martes, 26 de enero de 2016

El festival

                                      
Eran más de las siete de la mañana cuando salimos al escenario en aquella mierda de festival. El poco público que quedaba estaba totalmente borracho, deambulando por el desolado campo de fútbol como una manada de zombis.

Nos miramos tristemente resignados y empezamos a tocar.

Las primeras notas del bajista sonaron deprimentes, lánguidas, viscosas como los mocos de una medusa. La batería entró con desánimo, a destiempo, compitiendo con el bajo en tristeza y desasosiego. La percusión sonaba como un cacho de plástico golpeado por las nalgas de un mandril. Entró el piano, pero no tuvo suerte, el bajo y la batería no estaban allí, luchaban totalmente desconectados del mundo exterior. Sus mentes volaban hacia tiempos imposibles.

Poco a poco, se fue formando un pequeño grupo de curiosos delante del escenario. Nos miraban atónitos, con la cabeza ladeada y los ojos desorbitados, apoyados en las vallas de seguridad con su vaso de litro de cerveza rebosante, intentando inútilmente mover los pies al compás de la música.

Entró el guitarrista, con aquella entrada tan guapa que teníamos ensayada. No sirvió de nada. Sonó un chirrido infernal que destrozó mis tímpanos, y los del escaso público, que, asustados, saltaron hacia atrás al unísono derramando más de una cerveza sobre sus pantalones.

Solo quedaba yo.
Todo dependía de mí.
Tenía que empezar a cantar y arreglar aquel desbarajuste.
Me preparé concienzudamente mientras el guitarrista intentaba acoplarse sin éxito a los demás músicos…
Tragué saliva…
1, 2, 3 y…


¡A vint-i-cinc de desembre, fum, fum, fum!


ILUSTRACIÓN DE PATO CONDE

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Las pochas con chorizo

    Aquel día tenía hambre, como todos los días. Pero antes de comer tenía que terminar un cuento para una revista digital. Aquel mes sacaban un número sobre la letra "ch" y, como siempre, lo dejé para el último momento. La verdad es que no sabía muy bien que escribir y me puse a improvisar... hasta que lo acabé... 

