martes, 10 de enero de 2017

El duelo

Antes de subir al tren vuelves a hurgar en el bolsillo de tu chaqueta. Deseas que la pistola no esté allí, pero no tienes suerte, sigue ahí, cargada, a punto para ser utilizada.
    Subes al tren. Puedes sentarte donde quieras, pero te quedas de pie agarrado al pasamanos observando a los pasajeros. A tu lado hay una anciana sentada, inmóvil, con los ojos tristes, una de tantas ancianas con los ojos tristes. Quizá todas las ancianas tengan esa mirada. Tu abuela la tenía. Y tu padre, antes de morir. El tren se pone en marcha. Vuelves a palpar el bolsillo. No ha habido suerte, la pistola sigue estando ahí. No, no estás soñando. Ojala estuvieses soñando, pero no, es real, está ahí, a punto para matar. A quién sea. Sabes que hoy es el día. No es un día que hayas elegido premeditadamente. Es un día cualquiera. Tú eres una persona cualquiera. Y este es un vagón, cualquier vagón de un tren elegido al azar. Nadie sabe lo que estás pensando. Nadie sabe lo de tu pistola. Nadie habla con nadie. Ya nadie habla en los trenes. Todos están jugando con sus móviles, hablando por teléfono, mandando mensajes, fisgoneando por ventanas virtuales. Como si hubiese algo interesante que mirar: videos absurdos, mensajes sin sentido, chistes idiotas, denuncias trilladas, insultos, críticas cobardes escondidas tras un teclado. Comentarios ácidos, discusiones inútiles. Obras de arte, sí, también hay obras de arte, pero han sido profanadas por una minúscula pantalla de cinco pulgadas. Eso es lo que piensas.
    Llega la siguiente estación. Sube un tipo alto con gafas, vestido elegantemente con un traje negro recién planchado. Parece un hombre culto. Se sienta y se pone a consultar el móvil, como no. Te ha mirado. No te gusta que te miren. Te apartas de su campo de visión paseando arriba y abajo por el vagón. No puedes quedarte quieto. Algo te empuja a moverte. Tienes que elegir una víctima, pero ¿quién? Estás a punto de preguntar en voz alta: «¿Quién quiere morir?» A lo mejor te llevas una sorpresa y se presenta algún voluntario. A lo mejor ese voluntario eres tú. Te ha pasado por la cabeza en muchas ocasiones. Pero no. La solución es matar a otro. A alguien que se lo merezca.
    Más allá hay otros pasajeros que están leyendo un libro, un periódico, escuchando música con sus auriculares, ausentes. Estos últimos no escuchan nada, ni siquiera el traqueteo del tren, que cada año que pasa es más suave y pronto será inaudible. En el techo del vagón hay varios monitores de televisión emitiendo noticias, en silencio, todavía… Quizá dentro de unos años corrompan nuestros oídos informándonos con el último recuento de muertos en cualquier guerra lejana. También aparecen anuncios, esos anuncios que nos persiguen por todas partes. Ni siquiera en un vagón de tren estamos a salvo. Preferirías estar en un antiguo ferrocarril de vapor, soportando el ruido, abriendo la ventana y respirando el humo del carbón. Y soportar el calor. Aquí, el aire acondicionado te está congelando el cerebro.
    Una voz robótica avisa de la siguiente parada, os dice donde estáis, pero no os dice que hacéis aquí. No hay nadie que esté atento al paisaje. El mar pasa por delante de sus ojos, pero nadie lo ve. Supones que saben que está ahí, porque han subido mil veces a este mismo tren, y con eso basta. Pero imaginas que alguno de los pasajeros ni siquiera sabe que el mar está cruzando por delante de sus ojos. Que un día levantarán la vista y se llevarán una sorpresa descomunal. «¡Oh! ¿Qué es eso? ¡Cuánta agua!» «¡El mar, es el mar!».
    El tren ha parado en otra estación. A ti te da igual que estación sea. No vas a ninguna parte. O quizá sí. ¿Dónde van los que no creen en nada? Sube una pareja de músicos ambulantes, un chico y una chica. Sacan sus instrumentos. Antes de empezar a tocar, os piden disculpas por las molestias que puedan causaros y reclaman que prestéis atención. Os dicen que han llegado para alegraros el viaje, para libraros de la apatía. Preparan su actuación torpemente, balanceándose con el movimiento del tren. La chica canta y toca la armónica acompañada de un guitarrista. Se han colocado a tu lado. Están tocando un blues. Son malísimos. Ella canta como si le estuviesen cortando la garganta con un hacha desafilada y toca la armónica sin ningún criterio. El guitarrista no tiene ni idea de lo que es el blues. No sienten nada. No tienen alma. Ni de blues ni de nada. Encima, cuando terminan, piden el aplauso de los viajeros. Nadie aplaude. Se ofenden, aunque no lo demuestren, y prefieren utilizar la ironía para echaros en cara vuestro aturdimiento, vuestra falta de solidaridad. Pero nadie les escucha, estáis todos inmersos en vuestro propio simulacro de vida. Pasan la gorra. La anciana de los ojos tristes les echa un euro, por compasión, quizá. No es posible que le haya gustado la canción. Eso no era un blues ni era nada. Nada le salía de la garganta, solo chirriantes sonidos vacíos a la espera de un milagro, un milagro que convirtiera su canción en una moneda extraviada. Has estado a punto de sacar tu pistola y dispararle en la cabeza al guitarrista. Has estado a punto… Pero antes de sacar la pistola, llegáis a otra estación y se bajan del tren. Supones que van a martirizar a los pasajeros del próximo vagón. En su lugar entran dos chicas, parecen estudiantes universitarias. Llevan su móvil en la mano, están mirando nada. Tras ellas un hombre con los ojos cansados, agotados, reventados. Se sienta, y en cinco segundos se queda dormido. Quizá esté soñando que vuela, viajando hacia otro planeta, hacia un planeta propio, hacia su propia burbuja. Quizá trabaje de camarero en el bar de algún polígono industrial o se dirija a una triste oficina sin ventanas. Quizá no despierte nunca más. Quizá muera ahí, con la cabeza apoyada en la barandilla. Quizá le pegues un tiro antes de llegar a la próxima estación, que ya sabéis cuál es, porque la voz que vive en el interior de los altavoces os avisa a tiempo. Quizá esa mujer que escucha música con los auriculares no sepa dónde estáis, quizá tenga que bajar en la próxima parada y no se haya dado cuenta. Aunque no lo crees, seguro que lleva una alarma en el móvil que le avisa cuando tiene que bajar. Quizá no necesite a nadie para nada. Quizá le baste con su móvil, su navegador de mapas, su agenda virtual…, quizá con eso nunca se pierda, nunca necesite preguntar a nadie donde está el ayuntamiento, ni donde hay una cafetería, ni donde está el lavabo… Quién sabe. Algún día nadie preguntara nada. Nos valdrá con consultar con nuestro espejito mágico. Pero, ¿tú que sabes? Solo sabes que hoy tienes que matar a alguien, es lo único que sabes. Te lo ha ordenado una voz, esa voz que llevas en tu interior, tu voz: «¡Hazlo, Hazlo, hazlo!». «Sí, voy a hacerlo, ¿pero me dejarás en paz si lo hago?». No contesta. Vuelves a preguntarle. «¿Por qué? ¿A quién?» No dice nada. No hay nada que discutir. «Hazlo y no hagas preguntas».



