lunes, 3 de julio de 2017

El premio (capítulo 8)

Cuando volví a despertar ya era mediodía. Me duché, me afeité y me vestí con parsimonia. Era como si no quisiera enfrentarme a lo que me iba a deparar aquel día. Por mi cabeza pasó la idea de largarme de aquella ciudad, coger el primer avión que saliera hacia Barcelona y olvidarme de todo lo que había venido a hacer allí. Pero en el bolsillo de mi pantalón llevaba dos llaves y una nota con la dirección del abogado de Pablo Iglesias.
      Bajé las escaleras del hotel hasta el segundo piso. Allí me paré. Escuché la voz aflautada del teniente Navarro hablando con el dueño del hotel en el piso de abajo. No tardé ni un segundo en subir corriendo escaleras arriba hasta la azotea. Por suerte, las azoteas de los edificios colindantes estaban a la misma altura. Crucé dos o tres bloques hasta encontrar una de las puertas abiertas. Bajé las escaleras de tres en tres hasta la calle. Rápidamente me dirigí a la estación de metro, tal como había hecho el día anterior. En el puesto de salchichas había otro vendedor atendiendo. Flaco y con barba. Fue una lástima, me hubiese gustado hablar con aquel tipo de Alicante para que me explicara como sabía lo de Pablo Iglesias. No me paré. Bajé las escaleras del metro como si me persiguiesen de nuevo, pero miré a mi alrededor y no había ni rastro de los hombres de blanco. Esta vez compré el billete hasta el Bronx como cualquier pasajero.

      —A ticket to… St. Mary Street, please —dije, jadeante.
      —Are you sure? That’s the Bronx. Not for turists.
      —¡Pues claro que estoy seguro!¡A ticket to… St. Mary Street! ¿Está sordo, o qué?      —Estaba harto de que todo el mundo me diera consejos.
      —Three dollars.




      En el domicilio de Pablo Iglesias, la puerta de la calle que daba al almacén seguía abierta. El local de culto estaba con la persiana bajada y no pasaba nadie por la calle. Me pareció ver un movimiento en los visillos de la ventana de Lupe, la vecina de enfrente. No me preocupó demasiado. Aproveché el momento para entrar. Cerré la puerta para que no me vieran desde fuera y me quedé a oscuras. Utilicé la linterna del móvil y subí aquellos cuatro o cinco escalones hasta el zulo. Cogí una de las llaves y abrí la verja. Al entrar, tuve que agacharme para no golpearme la cabeza contra el techo. Un cuartucho de tres metros por cuatro lleno de polvo apareció ante mí. En la pared de enfrente estaba el armario de los trastos que me comentó Pablo Iglesias. Había una lámpara en el techo con un interruptor de cadena. La estiré, pero no funcionaba. Dejé el móvil apoyado en el ventanuco que daba al callejón para iluminarme. Aparté el armario, una legión de ratones salió en estampida y se metieron por un agujero que había en una de las esquinas. Busqué una pala o algo parecido para cavar, solo encontré un destornillador grande y un martillo oxidados. El suelo era de tierra, pero aún sobrevivían algunas placas de cemento. Respiré hondo y empecé a escarbar, por fin sabría si era verdad lo que dijo Pablo Iglesias…
      Quizá encontrara más respuestas sobre mi padre.

      En ese mismo momento, alguien abrió la puerta de la calle y me cegó la luz del sol. Aparecieron dos siluetas a contraluz. Eran aquellos tipos de blanco que venían a por mí. Fueron acercándose poco a poco. No tenía lugar donde esconderme. Agarré el destornillador y me atrincheré tras el armario, como si aquello fuese a salvarme. Se plantaron frente a la puerta del almacén. Me sentí acorralado. La adrenalina corrió por todo mi cuerpo como si me hubiese tomado un brebaje vivificador, y de pronto sentí que podía burlar a aquellos tipos si ponía todas mis energías en ello. Me sentí fuerte, como un toro bravo. Tenía que aprovechar aquel momento de furia. Me lanzaría hacia ellos blandiendo el destornillador como un gladiador que no tiene nada que perder y me abriría paso entre los dos como una bestia salvaje, escapando por la puerta sin darles tiempo a reaccionar. Tampoco había demasiadas opciones. Corrí hacia ellos en embestida gritando como un energúmeno, dispuesto a clavar el destornillador a cualquiera que se interpusiese en mi camino, pero uno de ellos me interceptó y me agarró la muñeca, inmovilizándome el brazo en una décima de segundo. El otro sacó del bolsillo de su chaqueta una jeringuilla  con un líquido amarillento y, sin mediar palabra, me lo inyectó. Sentí un mareo y ganas de vomitar, como si estuviese en un barco a la deriva en medio del océano.
      No recuerdo nada más.

      Cuando desperté, estaba tumbado en la cama de una pequeña habitación. Atado de de pies y manos, amordazado. Me explotaba la cabeza. Intenté deshacerme de mis ligaduras, pero solo fue un acto reflejo. Ni podía ni tenía fuerzas para hacerlo.
     La habitación era tan pequeña como el zulo de Pablo Iglesias. Estaba totalmente vacía, iluminada por la escueta luz de una lámpara de emergencia. Ni siquiera había ventanas. Nada podía hacer más que esperar.

     Los dos tipos de traje blanco entraron al cabo de unos minutos. Vistos, así, de cerca, me pareció que eran gemelos. Me liberaron las manos y los pies y me sacaron a rastras de la habitación. Me acompañaron por un interminable pasillo hasta que entramos en un lujoso salón repleto de aparatosos muebles clásicos de la mejor madera que pueda existir. En el centro del techo, que estaba decorado con multitud de rosetones, colgaba una gigantesca lámpara de cristal. Imaginé que, de un momento a otro, aquellos dos tipos empezarían a bailar un vals. Frente a nosotros, un despampanante vitral que parecía haber sido sustraído de alguna catedral gótica, dejaba pasar una cálida luz que dotaba a la estancia de un ambiente místico, y que alumbraba la aparatosa mesa de cristal tras la cual se sentaba la persona que seguramente me aclararía que mierda estaba haciendo allí.
      Me sentaron en un sillón frente a él y me arrancaron la cinta que me tapaba la boca. Aquello me dolió, y mucho. Después de soltar un aullido, no podía hacer otra cosa que preguntar…

      —¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué me retienen?—Lo pregunté con la boca pequeña, sin convicción. Todavía estaba un poco aturdido.

