jueves, 21 de julio de 2016

El muñeco - Las putas críticas de Calvin Cresta (I)

Fucking Shit Punk Magazine
Las putas críticas de Calvin Cresta 

EL MUÑECO
                                
Me cago en la puta madre que los parió a todos esos hijos de puta.

Cuando vi la foto se me revolvieron todos los putos intestinos. En aquel puto muñeco estaba la puta esencia de este puto capitalismo de mierda en el que vivimos. Me cagué en todos los putos borregos que vitorean a esos putos políticos. Y encima le hacen un puto muñeco con su puta cara, una puta cara que ni siquiera se le parece. Y hay quien se lo compra y todo. Putos alienados.
Y hasta serán capaces de elegir a un puto fascista egocéntrico para que lleve las putas riendas de su puto país. Menuda mierda.

Este puto mundo está repleto de putos políticos narcisistas. Todos se apuntan al puto carro. Todos. Todos muestran sus putas caras en esos putos carteles de mierda con la excusa de que las putas cosas funcionan así. ¿Cuándo aparecerá un puto político que se niegue a salir en los putos carteles? ¿Cuándo? Nunca. Porque saben que la puta plebe necesita un puto líder. Un puto líder para todo. Para aplaudirle y para escupirle si las putas cosas no van bien. Los países tendrían que ser como una puta empresa cooperativa donde los putos políticos sean lo que son, putos funcionarios. Ojalá la puta naturaleza nos hubiese dotado a todos con la misma puta cara. Hombres y mujeres. Todos iguales. Todos con el mismo puto rostro de mierda.


Por eso, cuando vi aquel puto muñeco, me imagine un puto día de elecciones cualquiera, un caluroso domingo de verano, por ejemplo, con los putos colegios abarrotados de putos ciudadanos sudorosos deseando votar a su puto candidato… Imaginé que, en ese puto momento, nos invadía un puto ejército de alienígenas con sus putas naves provistas de cañones de mierda, que nos lanzaban mierda hasta que nos llegaba a las putas orejas, inundando de excrementos todo el puto planeta. Imaginé el recuento de votos. Todos los putos colegios electorales equipados con un puto arsenal de pistolas de agua para limpiar las putas papeletas.

Un puto recuento interminable de votos llenos de mierda.

¿Qué coño votan?

Puta vanidad, eso es lo que votan.


NOTA: la dirección de esta puta revista no se hace responsable de las opiniones, datos y artículos publicados, recayendo las responsabilidades que de los mismos se pudieran derivar sobre sus putos autores.

miércoles, 20 de julio de 2016

La búsqueda




       Llevaba conduciendo todo el día.

       Se había propuesto llegar a Méjico aquella misma noche, pero estaba agotado y no tuvo más remedio que parar a repostar en una polvorienta estación de servicio cerca de la frontera con El Paso.
       Mientras el chico llenaba el depósito, buscó los servicios. Abrió la puerta, pulsó el interruptor de la luz y, sorprendentemente, allí estaba el tipo que buscaba: el asesino de su familia. El hombre que había disparado a su mujer y degollado a sus dos hijas refrescándose la nuca con una toalla húmeda…
       —¿Me buscabas, Dorian? —dijo el asesino.
       Dorian sacó su revólver.
       El asesino sacó el suyo.
       Sonó un disparó…
       Y el espejo se rompió en mil pedazos.

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lunes, 18 de julio de 2016

No digas que no



      No digas que no.
      Tú querías matarla.

      Sabías que aquella noche iba a soplar el viento. Tú lo sabías. Lo habías leído en el periódico. Te tomabas el café en el bar de Bob, ¿recuerdas? En aquel momento se te ocurrió todo.

      No digas que no.

      Primero la invitaste a cenar en el Holdie's. Escuchabais el crujir de los barcos mientras saboreabais aquellas deliciosas langostas.
Después, un paseo por el puerto, agarrados de la mano. Ella, sonriente, con su precioso vestido de noche y sus zapatos de tacón.
Empezaba a soplar el viento. La convenciste para navegar con la barca. Hasta el rompeolas. Como la noche que os conocisteis. Sabías que ella te diría que sí. Maggie es una sentimental. Tú lo sabías.

      No te engañes... Aquella mañana, mientras leías el periódico en el bar de Bob, ya eras un asesino.
      Durante la cena..., eras un asesino
      Cuando paseabais por el puerto..., también lo eras.
      En la barca...
      Entre las rocas...
      Y en aquel instante..., justo antes de empujarla...
      Justo antes de que ella se girara de repente y te disparara...
      Eras un asesino.