    Una estación más. Unos bajan, otros suben. Entre ellos una mujer con un niño de nueve o diez años disfrazado de cowboy. Lleva una pistola de juguete colgando del cinto. Su madre se sienta, pero el niño se planta frente a ti, desafiándote a un duelo. Frunce el ceño, poniendo cara de malvado, de pistolero de película. Su mano acaricia el revólver, está a punto de desenfundar. Sabes que es un juego, pero a ti no te hace gracia, su mirada te cohíbe. «¡Vamos, cobarde, desenfunda!», te dice. Vuelves a escuchar tu voz interior: «Es él. Es tu víctima, dispara». «Pero, es un niño». «Será en defensa propia, ¿no lo ves?, te lo está pidiendo». Metes la mano temblorosa en el bolsillo de tu chaqueta y sientes un escalofrío al contacto con la pistola. Pones el dedo en el gatillo. Estás a punto para el duelo, a punto de terminar con esta pesadilla… El niño sigue frente a ti, con la misma mirada desafiante. Y observas atentamente su rostro, que va cambiando su semblante, deformándose lentamente delante de tus ojos, convirtiéndose poco a poco en un rostro familiar… Lo conoces, es él…
    Y en ese momento vuelves a revivirlo todo…
    Recuerdas a tu hijo caminando solo por el borde del andén, despistado, entretenido con el móvil, mientras tú ayudabas a aquella anciana desorientada, que no sabía que tren tenía que coger para llegar a su destino. Los músicos ambulantes bromeaban entre ellos cerca del andén, empujándose unos a otros, como críos. Recuerdas a aquel guitarrista perdiendo el equilibro y tropezando con tu hijo. Recuerdas el momento en que cayó a las vías, el momento en que aquel modernísimo tren, que no tenía parada en aquella humilde estación porque debía cumplir el horario prometido a sus pasajeros, le pasó por encima. Recuerdas tus lágrimas, las mismas lágrimas que surgen en este momento de tus entrañas... Sacas tu mano vacía del bolsillo y te desplomas, clavando las rodillas en el suelo y aullando como un lobo herido… El niño, afligido, enfunda su revólver, se coloca a tu lado y te acaricia el pelo. «¿Qué le pasa, señor? Solo estaba jugando, era una broma». Su madre también se preocupa por ti. Los demás pasajeros dejan sus móviles, sus libros, sus sueños; y te rodean, te tocan, te acarician, te ayudan a incorporarte. No puedes ver sus rostros porque las lágrimas enturbian tu mirada. Llega otra estación, quizá sea la última. Bajas del tren sin mirar atrás. Frente a ti, el mar. Solo te separa una verja. Te agarras a los barrotes, como un preso urdiendo un plan de fuga. Hace un día precioso y dejas que el sol seque tus lágrimas. Utilizas todas tus fuerzas para saltar la verja, cruzas la playa repleta de bañistas y te quedas mirando ensimismado el horizonte desde la orilla. La brisa te acaricia, mientras el agua empapa tus zapatos.
    Vuelves a meter la mano en el bolsillo, pero no hay nada. La pistola ha desaparecido.
    Por fin…, por fin has conseguido vencer el duelo.