      No contestó. Se quedó mirándome con la cabeza ladeada, mientras extraía un soberbio cigarro de una caja de puros donde se podía leer: «SuperMontecristo. Extra Size. Hecho a mano. La Habana». Uno de los gemelos se acercó y le ofreció fuego con una quilométrica cerilla de madera. El exagerado tamaño del puro, y de todo lo que le rodeaba, contrastaba con su aspecto.
      Era un tipo bajito, casi enano. Una boca con labios gruesos le atravesaba toda la cara, casi de oreja a oreja, como si alguien se la hubiese cortado con una navaja. Allí cabrían siete puros, por lo menos. Tenía la nariz redonda, de patata, los ojos enormes y unas pobladas cejas que acababan uniéndose en el centro y tan extensas como su boca. Por un momento pensé que estaba delante de un personaje de dibujos animados. Una rana con patas, por ejemplo.
     
      —Ha llegado a mis oídos que ha estado husmeando en casa de Pablo Iglesias. Eso me tiene intrigado ¿Qué estaba haciendo allí?
     
      Su voz me confirmó que podría ser perfectamente una rana. Soltaba chasquidos con el paladar cuando pronunciaba la «p» y la «t», y a veces también con la «i» y con la «o». Con las demás vocales parecía que se llevaba bien, no así con la «s» que la arrastraba como una serpiente.

      —Si se lo cuento no se lo va a creer. —Intenté ponerme a la altura de la situación y pensar una estrategia para poder salir vivo de allí.
      —Pruebe a ver, a veces soy muy ingenuo.
      —No me creerá, ya le aviso.
      —No me diga lo que he o no he de creer. —dijo, revolviéndose en su sillón.
      —Si quiere se lo cuento, pero no me va a creer, seguro. Se lo digo por experiencia.

      Estaba ganando tiempo. No podía contarle la verdad, eso nunca me había funcionado. En aquella situación extrema tenía que ser valiente y arriesgarme con algo diferente. Durante aquellos instantes la cabeza me iba a cien por hora.

      —Suéltelo ya, estoy empezando a impacientarme. —Sus minúsculos dedos apenas podían agarrar el puro. Volvió a recolocarse en el asiento. Me pregunté por qué no se había comprado un sillón a su medida.
      —¿Por dónde quiere que empiece, por el principio? —El que no sabía por dónde empezar era yo.
      —Eso está bien, me parece buena idea, empecemos por el principio. ¿Quién es usted? —Sonrió con aquella boca inmensa. Me estremecí.
      —¿Yo?
      —¿Se da cuenta que está hablando como un imbécil? Dígame quien es y que hace aquí o le ordeno a uno de mis chicos que le reviente la cabeza.
      —Soy… soy… soy el hijo de Carlos —Mi voz interior despertó de repente y me abrió un camino difícil y peligroso, pero un camino al fin y al cabo.
      —¿Carlos? ¿Qué Carlos?
      —Carlos, el que hacía todos aquellos trabajos sucios, creo que usted lo contrató varias veces, ¿no?
      —¿Carlos Cifuentes, el fontanero?
      —No, no, el otro Carlos. —Se me ocurrió guiñarle un ojo.
      —¿Por qué me guiña el ojo? No sé a qué Carlos se refiere.
      —Bueno, a lo mejor con usted utilizaba otro nombre, era muy precavido con esas cosas. ¿Vicenzzo, quizá?
      —¿Vicenzzo? ¿André Vicenzzo? —Bingo.
      —El mismo.
      —Ese hijo de puta lleva años desaparecido, me debe noventa mil dólares. Supongo que has venido a devolvérmelos. Espero que sea eso, porque si no vas a salir con las patas por delante.
      —Sí, exactamente. Por eso estaba en casa de Pablo Iglesias, ese cabrón le debe mucho más a mi padre. Le pagaré con intereses cuando consiga el dinero.
      —¿Y donde coño está tu padre?
      —Comprenderá usted que eso no puedo decírselo.

      Volví a hablar como Humphrey Bogart. Esta vez podía fumar, le pedí un cigarrillo. Me ofreció un puro. Uno de sus secuaces me dio fuego con una de aquellas cerillas gigantes. Me acomodé un poco más relajado en mi sillón. Me entraron ganas de soltar un bufido, pero me reprimí.

      —¿Y dónde está el dinero?
      —Eso aun tengo que descubrirlo. Una vecina me dijo que Iglesias estaba ingresado en un psiquiátrico. Me disponía a ir hacia allí cuando llegaron estos dos. —Me giré para mirar la cara que ponían y les regalé una cínica sonrisa. Cada vez me sentía más seguro de mí mismo. Continué—. Mi padre me dijo que había dado un buen golpe con Iglesias y que el muy hijo de puta le había traicionado. Lo debe de tener escondido en algún sitio.
      —Todo esto es muy extraño.
      —Ya le dije que no me creería.
      —¿Y qué piensas que tenemos que hacer ahora, dejarte marchar?
      —Me pueden acompañar si quieren, no tengo nada que ocultar. De todas maneras, iba a venir aquí cuando tuviese el dinero, mi padre está harto de esconderse. —Eché una bocanada de humo que me cubrió toda la cara. Deseé desaparecer como en aquel espectáculo de magia de David Copperfield.
      Crucé los dedos. Todos.
     