El último trabajo de Charo

Carabanchel 1938

    Charo entró en la charcutería a comprar un cacho de chorizo con los cuatro chavos que le había dado Nacho, su chulo, por chuparle el coño a aquella vieja chocha millonaria. Poco más se podía hacer para echarse algo a la boca en aquellos achuchados años de posguerra.
    Aquella noche eran ocho a cenar en la chabola... Además de sus hermanos Pancho, Lucho y Chema; su padre, Chencho, y su madre, Chelo, venía su prima Conchita y su marido, Eduardo. Charo tenía pensado cocinar unas alubias pochas con chorizo, una receta que le había enseñado su abuela Chabela cuando aún era una chiquilla.
    La charcutería estaba mucho más concurrida que otras veces y tuvo que apechugar con la espera. Las demás mujeres, dicharacheras, bajaron el tono cuando entró y la saludaron con cierta chulería sin poder evitar echarle algún reproche con la mirada o cachondearse con alguna chanza de las suyas.
    Charo estaba harta de ellas.
    —Buenos días, Charo. Qué, ¿cómo va ese chollo de trabajo que tienes? ¿Ya te han ascendido? —le preguntó Maricheli, la mujer del señor Chamorro, el churrero. Las otras le rieron el chiste.
    —Ayer me follé al machote de tu marido. Lo até a la cama y le hice todo lo que me pidió. Tendrías que haber escuchado cómo chirriaba el colchón —contestó sin inmutarse.
    —Eres una puta descarada. Anda y vete a chuparle el chocho a la «millonetis» esa. Eres la vergüenza del barrio. Espero que algún día te metan en Chirona.
    Aquellas mujeres se consideraban de otra clase social. La mayoría de ellas trabajaba de chacha en los barrios ricos y sus maridos hacían chapuzas de fontanería, albañilería y cosas así. Ganaban lo justo para trapichear con su vida, pero soñaban con ser miembros de la clase media madrileña. Mientras que Charo aceptaba sus desdichas y se dejaba llevar por los caprichos del destino.
    De repente Nacho entró en la charcutería chasqueando los dedos con desfachatez...
    —¡Charo, deja eso, tenemos un trabajo! —dijo desde la puerta.
    —Esta noche tengo una cena con la familia. Ya te lo he dicho esta mañana. No se te ocurra chafarme la fiesta.
    Nacho se acercó a ella y le susurró al oído.
    —Venga, chica, déjate de chorradas si no quieres que te machaque la cabeza.
    —¿Qué es? ¿Otro chanchullo de los tuyos? —dijo Charo sin bajar la voz.
   Las otras mujeres se miraban entre sí y cuchicheaban alegremente como expertas chafarderas, pensando en contarle el chisme a todo el barrio en cuanto tuvieran oportunidad.
    Nacho cogió a Charo del brazo y la sacó a empujones de la tienda.
    —Como vuelvas a chulearme con una escenita como esa te voy a… —Nacho levantó la mano para darle un cachete, pero se contuvo—. ¡Me cago en tus muertos!... Dentro de media hora tienes que estar en el hostal de Juancho, habitación ochenta y ocho. Y lávate el chocho. Don Mariano se quejó el otro día de que olías a horchata rancia…
    —Su polla sí que olía a horchata rancia…
    —¡Anda, vete echando leches!…
   Mientras se dirigía al hostal, Charo se dijo a sí misma que aquel sería su último trabajo. Dejaría las calles y ayudaría a su hermano Chema con la chatarra.
    Cuando llegó, Sancho, el recepcionista, leía el periódico con un puro que echaba chispas atrapado entre los dientes, mientras en la radio sonaba un alegre chachachá con la chispeante voz de Antonio Machín. Sancho le hizo un gesto para que subiera las escaleras… Charo subió de mala gana y llamó a la puerta de la ochenta y ocho, pero no contestó nadie. Abrió y entró en la oscura habitación hasta chocar con la mesita de noche. Al encender la lamparita, se encontró con una desagradable sorpresa: el rechoncho cadáver de un hombre tendido sobre la cama atado de pies y manos. Las sábanas todavía chorreaban sangre formando un gran charco en el suelo. Charo se tapó la boca con las dos manos para amortiguar el chillido que acechaba en su garganta, que sonó como el canto de una chicharra.
    Era el señor Chamorro, el churrero.
    Mientras renegaba de su cochina mala suerte, escuchó el chirriante sonido de la sirena de un coche patrulla… Sus chanclas chapoteaban por el charco de sangre manchando sus pies de certezas irrefutables. Nada podía hacer.
    Aquel puchero de pochas con chorizo tendría que esperar.
    Abrió la ventana.
    Anochecía en Carabanchel.





miércoles, 11 de noviembre de 2015

Freddie Black


Club Columbia: 50 microthrillers



Video-presentación de mi nuevo libro: Club Columbia: 50 microthrillers

Será un libro de pequeño formato (10 x 13 cm. Tapa dura) de microrrelatos de temática negra con ilustraciones.

He abierto un crowdfunding en Verkami. Si os apetece participar en el proyecto, aquí tenéis más información!

http://vkm.is/clubcolumbia

Gracias!


jueves, 12 de febrero de 2015

Los libritos de lomo


Aquel día tenía hambre, como todos los días. Estaba de viaje. Conducía solo, de madrugada. Quería llegar a casa a primera hora de la mañana. Llevaba varias horas al volante y solo había comido un bocadillo en todo el día. Estaba cansado y tenía hambre, como es lógico. Paré en una estación de servicio de la autopista.
A pesar de la hora, el bar estaba bastante concurrido, algunos autobuses acababan de llegar y me encontré haciendo cola en el self-service. Cogí mi bandeja, mi vaso, los cubiertos y todo lo demás y empecé a analizar lo que había para comer. Las expectativas no eran demasiado halagüeñas…