miércoles, 7 de diciembre de 2016

La actitud. Ganador del Certamen de Microrrelatos Micro-Rock

 Ganador del Certamen de Microrrelatos Micro-Rock

La actitud

¿Recuerdas nuestro primer concierto, cariño? Jack rompió cinco cuerdas y tú te quedaste afónica en la tercera canción. ¡Qué malos éramos! Pero la actitud…, la actitud no nos la puede reprochar nadie. ¡Qué derroche! ¡Qué bien lo pasábamos!
    Después aprendimos a hacerlo mejor. Mejores canciones. Mejores estructuras. Tus letras fueron cogiendo carácter. Me encantaba aquella… ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, «Black hole». Con aquella canción me enamoraste.
    Tú estabas preciosa con la camiseta negra ceñida y los tejanos destrozados. Yo iba a juego contigo. Parecíamos los Sex Pistols. «¡Mirad, por ahí vienen Sid y Nancy!», decían. Que risas.
    ¿Y cuando sonamos por la radio? ¡Qué pasada! Nos fuimos de gira, como nuestros ídolos. Fue increíble. ¿Te acuerdas de aquel festival? Los dejaste a todos con la boca abierta. Una chica tan dulce como tú cantando aquellas canciones tan bestias. El público se volvió loco.
    A partir de ahí llegó el éxito, y repetimos la historia de nuestros mitos… El alcohol, las drogas, las fiestas salvajes… Vivimos intensamente, como ellos. Ahora acabamos de cumplir veintisiete años y lo tenemos todo, hemos llegado a lo más alto.
Mira, cariño, mira qué preciosa vista. Tenemos el mundo a nuestros pies…
    Entonces, ¿qué?

    ¿Saltamos?



viernes, 28 de octubre de 2016

El psicólogo de Mark


Ocurrió una gélida noche de diciembre en Nueva York. Había vivido una jornada especialmente dura en la consulta. Una de mis pacientes se había suicidado aquella misma mañana. Sara, una chica de dieciocho años a la que llevaba tratando desde hacía dos meses, se tiró por el balcón de su piso.

    Para un psicólogo, una noticia así siempre es desconcertante. Sientes que has tenido algo que ver, sientes una extraña y estúpida responsabilidad, piensas que podías haberlo evitado, que podías haberlo previsto. Por eso aquella noche no me apeteció volver a casa después del trabajo. Despedí a mi última visita y me fui a dar un largo paseo por Central Park. Necesitaba el contacto con la naturaleza, alejarme del ruido, no tenía ganas de ver a nadie. 