      Milagrosamente, el jefe hizo un gesto de aprobación a sus esbirros para que me acompañaran. Me agarraron y me sacaron fuera del despacho. Estuvimos paseando un buen rato por un laberinto de escaleras y pasillos hasta llegar a la planta baja. Aquella casa era enorme, y tardamos un buen rato en llegar hasta la salida. La tensión se palpaba en el ambiente. Tuve la impresión de que los gemelos eran mucho más listos que su jefe y no se creían nada de todo aquello, aunque siguieron sin hablar. Pensé que quizá serían mudos. Cuando cruzamos la puerta, apareció ante mis ojos un fastuoso jardín con una variedad botánica increíble. Si Darwin levantara la cabeza se quedaría a vivir allí, seguro. En el centro, un precioso estanque repleto de nenúfares servía de refugio a una manada de ranas, que croaban alegremente a su alrededor.
      Nos subimos en un Mercedes descomunal y salimos de allí en dirección al psiquiátrico de Brooklyn. Mientras nos alejábamos, respiré profundamente aliviado, contemplando el inmenso castillo que estábamos dejando atrás. En aquel edificio podrían vivir medio millón de hombres rana como aquel.
      Durante el camino tuve mucho tiempo para pensar. En ese aspecto tenía alguna posibilidad sobre aquellos dos matones. Nunca podrían saber lo que estaba maquinando en mi interior. Es una de las ventajas que tenemos los más débiles, los que no sabemos utilizar la fuerza bruta.

      No hablaron en todo el viaje. Eran mudos, sin duda. Aparcaron el Mercedes frente al hospital y les dije que esperaran. No sabía qué hora era. Mi móvil se había quedado apoyado en el ventanuco del almacén, seguramente estaría sin batería. Entré. El reloj que colgaba sobre el recepcionista marcaba las ocho menos cuarto.

      —Que sorpresa, no le esperábamos tan pronto. ¿Viene a visitar al señor Iglesias de nuevo? —El recepcionista parecía que se alegraba de verme.
      —Sí, me olvidé de preguntarle una cosa. ¿Puedo verle un momento?
      —Ya no está aquí, han vuelto a trasladarlo a la cárcel de Rikers Island. Quizá pueda visitarlo allí.
      —Vaya, que lástima. —Pero en realidad era mucho mejor así.
     

      Le pregunté por el lavabo. En esa misma planta había uno, al fondo, pasada la salida de emergencia. Eso era lo que me interesaba, una salida de emergencia. Abrí y cerré ruidosamente la puerta del lavabo para disimular y reculé hasta la puerta de emergencia, pero estaba bloqueada con una delgada cadena de seguridad. Busqué algún artilugio para forzarla. Lo encontré en el lavabo. Una escobilla metálica fue mi salvación. Rompí la cadena de un palancazo y escapé por la calle de atrás. No acababa de creérmelo, me pareció demasiado fácil. Fui rápidamente hasta la estación de metro. Tenía que volver al Bronx, a la casa de Pablo Iglesias. Tenía que desenterrar aquella caja y comprobar lo que había en su interior. Resolver el enigma de mi padre estaba resultando realmente peligroso, pero ya no había vuelta atrás.

martes, 4 de abril de 2017

El Premio (Capítulo 7)

      Lo dejaron allí, de pie, cabizbajo, y me informaron que el horario de visitas terminaba a las ocho. Eran las siete y media.

      —Si tiene algún problema pulse el timbre, ese que hay en la pared, detrás de usted. —Los dos enfermeros se marcharon y cerraron la puerta con llave. Eso me inquietó un poco.

      Pablo estuvo un rato sin decir nada. Levantó la cabeza y me miró con desprecio. Lo noté mucho más viejo que en la foto, con el rostro demacrado, los ojos tristes y los labios secos y agrietados. Los cuatro pasos que dio para llegar hasta la silla y sentarse a mi lado se me hicieron eternos. Apoyó sus manos sobre la mesa y habló con voz ronca, como si se acabara de fumar cuatro paquetes de tabaco en los últimos cinco minutos.

      Saqué mi cuaderno de notas.

      —Ya era hora de que aparecieses, después de tantos años. Maldito cabrón.
      —¿Cómo dice?
      —Te estuve esperando en el garaje durante horas. ¿Qué hiciste?, ¿me delataste?
      —Creo que se confunde, yo solo quería conocerlo para…
      —Tienes que sacarme de aquí, Carlos. Te diré donde está el dinero, pero sácame de aquí. Me lo debes.
      —No sé de qué me está hablando. Le repito que me está confundiendo con otra persona.
      —Dijiste que volverías con el coche. Me dejaste allí con el fiambre y te largaste. Seguro que solo vienes a por el dinero.
      —Yo solo quería conocerle para… —Me callé, era inútil contarle la verdad, estaba como una regadera, era evidente.
      —Me tendiste una buena trampa aquella noche. Sabías que no podría delatarte. ¿Quién puede delatar a un fantasma? Cargué con el muerto yo solito —continuó.

      Algo pasó por su cabeza en ese momento, porque de pronto se quedó pensativo y me observó minuciosamente.

—Pero…, estás…, veo que te mantienes muy joven, Carlos… ¿Te has hecho la cirugía o qué?… No me extrañaría, recuerdo que eras muy presumido… 
      —Yo no soy Carlos, se está confundiendo.
      —Carlos, Vicenzzo, Andrés, Mario… ¿Qué nombre utilizas ahora? ¿Piensas que soy idiota? Reconocería esa cara a un quilómetro. Eres Carlos, me lo vas a decir a mí. Llevo tu rostro tatuado en el cerebro desde aquel día.
      —Le repito que no soy Carlos, quizá tengamos cierto parecido, no sé… Yo no soy de Nueva York, vivo en Barcelona, en España… —Lo vi tan convencido que empecé a pensar que me conocía de verdad.
      —¿Barcelona?... Aaah… ¡Clarooo! ¡Eres su hijo!… ¡Así que ha mandado a su hijo para sonsacarme, el muy hijo de puta! —dijo, alzando la voz violentamente.
      —Yo… yo no veo a mi padre desde hace más de veinte años.
      —¡No intentes engañarme! ¡Te ha enviado él! ¡Maldito bastardo! —gritó, incorporándose de repente.

     
      Uno de los enfermeros abrió la puerta de la sala bruscamente en ese mismo momento. Me llevé un susto de muerte.

      —¿Va todo bien?
      —Sí, no se preocupe… Todo bien —dije. Pero era mentira, aquello no iba nada bien.
      —Vayan acabando. Le queda poco tiempo.

      Cuando el enfermero volvió a cerrar la puerta nos quedamos unos segundos en silencio. Pablo me miraba como si mi cara fuera un cuadro de Kandinsky.