      Merecías morir.



martes, 5 de julio de 2016

Lo sabía




       Sabía que Michael me odiaba, que no soportaba que Laura y yo fuésemos felices. Sabía que estaba enamorado de ella y que algún día intentaría arrebatármela. Lo sabía. Sabía que una noche llegaría a casa y encontraría el cadáver de Laura descuartizado en mitad de la cocina.
       Cuando sucedió, sabía que había sido él. Lo sabía. Y también sabía que nunca podría demostrarlo… Por eso lo maté.
       Lo que no sabía es que todo eran imaginaciones mías.
       Que Laura no existe.

       Por lo menos, eso es lo que me dijeron antes de encerrarme aquí… en este hospital.


lunes, 4 de julio de 2016

El atraco



       Solo éramos cuatro tipos vulgares que habían decidido probar suerte.
Harry, un padre de familia ejemplar, que había tomado la decisión más difícil de su vida al planear aquel atraco; Andrew, el camarero, un buen tipo; Sam Granger, un escocés bonachón que trabajaba en una cadena de montaje, y yo, que me dedicaba a la recogida de chatarra.
       Todos queríamos lo mismo: robar aquel banco y sacar de allí las joyas que nos permitirían vivir como reyes el resto de nuestras vidas.
       Pero cuando abrimos la cámara de seguridad, la policía estaba allí, esperándonos.

       Me supo mal, pero con la pasta que cobré pude pagar un par de alquileres.



martes, 28 de junio de 2016

El granero pintado de rojo



      Aún estaba soñando cuando desperté junto al cadáver de Alice. Por eso me levanté sin asustarme. El sueño continuaba, sabía que podía controlarlo y despertar cuando me diera la gana. En algún momento llegaría el final.
     Miré las sábanas empapadas de sangre, de sangre de Alice, como si se tratase de un cuadro expuesto en una galería de arte. Su cuerpo descuartizado formaba una extraña figura, parecida al símbolo de la paz que tan de moda se puso en los setenta. En el tocadiscos, un disco se había quedado encallado en aquella canción de Tom Waits que tantas veces había escuchado. «There was a murder in the red barn. Murder in the red barn… There was a murder in the red barn. Murder in the red barn… There was a murder in the … ». La frase se repetía y se repetía a cada saltito de la aguja… No hice nada, lo dejé sonar. Me pareció una buena banda sonora para aquel sueño, aquel sueño que yo seguía manipulando a mi antojo.
     Caminé por el pasillo hasta la cocina… Sus paredes también estaban manchadas de sangre, pequeñas gotitas que resbalaban lentamente hacia el fregadero… En la mesa encontré un hacha y una tabla de cortar, que había sido utilizada para descuartizar a Alice, era evidente.
     Registré toda la casa concienzudamente, como hubiese hecho un detective en cualquier novela negra. En la bañera encontré el cuerpo de un hombre sumergido en estiércol. Sonreí. Me puse los guantes de trabajo y lo saqué de allí. Estaba completamente desnudo. Le limpié la cara con un trapo, pero su rostro no me resultaba familiar. Desayuné en mi sueño como si no pasara nada. En realidad me divertía aquella extraña pesadilla. ¿Qué significaba?

     De repente escuché el canto del gallo.

     Me puse el mono de trabajo dispuesto a lidiar con una nueva jornada en la granja. Guardé los restos de Alice en un saco, puse las sábanas en la lavadora y arrastre el cuerpo del hombre hacia el exterior. Cuando abrí la puerta, el sol ya asomaba tras las montañas. Hacía un día precioso. Buddy, mi perro pastor, me saludo agitando la cola y lamiéndome los pies, como siempre. Los cerdos intuyeron mi presencia y empezaron a gruñir demandando su comida. Seguí arrastrando el cuerpo de aquel desconocido hasta las cuadras y lo lancé a los cerdos, después hice lo mismo con los restos de Alice.

Miré el horizonte. Los campos de trigo estaban dispuestos para la cosecha y el granero, recién pintado de rojo, resplandecía como una casa de muñecas con los primeros rayos de sol.

Nunca desperté de aquel sueño.

miércoles, 27 de abril de 2016

La cena en el chiringuito


Aquel día tenía hambre, como todos los días. 

Mientras escribía una idea para una nueva novela, me tiré un pedo. De esos pedos que parece que no acaban nunca, que te desinflan el estómago. De esos que cuando terminan sientes como si todos tus intestinos se colocaran de nuevo en su lugar después de haber soportado la presión de aquellos potentes gases.

Estaba sentado cuando ocurrió. Bajo mis pantalones, la erupción fue lenta, y su sonido, grave y majestuoso, como un trombón tocando un bolero. Los gases fueron elevándose lentamente hacia mi nariz, con la tranquilidad del que sabe que llegará indemne al final del viaje. Y llegaron, vaya si llegaron.

