.

      Antes de salir, me duché en el baño compartido del hotel para despejarme. Entré esquivando los charquitos de agua jabonosa que había por el suelo y recogí la selva de pelos que asfixiaban el desagüe con un trozo de papel higiénico. Miré mi cara en el espejo. La tenía un poco hinchada y la nariz ligeramente inflamada por los golpes, pero nada que llamase demasiado la atención. Acabé de ducharme, me cambié de ropa y salí a dar una vuelta por el barrio.

miércoles, 8 de febrero de 2017

El Premio (Capítulo 3)

Antes de llegar al puente de Brooklyn, pasé por el puente de Manhattan. Era un recorrido más corto. Los dos llevan prácticamente al mismo sitio, pero me pareció mejor cruzar por el de Brooklyn, el más famoso. Ya que estaba en Nueva York aprovecharía para hacer turismo. Me lo tomé como un paseo, disfrutando del paisaje. Me pareció maravilloso y, curiosamente, mirase donde mirase, todo me resultaba familiar a pesar de que era la primera vez que estaba en la ciudad. Supongo que haber visto aquel puente tantas veces en las películas tendría algo que ver. Me paré varias veces a contemplar las espectaculares vistas y cuando llegué a Brooklyn eran casi las seis. El sol había resurgido con fuerza y hacía bastante calor. Seguí andando sin rumbo fijo un buen rato buscando un lugar donde descansar, hasta que vi una taquería mejicana llamada El Toro, que tenía una pequeña terraza a la sombra de un platanero con mesitas de madera. Enfrente había una de esas bocas de incendios de las que hablaba la amiga de Pablo Iglesias en Facebook. Tuve la sensación de estar acercándome cada vez más a él. Me senté allí. 

El dueño del local, un tipo de un metro y medio de alto por uno de ancho y un espeso bigote, salió a servirme. Supongo que estaba acostumbrado a reconocer a los turistas por la pinta, porque me preguntó… 



      —¿Qué tal, señor?... ¿Bonito día, eh?
      —Sí, precioso.
      —¿Español, no?
      —Sí, de Barcelona.
      —Oh, sí, Barcelona… Gaudí, la Sagrada Familia, el mercado de la Boquería, bonita ciudad…
      —¿La conoce?
      —Sí, mi hija estuvo dos años viviendo allí, en el barrio del Raval… ¿Quiere comer algo?
      —No, solo una cerveza, gracias…

      Me bebí la cerveza y me fumé un cigarrillo mientras revisaba el Facebook de Pablo Iglesias en busca de alguna pista sobre su domicilio. En su último post mencionaba dos nombres, Hancock y Knickerbocker, que fácilmente podrían ser calles o plazas. Investigué en internet… Acerté. Hancock era una calle que no estaba lejos de donde me encontraba, y Knickerbocker, el nombre de una gran avenida y una estación de metro. Me decidí por Hancock. Entre en el bar para pagar y se me ocurrió enseñarle la foto de Pablo Iglesias al dueño. Alguna vez tenía que empezar a preguntar.

      —¿Por casualidad no conocerá a este hombre? —Le mostré la pantalla del móvil.
     —¿Cómo?
     —Estoy buscando a este hombre, vive en Brooklyn.
      —Uy, Brooklyn es muy grande, señor. ¿A ver? —Miró la foto—. Pues…, no, no lo conozco. Le preguntaré a mi hija… ¡¡Rositaaa!!

      Cuando Rosita salió de la cocina, un rayo de sol debió de abrirse paso entre las sombras del platanero plantado en la calle, porque su rostro se iluminó de repente. Sus labios, brillantes y húmedos como gominolas chupadas por un bebé, resplandecían. Su belleza me impresionó. Me pareció que el tiempo pasaba en cámara lenta mientras se acercaba. Sacudió su larga melena negra y me miró con aquellos preciosos ojos negros. Su forma de andar, el vaivén de sus caderas, el movimiento de sus brazos, sus piernas. Se quitó el delantal de cocina lanzándolo graciosamente hacia la barra. Quedó vestida con un traje de noche rojo impresionante. Parecía un anuncio de perfume de aquellos que siempre acaban hablando en francés. Me vinieron ganas de coger uno de los aros de cebolla que estaban expuestos en la barra, arrodillarme delante de ella y pedirle la mano delante de su padre. No sé porqué, en ese momento, me acordé del dueño del hotel donde estaba hospedado y pensé que todas las teorías sobre el origen de la vida estaban equivocadas. Los seres humanos habíamos invadido la tierra desde distintos planetas de la galaxia, seguro.
      Su padre se dio cuenta de la impresión que me había causado su hija…

      —Discúlpela, ella es así, siempre está ensayando. Quiere ser modelo. No hay quién se lo quite de la cabeza… Lo del foco es para acostumbrarse a las luces…
      —¿Qué? ¿Cómo?... ¿Qué foco? —Me había quedado embobado.

      Entonces me fijé en el foco que estaba colgado frente a la entrada de la cocina que la seguía como si ella tuviera un GPS. Seguramente era así.