      —Si no te ha enviado tu padre, ¿Qué coño haces aquí?

      Respiré hondo y le conté la verdad. Todo. Paso a paso. Detalle a detalle. Minuciosamente.

      —¡Basta, basta! ¡Primero tu padre y ahora tú! ¿Crees que no tengo bastante con estar aquí metido? ¿Te estás riendo de mí? Como voy a creerme que me has elegido al azar… Y eso del concurso literario. Y lo de tu padre… ¡Eso es imposible! ¡Es de locos!
      —Le juro que le digo la verdad. Ni siquiera he sabido nunca a que se dedicaba mi padre… ¿De qué lo conoce?
      —Tu padre era el hijo puta asesino más listo que he conocido.
      —¿Asesino? ¿Mi padre? —No sé porqué, empecé a dudar.
      —Trabajaba con varias familias de la mafia. Se movía por todo el mundo. No sé cómo se las arreglaba para que todos confiaran en él. Era más listo que todos los capos juntos.
      —Ahora soy yo el que no se cree nada. Vivía con nosotros en Barcelona, nunca vi nada que me llevara a pensar eso. Eso es imposible. Se lo está inventando.
      —Lo de Barcelona era una tapadera, como otras tantas que tenía. Una tapadera genial. Un padre de familia que volvía a casa después de un viaje de trabajo. Era un genio para esas cosas. Quizá aún lo es.
       —Pero, ¿y mi madre? Ella nunca sospechó nada…, era un ama de casa como cualquier otra. Tuvo tres hijos con él.
      —¿Tu madre? Tu madre era un corderito. Tu padre la sacó de un prostíbulo y la embaucó para que se casara con él y montar toda aquella farsa. Te repito que tu padre era un puto manipulador.
          
      Me quedé sin palabras. En ese momento, vimos a través del cristal como se acercaban los enfermeros para abrir la puerta. Se había acabado el tiempo de visita. Pero antes de marcharme, Pablo Iglesias me cogió la mano, depositó en ella un objeto pequeño envuelto en un papel pringoso y me susurró al oído.

      —Eres mi única oportunidad. Nunca me sacarán de aquí. Tienes que ir a mi casa del Bronx, en el almacén hay enterrada una caja fuerte, bajo el armario de los trastos. Ábrela, allí encontrarás repuestas sobre tu padre. También encontrarás el dinero y unos documentos que implican a varios senadores en el asesinato de Luther King. Es lo único que me dejó ese malnacido. Aquí tienes las llaves. Disculpa el olor, pero las llevo siempre metidas en el culo, por seguridad. Quédate con el dinero y lleva los papeles a mi abogado. Eso me sacará de aquí. La dirección está en la nota. Haz esto por mí, tu padre me lo debe.

       Me metí las llaves en el bolsillo disimuladamente. Los enfermeros se llevaron a Pablo, que me lanzó una mirada suplicante. El doctor Sánchez me esperaba fuera.

      —¿Qué, como ha ido? ¿Le ha contado algo interesante sobre su padre? —Sus ojos escrutaron los míos como si tuviesen rayos X.
      —Nada que no supiera —contesté. En mi vida había dicho una mentira más gorda.
      —Pues se le veía muy atraído por la conversación, como si le afectara mucho lo que le decía.
      —¿Nos ha estado espiando?
      —Solo por seguridad, ya ha visto como se ha puesto. Es un hombre muy peligroso y mentalmente desequilibrado.
      —Sí, creo que le deberían cambiar la medicación, parece que la que toma ahora no está surtiendo efecto —dije, dando por finalizada la conversación.
     
      Nos despedimos con otro apretón de manos. Esta vez yo también apreté todo lo fuerte que pude. Me pareció escuchar un crujir de huesos, y no precisamente los suyos. Cuando me dirigía a la salida, el recepcionista me saludó como si me conociera de toda la vida.

      —Hasta la vista, esperamos verle por aquí de nuevo. Las visitas siempre sientan bien a nuestros pacientes.
      —Lo intentaré, buenas tardes.

      Ya anochecía cuando salí al exterior. El cielo estaba plagado de nubes oscuras que amenazaban con descargar una tormenta de un momento a otro. Decidí volver al hotel a descansar. Estaba agotado. No me veía buscando aquel misterioso tesoro en un lúgubre almacén del Bronx en una noche tormentosa. Sí, sería una escena muy intrigante para mi relato, ideal para una novela negra, seguro que me inspiraría algo, pero me pareció más sensato ir a la mañana siguiente, a la luz del día, para descubrir si era verdad todo lo que me había contado Pablo Iglesias.
      Aún estaba impactado por lo que había dicho de mi padre. Un asesino a sueldo. No podía ser cierto. Nuestra familia, una tapadera. Increíble. Y que hubiese estado involucrado en el asesinato de Luther King me pareció surrealista, demasiado rebuscado, un truco barato sacado de la chistera de un mago paranoico. Y la historia de mi madre. Imaginar que vivió toda su vida en la ignorancia, me hacía estremecer. Nada tenía sentido. Estuve todo el viaje pensando en ello, atando cabos, intentando hurgar en mi memoria familiar para descubrir algún indicio de toda aquella locura.