Temí lo peor. Pero mientras esperaba resignado a que me envolviera su nauseabundo olor, recordé que aquel pedo no podía hacer nada contra mí. Era mi pedo. Y recordé que el olor de mis pedos no me afectaba, incluso me gustaba. Cuando recibí por fin su visita, me regodeé con su fragancia: ¡Qué cálido! ¡Qué dulce! ¡Qué sutil! Aún se intuía el olor a las coles de bruselas que había comido el día anterior y las alcachofas al horno de la cena. Pinceladas de esencia de chorizo sobresalían a medida que el olor se iba diluyendo por la habitación. Cuando ya me despedía de aquel inesperado visitante, otro pedo surgió de pronto bajo mis pantalones. Su sonido, más aflautado; su aroma, más agrio. Distinguí el olor añejo de los garbanzos del domingo pasado, el salmón ahumado del aperitivo, los mejillones que comí al día siguiente en el bar de Jacinto. Todo aquello me traía gratos recuerdos. Y agradecí a aquellos pedos su visita.

En sus últimos coletazos, un sutil aroma a ajo me hizo recordar la entrañable cena del sábado pasado en la playa…



Allí estábamos todos ocupando el chiringuito: Andrés, Laura, Elena, Manolo, Patricia (la pareja de Laura), María, Miguel, Carlos (la pareja de Andrés), Juanito «supermirafiori», el antaño piloto de rallyes. También estaba Toni, Julia, Raquel (la compañera de Manolo), Gorka (el ex novio de Elena), Xavi y Gloria (la ex novia de Miguel)… Más tarde llegaron José Luis y Leopoldo Mondadientes, dos hermanos gemelos que trabajan de catadores de bistecs en un restaurante de lujo en las afueras de la ciudad.

Creo que no me dejo a nadie.

La noche lucía una luna espectacular. Una brisa suave refrescaba el ambiente del chiringuito. El camarero tomó nota y esperamos impacientes la llegada de la comida mientras cada uno contaba sus novedades…

Andrés acababa de llegar de Nueva York aquella misma tarde. Venía de inaugurar la exposición de su nueva colección de pinturas: Naturaleza tuerta. Nos enseñó algunas fotos de sus cuadros. La que más me llamó la atención fue la que mostraba una estampida de ñus. En el cuadro, una gran manada de ñus, todos con un parche en un ojo, gorro de cotillón y pajarita, huían de un horizonte en tinieblas galopando de frente al espectador. Parecía que en cualquier momento serían capaces de atravesar el cuadro y arrasar con lo que pillaran por delante. Y así fue. Andrés nos enseñó la foto de cómo quedó la galería de arte después de la performance. Los ñus se pasearon el resto de la velada entre los invitados.

Juanito, el expiloto de rallyes, nos contó por enésima vez su última carrera con el 131 «supermirafiori» de su padre: Primavera del 78. Campeonato Provincial de Rallyes. Categoría: Turismos. Cuando le dieron el banderazo de salida, Juanito ya llevaba un rato dándole al acelerador. Apretó a fondo y salió disparado a una velocidad de vértigo (vértigo de 1978, claro). Le reventaron las bielas en la primera curva, chocó contra un árbol y su coche explotó en mil pedazos. Cincuenta hectáreas de bosque calcinadas en menos de veinticuatro horas. Parece ser que alguien se olvidó de ponerle aceite en el motor.

Después Julia nos habló de su proyecto de abrir una hamburguesería en el Machu Pichu… Y entonces llegó la comida…

Las tapas fueron circulando rápidamente de mano en mano y las botellas de vino se pasearon de un lado a otro como en una partida de ajedrez. Las cañas de cerveza, chorreantes de espuma, iban empapando el mantel de papel, que empezó a desintegrarse. Las botellas de agua de litro y medio recibían pocas visitas, manteniéndose prácticamente intactas durante toda la noche. Comimos, bebimos, charlamos… Fue una cena maravillosa… Cuando llegó el café ya nadie estaba en su sitio. Se hicieron grupitos de conversaciones por todo el chiringuito y yo me quedé sentado tomándome el café. Miré la mesa después de la “batalla”. Parecía un cuadro. Hice fotos con el móvil. Me fijé en los platos. Las distintas salsas habían ido decorando su superficie con un sinfín de colores. Predominaba el rojo. El rojo de la salsa de los calamares, de los callos, de las patatas con kétchup, del vinagre de la ensalada, que mezclado con el amarillo pálido de la mayonesa formaban una variedad infinita de tonalidades, mientras pequeñas partículas de tortilla de patata se iban resecando por el borde de los platos…

De pronto me pregunté qué hacía yo observando aquellos platos como un idiota. Miré a mi alrededor. Estaba solo en la mesa. Mis amigos me habían dejado una nota bajo la taza de café.

«Cuando termines de escribir tu cuento, ven a la playa. Estamos todos ahí».


Y es lo que hice.