    Entré por el lado norte del parque, atravesé el bosque, pasé los campos de beisbol y di toda la vuelta al lago por el Este hasta llegar a la salida que da a la calle setenta y dos. Durante el paseo no pude quitarme a Sara de la cabeza. Hacía solo dos días que había hablado por última vez con ella. Conseguí que me contara lo de su padre con sus propias palabras. Sabía que su depresión tenía que ver con aquel acontecimiento tan desagradable. Cinco años atrás, su padre había muerto en Vietnam. En el último día de la guerra. Tuvo mala suerte. Cuando ya habían anunciado la retirada, cuando todos los soldados estaban dispuestos para volver, una mina le hizo saltar por los aires. Su familia ya lo esperaba en casa, incluso le habían montado una fiesta de bienvenida. Sara se había involucrado con toda su alma en aquella celebración. Había decorado la casa con pancartas, había llamado a todos sus parientes personalmente. Como es lógico, estaba emocionada con el retorno de su padre, y cuando se enteró de la noticia, se hundió irremisiblemente.

   Salí del parque intentando deshacerme de aquel ridículo sentimiento de culpa y crucé la calle para dirigirme a la boca del metro, pero cuando me disponía a bajar las escaleras, me pareció ver a alguien conocido en la otra acera que andaba deambulando arriba y abajo frente a la entrada de un lujoso edificio de apartamentos, como si esperase a alguien. Estaba oscuro, no podía verlo bien, pero estaba seguro de que lo conocía. Llevaba algo bajo el brazo, algo parecido a un sobre, un gran sobre cuadrado. Se lo pasaba de una mano a otra nerviosamente. Seguía sin recordar quién era, pero me paré unos segundos a pensar, y entonces me acordé. Era Mark. Había sido paciente mío en el setenta y siete, cuando trabajaba en un hospital de Hawái. En ese momento me vino a la mente y recordé su caso. Tenía veintidós años cuando llegó a mi consulta. Había intentado suicidarse conectando un tubo de aspiradora al escape de su coche, colocando el otro extremo dentro, pero la manguera se derritió en el tubo de escape y el intento fracasó. Era el clásico perfil de eterno adolescente, con un pasado repleto de problemas familiares, el típico niño obeso, poco dado a los deportes, una víctima fácil de acoso escolar. A los catorce años ya había consumido todo tipo de drogas y se había fugado de casa en diversas ocasiones. Llegó a mi consulta con un caso de trastorno depresivo persistente. Después de varios meses de visitas, pareció responder bien a la terapia. Curiosamente, cuando le dimos el alta, se quedó a trabajar con nosotros a tiempo parcial en el departamento de actividades lúdicas para los pacientes. La verdad, no sé muy bien por qué lo contrataron. Supongo que le cayó bien al director del centro porque sabía contar historias y tenía experiencia como consejero en campamentos de verano. Tocaba la guitarra para los pacientes y les aconsejaba con su particular filosofía. Era un tipo inestable, pero muy inteligente. De aquello hacía tres años. No había vuelto a saber nada más de él. 

    Después de recordar quién era, estuve a punto de bajar las escaleras del metro y marcharme a mi casa sin decirle nada, pero me picó la curiosidad. Supongo que quería saber si aquel paciente había logrado salir del agujero en el que estuvo metido, si mi terapia había dado los resultados que yo deseaba. Pensé que enterarme de un triunfo profesional en un día como aquel, un día en el que había perdido un paciente de aquella forma tan trágica, me animaría. 

    Le llamé desde la distancia para corroborar si era él, pero no me oyó. Parecía ensimismado, ajeno a todo lo que le rodeaba. En aquel momento se internó en el portal del edificio apoyándose en la pared, cabizbajo. Cuando lo volví a llamar, el ruido de un potente motor amortiguó mi voz. Era una limusina blanca que acababa de llegar y que aparcó frente a la entrada del edificio. A pesar de que el automóvil me tapaba parcialmente la visibilidad, vi a una mujer bajar del coche y dirigirse hacia el portal. Pasó por delante de él, y me pareció que la saludaba tímidamente, pero ella no le devolvió el saludo. Unos segundos más tarde salió un hombre tras ella y la limosina se fue, dejándome libre el campo de visión. Cuando el hombre estaba a punto de atravesar la puerta, Mark se puso tras él, sacó un revólver del abrigo y le encañonó. Sonaron cinco disparos, y aquel tipo cayó desplomado al suelo. No podía creer lo que estaba viendo. Mark se quedó inmóvil, con la pistola colgando en un costado, parecía la escena de una película. Recuerdo que miré a mi alrededor por si alguien estaba filmando, pero no, aquello era real. El portero salió del edifico y le arrebató el arma sacudiéndole el brazo y tirándosela al suelo. Le gritó: «¿Te das cuenta de lo que has hecho?» Mark no se inmutó. No hizo el menor intento de escapar. Se quitó el abrigo y la bufanda y se sentó en la acera. Sacó un libro del bolsillo y se puso a leer allí mismo. 