      Tenía que reconocer que mi madre tampoco era una mujer muy dicharachera. Es cierto que era una persona bastante ignorante, con pocos estudios. También era exageradamente sumisa con mi padre, eso era verdad, y poco convencional en sus relaciones sociales. Pero la recuerdo algunas noches contándome cuentos antes de irme a dormir o paseando por el parque con mis hermanos, como cualquier madre. Cocinaba muy bien, hacia unas paellas riquísimas y unos canelones de pollo increíbles. Cuando no tenía nada que hacer en casa, lo único que hacía era ver la tele, se pasaba horas viendo cualquier cosa. No le recuerdo ningún hobby. No hablaba mucho de sus padres, ni de su infancia. Una vez nos contó que sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando era pequeña, y que eran de Murcia, nada más. Tenía poquísimas fotos. Recuerdo una especialmente, en blanco y negro, de cuando iba al colegio. Estaban todas las niñas de la clase en formación, delante de la puerta del colegio, flanqueadas por dos monjas con cara de asco.
      No se maquillaba nunca. Eso de que había sido prostituta no me cuadraba por ningún sitio. Era bajita, flaca, con la cabeza pequeña y las piernas delgadas, apenas tenía pechos y no era especialmente guapa. Si trabajó alguna vez en un prostíbulo, debió de ser en un prostíbulo para clientes muy especiales. Cuando nos fuimos de casa, la íbamos a visitar como hacen los hijos que no tienen mucha relación con sus padres, de uvas a peras. Nunca llamaba por teléfono, ni se preocupaba demasiado por nuestras largas ausencias. Cuando ya fue mayor, la cuidamos entre los tres hermanos. Estuvo viviendo con mi hermano Juan una temporada y más tarde en casa de mi hermana hasta que murió de cáncer hace cuatro años. No vino nadie al entierro. No nos pareció raro. Tal como era mi padre, y con lo poco que se relacionaba ella, nos pareció de lo más normal. Tenía que reconocer que éramos una familia poco convencional. La conversación con Pablo Iglesias me lo había recordado.

      Lo primero que hice cuando llegué al hotel, fue apuntar la dirección del abogado en un papel limpio y lavar aquellas llaves apestosas.
      Me sentí un idiota.
     
      Apenas pude dormir aquella noche. Tuve un sinfín de pesadillas. En una de ellas, mi padre mataba a mi madre de un tiro en la nuca, sonriendo como un supervillano. La mantuvo unos minutos interminables de rodillas delante de nosotros antes de disparar, mientras los tres hermanos comíamos palomitas. En el sueño yo debería de tener unos diez años. Mi hermana Laura me comentaba: «¿No estás contento? Por fin sabemos de qué trabaja papá», y Juan se encerraba en su habitación a leer el último libro de Harry Potter. Yo me quedaba allí, comiendo palomitas y preguntando…

      —¿Siempre lo haces así, de un tiro en la nuca?
      —Depende de lo que quiera el cliente.
      —¿Has descuartizado a alguien?
      —Sí, claro, un montón de veces.
      —¿Y quién te ha contratado para matar a mamá?
      —Este es un asunto personal.
     
      Después me ordenaba limpiar la sangre que había desparramada por el suelo, mientras él arrastraba el cuerpo de mi madre hasta el lavabo. Lanzaba el cuerpo por la taza de un inodoro gigante y tiraba de la cadena. El cuerpo daba vueltas y vueltas pero no acababa de ser engullido por el agua. Entonces mi padre me entregaba un mocho para que lo empujara, como si estuviera cargando el cañón de un barco pirata.
      Así toda la noche.


      Me desperté agotado y sudoroso. Me sentí como si llegara de correr una maratón olímpica. Abrí la luz, miré el reloj. Eran las siete. Me volví a tumbar en el colchón. Me entretuve observando una araña tamaño XL que rondaba por el techo. Había fabricado una gran tela de araña en uno de los rincones y tenía la despensa llena de moscas. Me imaginé atrapado en ella. Sin darme cuenta, me quedé dormido otra vez.

viernes, 17 de febrero de 2017

El premio (capítulo 6)

      Recuerdo que desperté pensando que estaba en Barcelona y busqué adormilado el interruptor de la lámpara de mi mesita de noche, pero mi mano solo palpó el suelo. Me sorprendí. Miré a mi alrededor intentando situar la puerta del balcón de mi casa y la luz que suele entrar por la ventana entreabierta, pero la oscuridad era absoluta. Entonces recordé donde estaba. Me levanté resacoso y me puse a palpar todas las paredes a oscuras buscando el interruptor de la luz, hasta que lo encontré. Miré la hora en el móvil. Eran casi las cuatro de la tarde. Había perdido toda la mañana. Me vestí rápidamente. Situé en el mapa la dirección que me había dado Fredo. Estaba en el Bronx, a más de dos horas andando. Busqué la estación de metro más próxima, Canal St., en la línea seis, que llevaba directamente a la zona donde tenía que dirigirme y salí a la calle a seguir con mis pesquisas.

      Antes de entrar en el metro me compré un hot dog en uno de esos carritos callejeros tan peculiares. El dependiente era gordo y con bigote, y me recordó a Ignatius Reilly, el obeso protagonista de La conjura de los necios. Recordé la descripción que hacía de sus salchichas en la novela y me lo empecé a comer con un poco de aprensión. Estaba sabroso y grasiento, como imaginaba. Me pedí un café.


      —¿Sabe que le están siguiendo? —dijo de repente el dependiente.
      —¿Cómo?
      —Allí, en la esquina.

      Disimulé todo lo que pude y giré la cabeza lentamente hasta visualizar la esquina. Dos tipos con traje blanco y gafas de sol cruzaban la avenida apresuradamente hacia nosotros.

      —¿A qué espera?, lárguese.

     No sé porqué, le creí. Le pagué el café y salí corriendo hacia las escaleras del metro. No podía pararme a comprar el billete, así que salte el control y corrí hacía el tren que estaba estacionado en el andén en ese momento. Entré justo antes de que se cerraran las puertas, y tuve que tirar de mi mochila para que no quedara atrapada.
      Me mezclé entre la gente que abarrotaba el vagón como un fugitivo y me apoyé en una de las esquinas ocultándome detrás de un tipo alto con rastas. El tren se puso en marcha y vi como los hombres de blanco se quedaban en el andén mirando hacia todas partes. Era cierto, venían a por mí.
      Aquello no tenía ningún sentido. ¿Por qué me seguían? ¿Sería cosa del teniente Navarro?
      Las estaciones fueron pasando y conseguí relajarme. Seguí dándole vueltas a lo que acababa de suceder, intentando encontrarle algún sentido. No lo logré. Los restantes cuarenta minutos que duró el viaje los dediqué a pensar en mi relato. Tenía que seguir avanzando y empezar a decidir de una vez el argumento. Terminar lo antes posible y largarme de Nueva York, las cosas se estaban complicando.

      Saqué el cuaderno de notas.