1ª bandeja
Pollo con salsa: Muslos de pollo esparcidos por la bandeja como si estuvieran enfadados unos con otros, como si los hubieran lanzado desde el espacio exterior y al golpearse con la bandeja hubiesen perdido el conocimiento. La salsa, amarillenta y pringosa, casi transparente, los cubría por la mitad formándose charcos de aceite solidificado a su alrededor. Vi una mosca enganchada en una cebolla. Trozos de piel de pollo deambulaban por la bandeja buscando un lugar donde asentarse definitivamente. La carne de los muslos, deshilachada por el esfuerzo, iba separándose poco a poco del hueso, como si quisiera desprenderse de él, huir de su yugo hacia mundos desconocidos. Luchaba por liberarse de la ligadura de sus tendones y navegar en libertad por aquel inquietante mar de líquido indefinido.

2ª bandeja
Macarrones a la boloñesa: Estaban tostados al horno, pero la capa de queso tostada se había ido encogiendo con el paso del tiempo. Los días, semanas (o años) que llevaran aquellos macarrones allí habían hecho mella en su personalidad. La capa de queso, junto a los macarrones que quedaron enganchados al fundirse en el horno, formaban una capa uniforme, como debe ser, sí, pero aquella capa de queso tostada no era como las demás… Había ido resecándose, cambiando su forma original. Ahora parecía querer extender sus alas y echar a volar, desentendiéndose de los macarrones. Esos macarrones, los que supuestamente deberían haber estado cubiertos por el queso, aparecían ante mis ojos luciendo su desdicha. Pálidos, casi desnudos, agrietados, apelmazados en su propio sudor como una masa uniforme. De esa manera, uniendo sus fuerzas, aquel pastiche intentaba disimular su fecha de nacimiento, abandonados por la salsa de tomate, que se esforzaba inútilmente por pintar de un rojo desteñido aquellos patéticos macarrones erosionados por la ventisca del tiempo.
Empecé a pensar en pedirme un bocadillo.
Aquel análisis estaba siendo muy decepcionante, pero yo tenía hambre, no podía desistir. Mi espíritu crítico debía de quedar a un lado y hacer un esfuerzo de adaptación. Necesitaba calorías. Y allí estaban las calorías. Entonces tuve el presentimiento de que aquella comida la recordaría toda la vida.
Y así fue.

Seguí analizando los platos.

3ª bandeja
Ensaladilla rusa: Cuando la vi, me enamoré. “Ahí está”, me dije. ”Ya lo tengo, comeré ensaladilla”… La acababan de sacar de la cocina. La mayonesa que cubría la bandeja tenía muy buen aspecto y estaba decorada con tiras de pimiento rojo y olivas rellenas. Tenía hambre. Estaba decidido, comería ensaladilla. Pero de pronto, cuando estaba a punto de pedir una ración, algo captó mi atención. Algo que me había pasado desapercibido en un primer momento: los daditos.
Me fijé en el tamaño de los daditos de patata, los cachitos de judía y de zanahoria. Cuadraditos. Todos iguales. Perfectos. Como clones en una fábrica de clones. No tuve que pensar demasiado, la deducción era sencilla: todo aquello era congelado, sin duda. Quizá eso no hubiese sido un obstáculo insalvable para comérmela, pero tenía que seguir investigando antes de tomar una decisión como aquella. Por eso me fijé en la textura de los guisantes… Brillaban, brillaban a la luz de los neones ultravioleta que realzaban su esplendor. Los imaginaba duros, insípidos y las zanahorias flácidas y aguadas. Sin sabor a nada.
En ese momento tuve una visión: una gran bolsa de 50 quilos de ensaladilla congelada atravesando el Pacífico en un barco con bandera China junto con otros 50 containers más de ensaladilla. Los vi descargando en el puerto su mercancía. Camiones y camiones de ensaladilla se dirigían a los almacenes de ensaladilla congelada más grandes del continente donde eran distribuidos a sus correspondientes distribuidores. Distribuidos más tarde a los distribuidores que distribuirían luego a las aéreas de servicio… donde, sin decirme nada, me lo distribuían a mí.
Aquella visión me hizo reaccionar, me puso en alerta. Pero lo que realmente me decidió a desechar finalmente aquella falsa ensaladilla fue que no fui capaz de vislumbrar el atún por ningún sitio…
A no ser que fuese la minúscula sombra que me pareció ver bajo aquel embaucador manto de mayonesa… Que lo cubría todo.