    Yo no supe cómo reaccionar. Me quedé alucinado, mirando la escena como si de repente me hubiese convertido en un objeto inanimado. Sin duda, la terapia de Hawái no sirvió de nada. Eso me destrozó el alma de nuevo. Primero Sara, y después aquel fantasma del pasado, consiguieron que me hundiera bajo mi abrigo. Dos fracasos en un mismo día era demasiado.

    Pensé en acercarme a mi antiguo paciente, que seguía sentado en la acera, tan tranquilo, leyendo. Pero cuando me decidí a cruzar la calle, llegaron los coches patrulla de la policía y me detuve en mitad de la calzada. De pronto, como si me empujara un resorte, reculé de nuevo hasta la entrada del metro, acobardado. Me quedé mirando un rato más hasta que se lo llevaron, como un espectador cualquiera. Bajé hacia el metro como si fuera un fugitivo, como si hubiese sido cómplice en aquel asesinato, y me fui a casa.

    No pude dormir aquella noche. Estuve en la cama leyendo, di vueltas y vueltas por el apartamento, me fumé todo un paquete de tabaco, me asomé a la ventana cien veces esperando el nuevo día, hasta que me senté en el sofá, encendí el televisor y me puse a ver una película de Humphrey Bogart que ponían en la CBS. Al cabo de unos minutos, cortaron la emisión de la película para ofrecer una noticia de última hora…

     Un tal Mark David Chapman había asesinado a John Lennon.
    

 ILUSTRACIÓN DE PATO CONDE




miércoles, 12 de octubre de 2016

No soporto a los cobardes


      —Tenemos… que… entregarnos —A Saúl le temblaba la voz.
      —¡Eres un cobarde! Dijiste que me querías, que me seguirías hasta el final, ¿recuerdas? —dijo Amanda, mientras recargaba su revólver.
      —Sí, pero… no pensé que…
      —«Haría lo que fuera por ti», eso me dijiste mientras follábamos en el motel.
      —Pero… hablábamos de… un robo… no de... —Saúl sudaba como un cerdo.
      —No he tenido más remedio.
      —¿No has tenido más remedio que matar a toda esta familia?... Te dieron la combinación de la caja… Te rogaron que no los mataras… ¿Por qué lo has hecho?
      —No soporto a los cobardes —dijo Amanda, apuntando a la cabeza de Saúl.

      En el exterior, la policía asediaba la casa desde el amanecer. Expectante.
      Sonó un disparo.
      Y después otro.
      —Me debes 20 pavos, Murray —dijo un policía.






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jueves, 22 de septiembre de 2016

Skip, el trotamundos


    Me encantaba aquella música de negros. Era cruda, primitiva, repetitiva, y sus voces desgarradas me atrapaban. Era como si las canciones surgieran desde el interior de sus almas, entretejiendo las frases y la melodía con una naturalidad fuera de lo común.

   Cuando decidí montar mi tienda de música en Jackson, Mississippi, no tenía muy claro si iba a ser un buen negocio. Por cinco dólares podías grabar tu canción en uno de aquellos rudimentarios discos de metal. Pero, sorprendentemente, decenas de jóvenes negros vinieron para grabar sus canciones. Entraban tímidamente en la tienda enseñándome orgullosos su billete con la cara de Abraham Lincoln, seguramente ganado con algún trabajito en el contrabando de alcohol, que por aquellos tiempos era una de las pocas cosas a las que podían dedicarse. Llegaban con la esperanza de que me fijara en ellos y presentara sus grabaciones a alguna de las compañías discográficas con las que trabajaba.

    Fue en enero de 1931 cuando puse en marcha el concurso de talentos. Las compañías no pasaban por sus mejores días, pero la tienda se llenó de negros que llegaban con sus destartaladas guitarras dispuestos a participar. La gran mayoría eran chiquillos sin nada especial que mostrar, solo se acercaban para probar suerte. Hasta que llegó Skip.