      El teniente Navarro y Gina, la camarera/disckjockey, me parecieron buenos personajes para lo que tenía pensado, y los tipos que me acababan de perseguir, también. Lo anoté. También anoté como posible personaje al vendedor de salchichas. Más tarde, me entretuve observando a los pasajeros en busca de algún rostro que me sugiriera algo. No encontré nada especial en ellos. También miré mi correo. Me habían escrito para pedirme que colaborara en una revista digital. El Facebook de Pablo Iglesias seguía sin inmutarse. Marqué en el mapa la estación de metro donde tenía que bajarme y la ruta a pie hasta la casa de Pablo Iglesias.

     Era una casa de madera de tres plantas muy deteriorada. Desde la calle se podía acceder a la planta baja por una pequeña puerta. Estaba abierta, me asomé. Cuatro o cinco escalones llevaban hacía otra puerta todavía más pequeña. Supuse que era una especie de almacén, un zulo más bien. Otra escalera subía lateralmente desde la calle hasta una terraza por donde se podía acceder a la casa. Toda la primera planta estaba enrejada, como una cárcel. No parecía estar habitada. No encontré ningún timbre, di un par de voces, pero no contestó nadie.


      Al lado de la casa, separado por un estrecho callejón, sobrevivía un cochambroso garaje que se utilizaba como local de culto. Sobre la entrada, un cartel de madera con letras góticas anunciaba: «Movimiento de Iglesias Pentecostés. Una luz en el camino. Jesucristo salva y sana». Una mujer mulata, bajita y con un trasero inmenso, salió del local en ese momento fumándose un puro y arrastrando un cubo con un mocho. Se puso a limpiar la acera.

      —Buenas tardes, disculpe, ¿sabe si vive alguien en esa casa?
     —Pues, hace meses que no veo a nadie. Antes vivía un viejo gruñón que no decía ni los buenos días. Un huevón del carajo. —Se pasaba el puro de un lado a otro de la boca mientras hablaba.
      —¿No sería éste por casualidad? —Le enseñé la foto.
      —Sí, éste mismo. Menudo pendejo estaba hecho. Un «hijoeputa», eso es lo que era. Que Dios me perdone —dijo, santiguándose con el puro.
      —¿Y sabe dónde está ahora?
      —No lo sé, algunos vecinos dicen que se lo llevaron con una ambulancia. Espero que esté camino del infierno. Pregunte a la Lupe, ahí, en la casa roja. Ella lo sabe todo, siempre está fisgoneando por la ventana.
      La dejé allí, limpiando, y crucé la calle.

      Aquella tal Lupe me dijo que Pablo iba y venía de la cárcel, pero que la última vez se lo habían llevado a un centro de salud mental de Brooklyn. No me alegré exactamente, pero pensé que esa situación le vendría muy bien a mi relato. Los enfermos mentales siempre dan mucho juego en las historias de misterio. Apunté el nombre del hospital y busqué la dirección por internet: «South Beach Psychiatric Center 8620 18th Avenue, Brooklyn, NY».
      Una hora y media de metro después llegué a las puertas del psiquiátrico.

        No había ningún indicio en la entrada que sugiriera que aquel edificio era un hospital. Los cristales de espejo de la entrada estaban llenos de polvo y no se veía nada desde fuera. Entré. En el mostrador de recepción había un hombre con una bata blanca hablando por teléfono. Esperé a que terminara y le pregunté por Pablo Iglesias.

      —¿Es usted pariente?
      —No, un amigo, vengo desde España. —Me identifiqué.
      —Ya era hora de que alguien viniese a verle. Es la primera visita que recibe desde que lo ingresaron.
      —Sí, nunca ha sido muy sociable —dije con naturalidad. Me estaba convirtiendo en un actor de primera—. ¿Qué le pasa exactamente?
      —Esquizofrenia paranoide. No tiene remedio. Lleva años yendo y viniendo desde la cárcel de Rikers Island. Sale de prisión y lo vuelven a enganchar al día siguiente. Es un desastre.
      —¿Está mejor?, ¿puedo hablar con él?
      —Tiene que subir a la primera planta y hablar con el doctor Sánchez, él tiene que dar su visto bueno, diré a alguien que le avise. —Me dio una identificación y señaló las escaleras.

      El doctor Sánchez parecía una de esas personas que intentan hacerte creer que están seguras de sí mismas. Tenía complexión atlética, medía casi un metro noventa y lucía un pelo muy corto teñido de rubio. Llevaba las cejas depiladas y un rostro demasiado pálido para alguien llamado Sánchez. Parecía como si quisiese ocultar su origen latino. Seguramente sería uno de esos psiquiatras que están más desequilibrados que sus pacientes. Hubo algo en su mirada que me desagradó profundamente y tuve la sensación de estar delante de un androide. Nos saludamos con un apretón manos. Apretó tan fuerte, y duró tanto el saludo, que pensé que estaba en un concurso de «haber quién es más macho». Si de verdad era un androide, tuvo tiempo de recopilar en su software mi masa corporal, mi ADN y todo mi historial clínico al contacto con mi mano.

      —Me han dicho que viene a ver al señor Iglesias. Estamos realmente sorprendidos. ¿De qué lo conoce? —preguntó, liberando por fin mi mano.
      —En realidad fue mi padre quien lo conoció en los años setenta. Estoy escribiendo sus memorias y quería hablar con el señor Iglesias para que me contara sus recuerdos sobre aquella época. —Lo había contado tantas veces, que hasta yo me lo creía.
      —Vaya, que historia más original. No es que dude de ella, pero parece sacada de una novela.
      —Cualquier historia sirve para escribir una novela —dije, como si acabase de dictar una sentencia.
      —Sí, eso es cierto

      Y se quedó en silencio, mirándome. Quedó tan estático que pensé que aquel androide se había quedado atascado, sin baterías. Estuve a punto de darle un golpecito en el hombro para intentar arrancarlo.

      —No estoy seguro si le servirá de algo hablar con él, el señor Iglesias está en una fase depresiva muy fuerte. Ayer mismo intentó suicidarse.
      —Vaya, lamento oír eso. —En realidad pensé que eso le vendría bien para mi relato: un preso depresivo contándome sus amarguras.