Entonces vi los libritos de lomo.

4ª bandeja
Libritos de lomo: No eran gran cosa, el rebozado estaba ligeramente requemado y el queso que sobresalía no tenía muy buena pinta, pero era lo último que quedaba y prefería comer algo caliente. Y pedí un plato. “¿Con patatas?”, me preguntó el camarero. Miré hacia la bandeja de patatas. Me bastó con una mirada. “No, gracias”, le contesté.
Como era de esperar, me calentaron los libritos en el microondas. Salieron de allí humeantes y desprendiendo un extraño aroma que por un momento me recordó el retrete del bar de Jacinto, allá en mi barrio. Puse el plato en la bandeja, cogí una cerveza y fui hacia la caja, resignado a pagar por aquella mierda.
Por supuesto, el rebozado estaba pastoso, el lomo seco y el relleno escaso. Cuando lo probé pensé que me había equivocado de plato. Que lo que estaba comiendo no tenía nada que ver con lo que había conocido hasta ese momento como comida. Que aquello era un experimento de la NASA, y que yo había sido elegido para participar en un programa destinado a probar un nuevo tipo de alimento para dar de comer a los cerdos en el espacio.

Desde aquel día juré que nunca más comería en una estación de servicio.
A día de hoy sigo cumpliendo aquel juramento.
Por los siglos de los siglos.
Amén.







miércoles, 11 de febrero de 2015

Los espaguetis a la carbonara

Aquel día tenía hambre, como todos los días. Me apeteció comer unos espaguetis a la carbonara. Hacía tiempo que no los comía. No es un plato que haga muy a menudo porque es una “bomba”. Sobre todo por la nata. No sé cuantas calorías debe de tener un plato de espaguetis a la carbonara, pero me lo imagino (un montón). Y más como los hago yo: primero frío unos taquitos de beicon (un montón) y unos ajos troceados (un montón, también). Cuando están bien fritos les pongo la nata (un montón de nata) y lo dejo un rato a fuego lento. Apago el fuego y lo dejo reposar unos minutos para que la nata coja bien el saborcillo. Después pongo los espaguetis en el plato (un montón) y echo la salsa por encima (un montón de salsa) hasta que quedan bien mojaditos, lo remuevo suavemente, le echo un montón de pimienta blanca y a comer.

Y fue lo que hice aquel día. Me comí dos platos. Me dejé llevar por la gula, pero disfruté como un enano. Aunque sabía que tarde o temprano todo aquello que me había tragado se iba a notar en mi estado físico a partir de aquel momento.

Así fue.

Salí al balcón y me senté a tomar un café. Era un día soleado de mediados de otoño, aunque la noche anterior había llovido torrencialmente provocando la caída de las hojas de los plataneros que se esparcían por toda la calle. Recordé que tenía una reunión importante por la tarde, pero aun faltaban un par de horas. Estaba tan a gusto después de haberme atiborrado de espaguetis a la carbonara que me apeteció escribir algo. Por practicar. Pensé en describir detalladamente aquel confortable día, contar todo lo que ocurriera a mi alrededor a partir de ese momento con la idea de convertirlo en un precioso…

Cuento de otoño

El sol alumbraba mi balcón. El viento empujaba las hojas de los plataneros que pasaban frente a mí volando estremecidas hacia su funesto destino. Revoloteaban inseguras, temblorosas, como platillos volantes conducidos por extraterrestres cocainómanos, mientras las gaviotas hacían su ronda por los tejados, como de costumbre. Frente a mi balcón, una mujer se…
No recuerdo nada más. En ese instante me quedé profundamente dormido. La sobredosis de espaguetis a la carbonara junto con aquel agradable calorcito me provocaron una modorra que me dejó K.O. en 57 segundos.