    Se sentó frente al micro con su vieja guitarra, dejando caer su culo en la silla con una delicadeza pasmosa, como si su cuerpo estuviese creado de algún material elástico. Se acomodó, agarró su guitarra y empezó a rasgar aquellos primeros acordes que me dejaron desconcertado. Utilizaba una afinación extraña, que nunca había escuchado hasta entonces. Enseguida me di cuenta de que aquel muchacho tenía algo especial. Su voz sonaba casi femenina, como si alguien le estuviese amenazando con una hoja de afeitar para que cantara. Una mezcla de melancolía y rabia surgió de su siniestra garganta hacia los surcos del disco de metal.
    Skip ganó aquel concurso y firmó con la Paramount Records. A la semana siguiente marchó a Wisconsin para grabar dos sesiones con sus canciones. Cobró cuarenta dólares por ellas y se marchó sin saber que aquellas grabaciones llegarían a formar parte de la historia del blues.

    Treinta años más tarde, cuando la industria discográfica recuperó su esplendor, algunos grupos de jóvenes ingleses hicieron fortuna interpretando versiones de sus canciones. Pero Skip, como un buen trotamundos, estaba desaparecido del mundo y de la música, sin enterarse de lo que sucedía con su obra. Lo descubrieron enfermo en un hospital de Tunica, Mississippi, donde le habían extirpado un tumor cancerígeno. Lo invitaron a cantar en el Festival de Newport, en el verano de 1964. Skip volvió a cantar la misma canción que grabó en mi tienda, obteniendo el reconocimiento de los que encontraron inspiración en sus canciones. Pero ya era tarde. Skip murió poco después.

    Yo, por mi parte, transformé mi tienda de música en una tienda de muebles de segunda mano en 1937, pensando que el negocio discográfico ya no tenía futuro.

Evidentemente, me equivoqué.
                                                      

                                                                                *Basado en una historia real

 ILUSTRACIÓN DE PATO CONDE

lunes, 19 de septiembre de 2016

Insomnio

A Mario le era imposible conciliar el sueño desde aquel fatídico día en el que su hijo Alfredo, guitarrista de los Blood&Guts, murió en un accidente de tráfico mientras se dirigía a uno de sus conciertos. El conductor de la furgoneta se durmió al volante y cayeron por un acantilado. Su hijo estaba practicando con su nueva guitarra en la parte de atrás cuando el conductor perdió el control y la furgoneta cayó dando vueltas como un rodillo hasta estamparse contra las rocas, treinta metros más abajo. Alfredo fue la única víctima. Cuando llegó el equipo de rescate, lo encontraron con el mástil de la guitarra clavado en la frente. Increíblemente, los demás pasajeros salieron prácticamente ilesos del accidente.

     Desde aquel día, Mario no pudo dormir más. Tenía horribles pesadillas cada vez que lo intentaba. Se imaginaba el momento en el que el mástil de aquella guitarra se incrustaba en el cráneo de su hijo. Imaginaba a los demás músicos abandonando la furgoneta como si no hubiese pasado nada y al conductor mirando el cadáver y riéndose de la patética imagen de su hijo, de su irónica mala suerte.

     El médico le recetó unas pastillas, pero no sirvieron de nada. Probó con infusiones y otras cosas que le recomendaban los amigos y que había investigado por internet, pero no hubo manera. La imagen de Alfredo y de aquella guitarra asesina se paseaba por su mente en el mismo momento que cerraba los ojos.

     Al cabo de unas semanas, enfermó. Empezó a tener problemas cardiovasculares y tuvo dos infartos. Más tarde le diagnosticaron cáncer de colon, diabetes, artrosis… Engordó treinta quilos durante aquellos meses sin dormir. Tenía alucinaciones en pleno día. Veía minúsculas guitarras voladoras zumbando a su alrededor, como una nube de mosquitos impertinentes. Andaba por la calle haciendo aspavientos con las manos para espantar aquellos pequeños seres imaginarios que intentaban clavarle sus afilados mástiles por todo el cuerpo.
     Por las noches ya ni siquiera intentaba dormir. Se dedicaba a pasear por la ciudad sin rumbo fijo hasta el amanecer o hasta que los huesos dejaban de responderle y se dejaba caer, agotado. Como aquella madrugada en el parque, cuando se desplomó entre los matorrales y pensó en suicidarse, en dejarse morir como un animal…

     Y dormir, por fin.