      Me acompañó hasta una sala acristalada donde había una larga mesa rodeada de sillas y esperé pacientemente. Diez minutos más tarde entraron dos enfermeros custodiando a un hombre con una bata verde, que caminaba torpemente, como un zombi… A pesar de que estaba recién afeitado y no llevaba gafas de sol, lo reconocí. Era él. Era Pablo Iglesias. 

lunes, 13 de febrero de 2017

El premio (capítulo 5)

Caminé por la calle Bowery hacia el norte y pregunté a un tipo si conocía algún local con música en directo, necesitaba desconectar de todo lo que me había sucedido durante el día. Tuve suerte, en aquella misma calle había uno, The Bowery Electric, se llamaba. Fui hacia allá. Poco a poco, los letreros en chino y las escaleras de incendios fueron desapareciendo y lo encontré seis o siete manzanas después. Al lado del club, que acababa de abrir, había un bar con terraza donde me paré a tomar algo. No me apetecía entrar en el club y encontrarme la sala vacía. Me deprimía solo con pensarlo.

     Recapitulé todo lo que había sucedido durante el día y volví a tomar notas en mi cuaderno… Quedaban solo tres días para volver a Barcelona y siete para escribir el relato. Tenía que empezar a tener alguna cosa clara. Empecé a visualizar una historia. Quizá no sirviera de nada, pero por algo había que empezar.


      - Ubicación: Brooklyn década 60/70. Relato de género negro? Una familia de delincuentes?  Fredo y sus amigos podrían ser traficantes de cocaína o vender objetos robados.
      -Conectar de alguna manera a Rosita con el grupo de amigos y con Pablo Iglesias. Cantante de swing? Camarera?
      -El taxista indio podría acompañar al protagonista en sus aventuras: Un recién llegado al barrio… Un periodista buscando pistas sobre un asesinato… un detective…  etc… (Escenas cómicas y de acción).
      -Capítulo en Chinatown. Aprovechar el entorno del barrio. Año nuevo chino?
      -Dueño del hotel. Personaje secundario. Intermediario en las ventas de objetos robados? Dueño de un prostíbulo?
      -La frase «Los gayumbos de Pablo Iglesias» podría ser una contraseña. Mafiosos?

      Cuando terminé mi cerveza, miré hacia la entrada del club. Una larga cola esperaba para entrar. Fui hacia allí. Antes de entrar, el portero me registró la mochila con cara de sabueso: portátil, móvil, cuaderno, mapa, pañuelos de papel, bolígrafo… nada de bombas. Me dejó pasar, no sin antes decir…

      —Fifteen dollars.

      Me llevé una grata sorpresa nada más entrar. Un grupo tributo a Allman Brothers comenzaba a tocar las primeras notas de «Statesboro Blues». Sonaban casi mejor que el original. El club, repleto de hippies y rockeros, rugió con aquellos primeros acordes. Me pedí un bourbon con hielo.

      —Twelve dollars —dijo la camarera con una ensayada sonrisa.

      Me encantaba aquel grupo y sus larguísimos solos de guitarra. Recordé que a mi padre también le gustaba. Aparte de las figuritas de suvenires, de vez en cuando también nos traía vinilos raros, ediciones originales, de esos que no podías conseguir en España. «Escuchad esto», decía. Y colocaba la aguja sobre el surco. Ponía la música a todo volumen. A mí me encantaba, pero recuerdo que mi hermano Juan se tapaba las orejas o se metía en la habitación cuando lo hacía. Le gustaba más encerrarse en su habitación a leer o a hacer cualquier otra cosa. Con diez años ya se había leído todos los libros de Harry Potter ochocientas veces.

      Terminó el primer tema y aplaudí como si estuviese viendo a los auténticos Allman Brothers en los años setenta. La banda siguió tocando todos aquellos viejos temas de una forma magistral y lograron que me olvidara totalmente del mal rato que había pasado en casa de Fredo. Me pedí otro bourbon.

      —Twelve dollars —dijo nuevamente la camarera, mostrando exactamente la misma sonrisa.

      Esta vez se subió el escote, que era observado desde la barra por un sinfín de miradas calenturientas. Aunque no sirvió de mucho, porque sus espectaculares pechos volvieron a colocarlo en su lugar. Me fijé en un poster que colgaba de la pared, justo detrás de ella, que informaba de la sesión de Dj que empezaba después del concierto: «Electric Fell Dance Party. Dj Gina Bon Jersey. Every days». La chica que salía en la foto se le parecía mucho.

      —it's you? Gina?
      —Yeah… Stay, you will have fun!
      —Yes, I'll stay. —Lo dije por decir, no pensaba quedarme mucho más, el cansancio empezaba a pasar factura.
      —Spanish? —En ese momento pensé que llevaba una etiqueta en la frente o algo así.
      —Yes, Barcelona.
      —Oh, Barcelona. Messi… Very good, Messi.
      —Messi is argentine. —Por un instante tuve un deja vú.


      En ese momento un tipo robusto con aspecto latino pidió una cerveza a la camarera y cortó la conversación. Se quedó en la barra, a mi lado, mientras el grupo empezaba a tocar «Whipping post», un tema de más de veinte minutos con un solo de guitarra interminable que volvió a recordarme a mi padre, cuando se sentaba en el sofá a escuchar aquellos discos que traía de sus viajes y a fumarse sus aromáticos cigarrillos (que más tarde supe que eran de marihuana). A veces se quedaba toda la noche escuchando música con los auriculares. Una noche me quedé dormido a su lado. A la mañana siguiente desperté en mi habitación. Él ya no estaba, como siempre.

      —¿Español? —Me preguntó el tipo de la barra.
      —Sí, de La Coruña —dije, para variar. No me gustó su aspecto.
      —Soy el teniente Navarro de la policía de Nueva York. ¿Tiene un momento?
     
      Me mostró su placa. Así, rápido, como hacen en las películas. No tuve tiempo de ver nada. Podría haber sido un cacho de plástico que hubiese encontrado en una caja de cereales.

      —¿Tengo opción a decir que no? —Me salió así, un poco chulo. Estaba tan a gusto disfrutando del concierto que me molestó que alguien viniera a fastidiarlo.
      —Yo diría que no.