Al despertar no sabía ni donde estaba. Hojas de platanero se amontonaban en mi regazo, derrotadas por el viento. Recordé lo de los espaguetis y que estaba escribiendo algo. Vi la libreta y el bolígrafo en el suelo, lo recogí, bostecé un par de veces y leí lo que había escrito. Lo de “extraterrestres cocainómanos” no me acabó de gustar, se apartaba un poco del estilo clásico que quería imprimir al cuento de otoño…

Entonces me acordé de la reunión. (Reunión… reunión… reunión = importante)… Me levanté de sopetón. Miré el reloj. Solo faltaban veinte minutos… Y tenía que cruzar toda la ciudad en el metro hasta mi destino. Imposible. Llegaba tarde, seguro. Pensé en mi cuento. Me apetecía terminarlo. Pero tenía prisa (reunión = importante)… Me vestí en un abrir y cerrar de ojos y bajé las escaleras de dos en dos o de tres en tres, no sé. Tenía prisa. En la calle, un barrendero recogía las hojas de los plataneros con parsimonia mientras los transeúntes pisaban las hojas que aun quedaban por barrer convirtiéndolas en un sinfín de delicados pedacitos.

La cara del barrendero era todo un poema.

Pero yo tenía mucha prisa (reunión = importante)… Llegar a aquella reunión se había convertido en un reto. Tenía que conseguirlo. Pensé en mi cuento de otoño mientras corría. Tuve una idea, no recuerdo cual. Entré en la estación bajando las escaleras de tres en tres, de cuatro en cuatro, no sé. Tenía prisa (reunión = importante). Una majestuosa hoja de platanero, que a pesar de su tamaño había sucumbido al capricho del otoño, estaba allí, al borde del último escalón, esperando mi llegada. Resbalé y caí hacia delante bruscamente, aterrizando en un mar de hojas, por el que me deslicé hasta darme de narices con la máquina de refrescos del hall. No me rompí la cabeza de milagro. De pronto, un golpe de viento atrajo la montaña de hojas hacia mí y fueron enganchándose en mi ropa hasta cubrirme todo el cuerpo. Alguien me levantó y me preguntó si estaba bien. Yo le dije que sí… pero era mentira, claro. Estaba a punto de desmayarme.

El barrendero bajaba las escaleras en ese momento y se plantó delante de nosotros apoyado en su escoba.
-Menuda mierda –murmuró, escupiendo encima de las hojas.

Después de ventilarme un poco, fui hacia las máquinas de acceso, pasé la tarjeta de metro (esa que se lleva buena parte de mi sueldo) y bajé al andén. Mientras esperaba la llegada del tren, no pude reprimir mirar las noticias en los monitores de la estación. El titular decía que la tormenta de la noche anterior había provocado la desnudez de todos los plataneros de la ciudad. Millones de hojas se habían escapado de sus ramas y estaban invadiendo las calles. Se vio una casa totalmente destrozada por el peso de una montaña de hojas de platanero. En otra imagen, ejércitos de hojas atacaban a los transeúntes y bloqueaban el paso de los coches hacia la autopista. Por los altavoces anunciaron que el servicio de metro se había suspendido por una gran invasión de hojas de platanero en uno de los túneles. Los que estábamos en el andén nos mirábamos incrédulos. Incluso se oyeron risas. Hasta que un estruendoso ruido nos alarmó. Chorros de hojas de platanero bajaban arrastrándose como gusanos por las escaleras de salida, provocando el pánico entre los viajeros. Las hojas, desafiando las leyes de la gravedad, se subieron por las paredes y por el techo. Hasta que lo cubrieron todo dejándonos en la más profunda oscuridad.

Lo que empezó como un agradable día de otoño acabo siendo una escalofriante pesadilla.

Nadie saldría vivo de allí.

Por lo menos, hasta la primavera.

Y así termina mi cuento de otoño. No salió como lo había planeado en un principio, pero lo terminé. 

Al final la reunión no era tan importante.


Ilustración: Aniola Guilera