     Ya había decidido quedarse allí, abandonarse a la muerte, cuando llegaron los vendedores ambulantes con sus cachivaches y empezaron a montar el mercadillo a su alrededor. Frente a él se instaló un viejo hippy con su perro, un precioso pastor alemán, que se acercó a Mario para olisquearlo. El anciano se fijó en él.
     —¿Te pasa algo?, ¿necesitas ayuda? —preguntó, ofreciéndole la mano.
     Mario lo miró desconcertado, llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie y aquel hombre le parecía un ser de otro planeta con su larga melena recogida por un pañuelo rojo y vestido con una especie de túnica floreada que le llegaba hasta los pies.
     —¿Te encuentras bien?, ¿quieres que llame a una ambulancia? –El viejo imaginó que era un vagabundo.
     —No… no… solo quiero… dormir —balbuceó Mario.
     —Pues duerme, estírate ahí en la hierba. No te preocupes, yo estaré aquí todo el día. ¿Quieres una galleta?
     —¿Una… galleta?... No, no tengo… hambre.
     —Ten, te sentará bien…, es de marihuana. Hay quién las utiliza para relajarse  —dijo, bajando el tono de voz.
     Mario aceptó la galleta y empezó a mordisquearla. Acabó con ella en un instante.
     —¿Me das… otra? —preguntó Mario, tímidamente.
     —Sí, claro, toma.

     Se comió cinco de aquellas galletas mientras observaba como el anciano hippy montaba su puesto de aparatos electrónicos usados. De pronto se incorporó, sintiéndose más animado, y ayudó a colocar sobre la mesa viejos tocadiscos, magnetófonos, reproductores de casetes, cables, conectores, altavoces… Hasta que se fijó en un antiguo discman, uno de los primeros cedés portátiles que salieron al mercado, igual que el que le regaló a su hijo Alfredo por su décimo cumpleaños. Ahora le parecía un armatoste.
     —¿Cuánto pides por esto?
     —Por quince euros es tuyo. Va con auriculares y todo. Funciona perfectamente. ¿Quieres probarlo? Tengo un cedé para probarlo, si quieres. Se lo he tomado prestado a mi hijo –dijo, guiñándole un ojo.
     El viejo conectó unos pequeños auriculares, introdujo el cedé y se lo ofreció. Mario sonrió con una pequeña mueca por primera vez en muchos meses.
Volvió a estirarse en la hierba. Se colocó los auriculares, pulsó el play y subió el volumen del aparato al máximo. De repente, una guitarra brutalmente distorsionada sonó con un riff diabólico para empezar el primer tema. Cuatro compases después, Mario se llevó un buen susto cuando todos los demás instrumentos entraron de golpe, como un cañonazo. Nunca había escuchado una música así. Sintió como se aceleraba su ritmo cardiaco, como si la adrenalina despertara de nuevo en su cuerpo. Sintió la hierba erizándose bajo su espalda. Ocho compases más tarde, todos los instrumentos pararon de golpe, hubo un compás de silencio hasta que apareció una voz desgarrada gritando: ¡¡I am aliveeeee, I am aliveeeee!! Mario imaginó una gigantesca garganta que le gritaba, que le gritaba a él. ¡¡I am aliveeeee, I am aliveeeee!! Sintió temblar todo su cuerpo, desde el cuero cabelludo hasta la punta de los pies, que le cosquilleaban como si alguien estuviese administrándole pequeñas descargas eléctricas.

     Y se quedó allí tumbado, asimilando aquella extraña música que nunca había escuchado, pero que parecía compuesta para él, compuesta para mantenerle vivo.

     El perro se tumbó a su lado, mientras en el interior de discman, el último disco de los Blood&Guts siguió dando vueltas y vueltas y vueltas… y vueltas…

     Hasta el final.



 ILUSTRACIÓN DE PATO CONDE





domingo, 18 de septiembre de 2016

Desfrases (III)

Siempre creí que me creías.


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Hay cuentos de hadas que nunca deberían ser contados. Este es uno de ellos… Hala, venga, niño… a dormir.

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Tu perro me cae mal. Tú, también.

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Vi su silueta alejarse con las primeras luces del alba… Y se llevó mi cartera, el hijo de puta.