      Su voz aflautada no concordaba para nada con su aspecto. Tenía la cabeza como un antiguo televisor de catorce pulgadas, cubierta de un grasiento y espeso pelo negro rizado. Sus ojos, minúsculos, achinados y exageradamente unidos, contrastaban con la nariz chata y un espeso bigote en forma de herradura. Su indumentaria pedía a gritos una actualización urgente al siglo XXI. Nos apartamos de la barra y me invitó a sentarme en un pequeño reservado, en un rincón de la sala. Le seguí la corriente a pesar de que tenía mis dudas de que fuera realmente un policía.

      —¿Me permite su pasaporte? —Lo saqué de mi mochila y lo ojeó sin mucho interés, como quien mira un folleto de los testigos de Jehová. Me lo devolvió—. Aquí dice que es de Barcelona.
      —A Barcelona solo voy a dormir. —Me sorprendí a mí mismo hablando como Humphrey Bogart. Hubiese matado por encenderme un cigarrillo.
      —Es usted muy gracioso. ¿Está de vacaciones?
      —Sí, solo cuatro noches y ya estoy malgastando una hablando con usted. —Una mueca movió ligeramente su bigote.
      —¿Qué le ha pasado en la cara?
      —Me resbalé en la ducha. —Cuando me pongo irónico, no hay quien me pare—. ¿Qué quiere? Vaya al grano, me estoy perdiendo el concierto. —No suelo ser arrogante, pero aquella noche no estaba para tonterías.
      —¿Podría decirme qué hacía esta tarde en casa de Alfredo Iglesias? Le hemos visto salir de allí. No es lo mejor que puede hacer un turista en Brooklyn. ¿Algún pariente suyo?
      —¿Me están siguiendo? —Reconozco que en ese momento se me bajaron un poco los humos y empecé a preocuparme.
      —Vigilábamos el domicilio de Iglesias. Es un pájaro de mucho cuidado. ¿Me va a contar lo que fue a hacer allí?

       La verdad es que no tenía ganas de repetir toda la historia otra vez, tampoco me iba a creer. Me inventé un resumen.

      —Mi padre estuvo viviendo allí en los setenta, estoy escribiendo sus memorias. Fui en busca de información, pero no sabían nada.
      —Recuerde que soy policía. No me tome el pelo. 
      —Es la verdad, si no quiere creerme es asunto suyo.  —La banda estaba anunciando su último tema. Aquel policía me estaba agobiando. —¿Hemos terminado?
      —Si no tiene nada más que decirme, sí.
      —Pues, no, nada más. —¿Qué iba a contarle? No quería saber nada más, ni pensaba volver a pisar la casa de Fredo Iglesias en mi vida —. Si me permite, voy a disfrutar del concierto.  —Me levanté de repente y me dirigí hacia la barra. La camarera se había vestido de Dj, preparada para empezar su sesión de un momento a otro. Me pedí otra copa. El teniente Navarro se puso a mi lado y pagó la suya. Antes de marcharse, puso su mano en mi hombro y me susurró al oído…

      —Espero que me haya dicho la verdad. No parece usted un mal tipo. No se meta en líos y tenga cuidado con Iglesias, no es una buena compañía.
     
      En ese mismo momento sonó la última nota del concierto, la que marcan todos los instrumentos al unísono, la más apoteósica… y el policía desapareció entre los calurosos aplausos del público… Recuerdo que me pareció una buena escena para mi relato.

      La sesión de Gina empezó cinco minutos después, justo cuando la banda terminó de tocar «Jessica», uno de los temas favoritos de mi padre… No sé porqué me acordaba tanto de mi padre durante aquellos días, siempre había pensado que aquel tema ya estaba superado. Es verdad que cuando desapareció tuve una de esas crisis de adolescente. Me enfadaba con mi madre y con mis hermanos. También tuve algunos problemas en el instituto, peleas sin sentido y bromas pesadas a los compañeros mas pringados. Quizá hasta recuerdo hacerle bulling a alguno de ellos. Lo más grave que sucedió fue aquella noche en la fiesta de cumpleaños de un amigo. Estábamos todos alrededor de la piscina bailando y gastando bromas, hasta que a un tal Pedro se le ocurrió meterse conmigo mencionando lo de mi padre. Dijo algo así como que mi padre se había largado porque mi madre era idiota, alguna chorrada así, no lo recuerdo bien. Lo agarré del cuello y nos caímos los dos a la piscina. Casi lo ahogo. Creo que llegó a venir una ambulancia y todo. Cosas de críos, dijeron.
  
      Gina empezó su sesión de Dj pinchando antiguos temas de AC/DC, Nirvana, Led Zeppelin y cosas así. Me apeteció quedarme un rato. El bourbon había hecho su efecto y me encontré danzando torpemente entre toda aquella gente. Había pocas chicas. Una de ellas se acercó a mí bailando alegremente. Se notaba que estaba muy borracha, gesticulaba exageradamente con los brazos y tropezó conmigo un par de veces. Al instante, llegaron unos cuantos tipos que se pusieron a bailar formando un corrillo a su alrededor, a ver si pillaban algo. Cuando la chica se dio cuenta, se fue hacia la barra y empezó a besuquearse con otra que llevaba una camiseta de David Bowie. Bailé un poco más, me tomé no sé cuantas copas y me fui al hotel.

       Eran casi las cinco de la madrugada cuando llegué. Subí las escaleras con precaución (el tequila y el bourbon no fue una buena combinación) y la puerta de recepción se abrió justo cuando pasé por delante. Me asusté un poco y me preparé mentalmente para recibir la esperpéntica imagen del dueño, pero en su lugar apareció el rostro angelical de una niña oriental de diez o doce años con unos gigantescos ojos azules.

      —You needs something? Cocaine, crack, marijuana?… Girls?
      —Oh, no… thanks. —Pero me lo pensé mejor—. Marihuana?
      —Twenty dollars. —Le pagué los veinte dólares y me entregó una bolsita transparente con un minúsculo cogollo en su interior. 
   
      Cuando entré en la habitación, dejé caer mi cuerpo agotado sobre el colchón. Los muelles me expulsaron de la cama como a una pelota de ping pong. Agarré el colchón y lo puse en el suelo. Me tumbé, fumé un poco y me quedé profundamente dormido.