      —Que hay, papá. —Su voz era dulce como la miel elaborada por un apicultor ecológico.
      —Este señor es español, de Barcelona, busca a este hombre. —Le mostré el móvil.
      —De Barcelona… Qué bonita ciudad… Yo estuve viviendo allí una temporada.
      —Sí, ya me lo ha dicho su padre. —El foco seguía allí, iluminándola.
      —A ver… —Mientras miraba la foto, una mezcla de olor a burritos de pollo y Chanel 5 se paseó a mi alrededor—. Pues…, la verdad es que su cara me recuerda a alguien… ¿Es de Brooklyn?
      —Creo que sí, no estoy seguro, quizá de la calle Hancock.
      —¿Cómo se llama?
      —Pablo Iglesias.
      —Yo conocí a un Iglesias en la escuela, la que está al principio de la calle Hancock, a lo mejor son parientes… ¿Es usted detective?
      —No, no…, soy… escritor…, estoy escribiendo…, estoy escribiendo las memorias de… mi padre. —Tenía que decir algo. Contarle lo de «Los gayumbos de Pablo Iglesias» no me pareció adecuado—. ¿Y sabe dónde vive?
      —Bueno…, sí…, creo que me acordaré…, pero han pasado muchos años, puede que ya no viva allí.
      —Oh, da igual, por algo tengo que empezar.
      —Pues si quiere le acompaño, tengo que visitar a una amiga en la avenida Franklin, está muy cerca. Y de paso hago un poco de ejercicio. He engordado doscientos gramos esta semana —dijo, sonriendo como solo hacen las princesas en las películas de Disney—. Terminaré los frijoles con chile que tengo en el fuego y le acompaño. ¿Qué le parece?
      —Oh, eso sería genial. Muchas gracias.

       Pasear por las calles de Brooklyn con Rosita fue toda una experiencia. Ella seguía andando como una modelo de pasarela sin cortarse un pelo. Parecía que siguiese el ritmo de una música imaginaria. Sus zapatos de tacón realzaban aun más su imagen, como si mirase el mundo desde un torreón. Por un momento pensé que el foco nos seguía. Nos dirigimos a una avenida repleta de comercios. Rosita se paraba a mirar todos los escaparates de perfumerías, zapaterías y tiendas de moda por las que pasábamos. Yo andaba encorvado, como siempre, vestido con mis viejos tejanos desteñidos, una camiseta blanca sudorosa y unas zapatillas de deporte más gastadas que el pomo de la puerta de un juzgado. Hacíamos una pareja realmente original. Como era de esperar, todo el mundo, hombres y mujeres, se giraban a nuestro paso. Algunos se quedaban unos segundos estáticos, con cara de bobo. Daban ganas de echarles una moneda. Un tipo con pinta de ejecutivo, que andaba con prisas, se pegó un trompazo con una farola. En la siguiente esquina, un coche se subió a la acera y se estampó contra una papelera, provocando la ira de los transeúntes. Pasamos por una obra donde estaban subiendo una hormigonera con la grúa, y me temí lo peor. Curiosamente, no pasó nada, simplemente el tiempo se paró y se hizo el silencio. Los obreros se quedaron mudos y, por un instante, los tacones de rosita se abrieron paso entre el ruido. Algunos también me miraban a mí con desconfianza, como si esperasen que, de un momento a otro, tirara del bolso de Rosita y saliera corriendo como un vulgar ratero. Por suerte llegamos a la calle Hancock sin provocar víctimas mortales.

      Rosita me acompañó hasta el principio de la calle donde estaba el colegio y me indicó la casa donde probablemente aún vivía aquel tipo.

      —Es aquella casa con la puerta azul. No recuerdo su nombre de pila, solo que se llamaba Iglesias… Espero que tenga suerte. —Rosita me tendió la mano como si esperase una reverencia. Estuve a punto de hacerlo.

      —Muchas gracias, Rosita. Que tengas un buen día.   

      Ya estaba anocheciendo cuando me planté frente a la puerta azul. Era una de esas casas con escaleras en la entrada y un pequeño patio con verjas repleto de cubos de basura. Antes de llamar repasé mentalmente lo que tenía que decir. La mentira que había contado a Rosita sobre las memorias de mi padre no estaba mal como argumento y decidí seguir por ese camino. En realidad siempre he pensado que mi padre se merecería una novela. De hecho lo he intentado varias veces, aunque con poco éxito. Era un tipo misterioso. Era tan reservado que a veces pienso si existió de verdad o solo era un holograma que mi madre nos ponía algunas noches para que no pensáramos que éramos huérfanos. Aquellos momentos nocturnos eran los únicos que mis hermanos y yo podíamos verlo. Nunca supimos a que se dedicaba exactamente. Viajaba mucho, pero como no contaba nada, teníamos que imaginarlo. A veces jugábamos a hacer cábalas sobre su oficio. Mi hermano pequeño, Juan, imaginaba que era ejecutivo en una gran multinacional, porque siempre llevaba un maletín negro, de esos que necesitas saber la combinación para abrirlo, y cada vez que aparecía por casa nos traía un recuerdo de donde había estado, alguna de esas figuritas para turistas. Yo todavía tengo una estatuilla de la Torre Eiffel y otra del Taj Mahal guardadas en algún cajón. Laura, la mayor, tenía la teoría de que era vendedor o representante de algún producto raro, quizá un aparato de su invención. Entonces empezábamos a fantasear sobre lo que podría ser: una gorra crece pelo, un detector de melones insípidos, una ducha portátil, un paraguas para perros, una deshuesadora de pollos… Nos pasábamos horas con aquel juego. Yo no sabía que pensar. Lo que quería es que él me lo contara, pero cuando le preguntaba siempre desviaba la conversación hacia otro lado. Bueno, normalmente solo decía: «Creo que tu madre te está llamando». Pero era mentira.
      Nos abandonó cuando yo tenía quince años y no volvimos a verlo más. Nadie hizo preguntas. Simplemente dejó de aparecer por casa y a todos nos pareció lo más natural del mundo. Bueno, es un decir, a mí me descolocó bastante. Quedarse sin padre a los quince años, en plena adolescencia, no es lo mejor que te puede pasar. Siempre he creído que me dedico a escribir gracias a él, porque he llegado a pensar que nunca existió, que solo era un personaje de ficción inventado por mi madre.
     
      Respiré hondo y pulsé el timbre.